Tres mujeres de la familia Penagos fueron asesinadas en Bosa, Bogotá, en un hecho que podría haberse prevenido según antecedentes de violencia intrafamiliar

 

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La tragedia que estremeció a Bogotá en el sector de Bosa dejó al descubierto no solo el dolor irreparable de una familia, sino también una cadena de alertas ignoradas que hoy generan indignación.

Daisy Granados, de 42 años, y sus hijas Karen Juliana Penagos, de 20, y Chantal Daniela Penagos, de 17, fueron asesinadas en un hecho que, según los testimonios y antecedentes conocidos, pudo haberse evitado.

El relato de Ferney Penagos, padre de las jóvenes, es una reconstrucción desgarradora de los días previos al hallazgo.

La última vez que habló con su hija fue la noche del viernes 20 de marzo.

“Papi, levántame temprano porque tengo que llamar a mi mamá”, le dijo Daniela antes de dormir.

A la mañana siguiente, el silencio comenzó a inquietarlo, aunque en un inicio no sospechó lo peor.

“No me preocupé porque a veces dejaban descargar el celular”, recordó.

Sin embargo, el paso de las horas y la falta de comunicación encendieron las alarmas.

El domingo, los novios de sus hijas le insistieron en que la situación era anormal.

“Daniela no apaga el celular así normalmente”, le dijeron.

Para el lunes, la preocupación ya era evidente, y el martes decidió acudir personalmente a la vivienda.

 

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Lo que encontró marcó un antes y un después en su vida.

Tras la intervención de bomberos y policía, el inmueble fue acordonado.

“Cuando acordonaron ya sabía que era lo peor”, relató.

Poco después, vio salir al presunto agresor, Cristian Camilo Valencia, esposado.

“Lo vi con cara de cobardía”, afirmó.

Minutos más tarde, un agente le confirmó la magnitud del horror: “Es un triple”.

El impacto fue devastador.

“Me quitó media vida”, expresó con la voz entrecortada.

“¿Por qué me quitó mis hijas? Ellas no le habían hecho nada a nadie”.

Las víctimas, según su padre, eran jóvenes con proyectos y sueños claros.

Karen Juliana aspiraba a convertirse en auxiliar de vuelo y recorrer el mundo.

“Papi, cuando sea azafata te voy a llevar a muchos lados”, le decía con ilusión.

Daniela, por su parte, soñaba con estudiar medicina.

“Quería salvar vidas”, recordó.

Sobre su exesposa, Ferney la describió como “una mujer muy trabajadora, muy entregada al hogar, muy reservada”.

A pesar de la separación, mantenían respeto y reconocimiento mutuo.

“Fue la que me dio mis dos hijas maravillosas”, dijo.

 

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Con el avance de la investigación, salió a la luz un dato clave: Daisy había denunciado a su pareja por violencia intrafamiliar en al menos dos ocasiones, en 2024 y 2025.

Sin embargo, el padre asegura que nunca fue informado.

“Nunca tuve conocimiento. Me vine a enterar cuando me resumieron el expediente”, explicó.

Este punto ha generado fuertes cuestionamientos hacia las instituciones.

“¿Cuál fue el plan de acción? ¿Por qué no me llamaron?”, reclamó.

Para él, la tragedia evidencia fallas graves en los mecanismos de protección.

“Esto se hubiera podido prevenir”, insistió.

El psicólogo forense Roberto Sicar, con más de 30 años de experiencia, analizó el caso y lo clasificó dentro del perfil de “aniquilador familiar”.

Según explicó, este tipo de agresores se caracteriza por una necesidad extrema de control.

“Quieren controlar no solo la vida, sino también la muerte”, señaló.

Sicar destacó que el comportamiento del presunto responsable no corresponde a un episodio impulsivo.

“Había antecedentes de violencia sostenida. No fue algo espontáneo”, afirmó.

Además, llamó la atención sobre el hecho de que permaneciera varios días en la vivienda tras los hechos.

“Eso refleja un intento de mantener el control total de la situación”, añadió.

 

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El especialista también explicó que estas conductas suelen desarrollarse con el tiempo, vinculadas a experiencias de vida y entornos hostiles.

“No es que nazcan así, se hacen”, dijo.

Entre las señales de alerta mencionó el control excesivo, los celos, la inestabilidad laboral y las amenazas previas.

Para Ferney, el dolor se mezcla con un mensaje urgente.

“Las mujeres no son propiedad de nadie, no son esclavas de nadie”, afirmó con firmeza.

“Al más mínimo detalle de violencia, tomen decisiones y retírense”.

Su testimonio no solo busca justicia para sus hijas, sino también evitar que otras familias pasen por lo mismo.

“Ya no hay reversa. Yo ya perdí media vida”, expresó.

En medio de la tragedia, encuentra fuerza en su hijo menor, de cinco años, a quien describe como “otro motor para continuar”.

Su objetivo ahora es honrar la memoria de las tres mujeres que perdió y convertir su dolor en un llamado a la acción.

“Si hay violencia, no hay amor”, concluyó el especialista, en una frase que resume la urgencia de reconocer y actuar ante las señales que, en este caso, fueron ignoradas hasta que fue demasiado tarde.

 

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