
Según el relato que Maluma compartió, su vínculo con Yeison Jiménez nunca fue el de dos artistas intercambiando estrategias o cifras.
Fue una conexión construida lejos del ruido, en encuentros privados, madrugadas largas y conversaciones que solo aparecen cuando se caen las máscaras.
Allí no se hablaba de hits, sino de la presión constante, de la responsabilidad invisible que carga quien parece tenerlo todo y, aun así, siente que algo no encaja del todo.
Maluma describió a Yeison como alguien con una sensibilidad poco común, un artista que percibía el mundo con una profundidad que a veces incomodaba.
Hablaba de presentimientos, de sueños recurrentes, de imágenes mentales que regresaban una y otra vez con una claridad inquietante.
No lo hacía desde el miedo, sino desde una calma extraña, casi resignada, como si entendiera que hay cosas que no dependen de la voluntad.
Una de las escenas más impactantes del relato es la llamada previa a un viaje.
No hubo anuncios ni despedidas explícitas.
Solo palabras sueltas, reflexiones sobre la vida, sobre la gente que amaba, sobre la necesidad de que algún día se entendiera que todo lo que hacía nacía del alma.
Maluma recordó que intentó quitarle peso a la conversación, llevarla a un terreno más liviano, pero algo en el tono quedó flotando, imposible de borrar con el paso del tiempo.
Con los días, esa llamada se transformó en un recuerdo persistente.
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Un eco que regresaba cada vez que las noticias sacudían al país y las versiones se cruzaban sin claridad.
Para Maluma, más allá de titulares o interpretaciones externas, lo que quedó fue la certeza de que Yeison sentía su camino de una forma distinta.
Como si viviera siempre un paso adelante del reloj.
El relato también se detiene en el lado menos visible del éxito.
Los vuelos constantes, las agendas imposibles, el desgaste físico y emocional de responderle a todos sin fallar nunca.
Yeison, según se cuenta, vivía con la idea fija de cumplir, de no decepcionar a su público, incluso cuando el cuerpo enviaba señales claras de agotamiento.
La fama no lo blindaba del miedo ni de la sensación de que el tiempo corría más rápido de lo normal.
Maluma recordó momentos tras bambalinas, abrazos largos después de conciertos históricos, ojos brillosos que mezclaban orgullo y cansancio.
Habló de cómo Yeison insistía en que lo importante no era sonar en todas partes, sino dejar algo honesto, algo que no se desvaneciera con el tiempo.
Esa filosofía fue, para muchos, la clave de la conexión tan profunda que logró con su gente.
Cuando la historia llegó a su punto más doloroso, Maluma evitó el sensacionalismo.
No habló de detalles técnicos ni de versiones oficiales.
Habló del vacío.
De canciones que empezaron a sonar diferente.
De escenarios listos que quedaron en silencio.

De una sensación colectiva de no entender cómo una vida tan cargada de sueños podía quedar suspendida de golpe.
Para él, Yeison no fue un titular ni un fenómeno abstracto.
Fue un artista riguroso, entregado hasta el último detalle, alguien que nunca hizo nada a medias.
Un músico que entendía que la fama es volátil y que lo único permanente es lo que se hace desde el corazón.
Por eso, hoy, cada palabra dicha en aquella llamada resuena con un peso distinto.
El cierre del relato dejó una frase flotando en el aire, repetida por quienes estuvieron cerca: “Lo más difícil no es llegar, es no perder el alma cuando llegas”.
No fue dicha como despedida, sino como una reflexión lúcida sobre lo frágil que puede ser todo.
Y tal vez por eso impacta tanto.
Porque obliga a mirar más allá del brillo y a escuchar esos silencios que normalmente preferimos ignorar.