
Horacio Eduardo Cantero Hernández nació el 25 de agosto de 1960 en Mendoza, Argentina.
Desde niño, su destino parecía escrito entre cuerdas y melodías.
A los nueve años escuchó por primera vez a The Beatles y algo se encendió para siempre.
No fue la fama lo que lo atrapó, fue el sonido grave del bajo, esa vibración profunda que parecía hablarle directamente al pecho.
Con instrumentos precarios, horas interminables de práctica y una obsesión casi religiosa, Marciano comenzó a construir el sonido que más tarde definiría a una generación.
Su adolescencia transcurrió bajo gobiernos militares, con conciertos semiclandestinos y una juventud marcada por la represión.
Pero la música era refugio y resistencia.
Mientras otros soñaban con escapar, él soñaba con tocar mejor.
Ensayaba todos los días, sin excepción.
No por ambición, sino porque no sabía vivir de otra manera.
En ese camino nació Enanitos Verdes.
Con apenas 19 años, Marciano fundó una banda que jamás imaginó hasta dónde llegaría.
Desde Mendoza, lejos de los grandes centros culturales, comenzaron a abrirse paso con canciones que hablaban de amor, soledad y desencanto.
El reconocimiento llegó en los años 80, cuando temas como La muralla verde, Te vi en un tren y Guitarras blancas empezaron a circular con fuerza.

Pero detrás del ascenso artístico, Marciano vivía una historia profundamente romántica.
A los 21 años se enamoró de Viviana, una joven mendocina que marcaría su vida para siempre.
El amor fue intenso, real, pero incompatible con el momento que atravesaba la banda.
Cuando Enanitos Verdes se mudó a Buenos Aires tras ser revelación en el Festival de La Falda, la relación quedó en pausa.
Se separaron sin rencor, manteniendo contacto a través de cartas, en una época donde el amor se escribía a mano.
Ese vínculo jamás se rompió del todo.
Años más tarde, muchas de las canciones que hicieron famoso al grupo llevaban escondidas referencias a ese amor inconcluso.
Décadas después, cuando la vida dio un giro inesperado, Marciano y Viviana se reencontraron y se casaron, demostrando que algunas historias no caducan.
El éxito de Enanitos Verdes fue imparable.
Lamento boliviano, Tu cárcel, Las luces del bar y Soledad eterna cruzaron fronteras y se convirtieron en himnos del rock en español.
La banda llenó estadios, conquistó Estados Unidos y alcanzó cifras históricas en plataformas digitales.
Marciano se nacionalizó mexicano tras vivir varios años en Sonora, consolidando una relación profunda con el público de ese país.
Sin embargo, el cuerpo comenzó a pasar factura.
Años de giras agotadoras, disciplina extrema y poco descanso fueron debilitándolo.
Marciano nunca fue de detenerse.
Volvía exhausto de los conciertos, pero seguía adelante.
La música estaba por encima de todo.
En 2022, la realidad golpeó con brutalidad.
Fue internado en Mendoza por una grave afección renal.
El 29 de agosto ingresó a cuidados intensivos y fue sometido a una cirugía compleja donde le extirparon un riñón, parte de un vaso sanguíneo y un testículo.
Las complicaciones no dieron tregua.
El riñón restante no resistió.
El 8 de septiembre de 2022, a los 62 años, Marciano Cantero falleció.
La noticia sacudió a toda América Latina.

Fans, músicos y colegas inundaron las redes con mensajes de dolor.
Enanitos Verdes publicó una imagen con un lazo negro y un mensaje simple pero devastador: “Hoy y siempre estamos contigo”.
Su hijo Javier se convirtió en la voz de la familia en medio del duelo.
Agradeció el amor recibido y aseguró que su padre no sufrió.
Habló del hombre detrás del escenario, del padre presente, del amigo inseparable.
“Mi papá como artista fue un héroe.
Como persona, una bendición”, dijo.
Tras su muerte, Javier asumió una tarea profundamente emocional: rescatar un álbum inédito que Marciano había grabado en 2001.
Marciano 2001 no es un disco de Enanitos Verdes, es un retrato íntimo, crudo y personal.
Un testimonio sonoro de una etapa frágil de su vida.
Lanzarlo fue, para su hijo, una forma de volver a abrazarlo.
Hoy, tres años después, la voz de Marciano Cantero sigue viva.
Sus canciones se cantan en fogatas, karaokes y despedidas.
Su legado no se mide solo en discos vendidos, sino en emociones compartidas.
Murió joven, sí.
Pero dejó algo que la muerte no puede tocar: una música que sigue diciendo lo que muchos no saben cómo expresar.