Sonia Restrepo atraviesa un duelo silencioso y profundo tras la tragedia que envuelve la figura de Yeison Jiménez, lejos de cámaras, titulares y reacciones públicas inmediatas.

En medio de la avalancha informativa que sacude a la música popular colombiana, hay historias que no se cuentan con titulares ni con comunicados oficiales.
Se viven en silencio.
Así transcurrieron las horas más densas para Sonia Restrepo, esposa de Yeison Jiménez, cuando una noticia devastadora —repentina, confusa, aún envuelta en versiones— comenzó a circular con una fuerza imparable.
Mientras afuera el nombre del artista se repetía en pantallas y redes sociales, adentro, en la intimidad de su casa, el tiempo se detuvo.
No hubo llanto inmediato.
No hubo gritos.
Sonia permaneció sentada, inmóvil, con la mirada fija en un punto indefinido.
Hay dolores que no explotan: paralizan.
La información no llegó como un anuncio formal, llegó como una llamada breve, seca, definitiva en el tono.
Desde ese segundo, todo lo demás dejó de importar.
“El ruido del mundo se apagó”, diría después alguien cercano.
Ella no pidió detalles ni explicaciones.
Cuando se ama de verdad, se reconoce el sonido exacto de la tragedia.
En cuestión de minutos, su casa dejó de ser refugio para convertirse en eco.
Cada objeto pesaba.
Cada silencio dolía.
Afuera, las redes ardían; adentro, el reloj parecía haberse roto.
Sonia no encendió el teléfono.
No quiso ver nada.
Aún no estaba preparada para ver a Yeison convertido en noticia.
Para ella no era un titular: era el hombre que dejaba la ropa tirada, el que se dormía a mitad de una conversación, el que respondía “**Todo bien**” incluso cuando el cansancio le pesaba en los hombros.

Las personas cercanas notaron algo inquietante.
Sonia no pedía consuelo; pedía silencio.
No porque fuera fría, sino porque aún no podía llorar frente a nadie.
El dolor todavía no tenía forma, solo peso.
Cada intento de conversación se deshacía antes de empezar.
Ella asentía, pero no escuchaba palabras: escuchaba recuerdos.
La última salida.
La última frase sin importancia.
Esos detalles, ahora, gritaban.
Mientras tanto, afuera comenzaban las versiones, las suposiciones, los relatos incompletos.
Sonia no estaba ahí.
Estaba recordando noches en vela, días en los que Yeison sonreía sin ganas, silencios que en su momento parecieron normales.
“El amor también se engaña para sobrevivir”, pensaba.
Vio señales que nadie más vio, pero nunca imaginó un final abrupto.
Nadie lo imagina.
Los mensajes no tardaron en llegar: cientos, miles.
Palabras de apoyo, condolencias, solicitudes de reacción.
Ninguna alcanzaba.
El dolor real no se calma con frases.
Ella seguía sin hablar, no por estrategia, sino por incapacidad emocional.
Apenas podía sostenerse, y eso no se publica.
Alguien cercano lo resumió con una frase que quedó flotando en el aire: “Ella no está llorando, está resistiendo”.

El quiebre llegó cuando alguien pronunció su nombre en pasado.
Esa sola palabra derrumbó la última defensa.
El llanto apareció sin escándalo, sin teatro, profundo y silencioso.
No limpiaba nada, pero era inevitable.
Después llegó el miedo: a lo que vendría, a los días siguientes, a explicar una ausencia que ella misma no entendía.
Pensó en los hijos, en las miradas que tendría que sostener.
Porque una madre, incluso rota, sigue siendo madre.
En la madrugada, cuando la casa estaba llena pero ella se sentía sola, comenzaron los recuerdos más difíciles: los pendientes.
Las conversaciones a medias.
Las preguntas que no se hicieron.
Pensó en cuántas veces aceptó el “todo bien” por rutina, no por desinterés.
Y esa rutina, ahora, dolía.
“El amor no siempre falla por falta de sentimiento —reflexionaba—, a veces falla por exceso de costumbre”.
En medio de ese desgaste apareció otra preocupación: la memoria.
Cómo sería recordado Yeison.
No como artista, sino como hombre.
Sonia conocía ambas versiones: la del escenario y la de la intimidad.
Temía que solo sobreviviera una.
No quería que su historia se redujera a una tragedia ni a rumores.
Quería que se entendiera la complejidad humana, pero aún no sabía cómo decirlo.
Hablar significaba exponerse, y ella estaba en carne viva.

Una llamada cambió el tono de esas horas.
No fue de prensa ni de oportunistas.
Fue de alguien que conocía la historia desde antes del ruido.
No le pidió declaraciones ni explicaciones.
Solo le dijo: “**Cuida cómo se cuenta su historia, porque si tú no lo haces, alguien más lo hará**”.
Esa frase no fue presión; fue advertencia.
Y Sonia entendió que el silencio absoluto también tiene un costo.
Esa noche, por primera vez, consideró romperlo.
No de inmediato.
No para explicar todo.
Tal vez una declaración breve, firme, humana.
No para alimentar el drama —el drama ya existía—, sino para marcar un límite.
Para recordar que detrás de cualquier versión hay personas reales, cansadas, vulnerables.
Antes de dormir, pensó en algo esencial: hablar no sería solo por él, sería por ella.
Para no cargar con palabras no dichas, para que el silencio no se transformara en culpa permanente.
Durmió poco, pero durmió.
No fue descanso; fue pausa.
El instante exacto en el que el duelo dejó de ser solo impacto y empezó a convertirse en proceso.
Sonia no estaba sanando.
Estaba respirando.
Y en medio del caos, ese gesto mínimo —seguir respirando— fue el primer acto de valentía.
La historia, sabía, no podía quedar incompleta.
Cuando llegara el momento, su voz no hablaría desde el escándalo, sino desde la verdad más dura: la de una mujer que amó profundamente y que ahora aprende a vivir con una ausencia que, para ella, aún no termina de tener forma.