El primer nombre que resuena en esta lista de desencuentros es el de Alejandro Fernández.
Lo que comenzó como una tutoría artística donde Joan veía en “El Potrillo” a un sucesor natural, terminó en una ruptura gélida cuando Fernández confesó sentirse traicionado por recibir temas que ya habían sido grabados o pensados para otros artistas.

Para Joan Sebastian, quien valoraba la exclusividad y el respeto por el oficio de la composición, este cuestionamiento fue un golpe directo a su integridad profesional.
En privado, el poeta llegó a sentenciar que Alejandro no entendía el verdadero significado de la lealtad, y ese muro de silencio se mantuvo infranqueable hasta el día de su muerte, a pesar de que Fernández fue visto años después rindiendo un tributo silencioso ante su tumba.
La relación con el patriarca de la dinastía, Vicente Fernández, también estuvo marcada por una tensión latente que los medios alimentaron durante décadas.
Aunque ambos compartían el olimpo de la música ranchera, la competencia por el mercado y el estilo generó una frialdad palpable en eventos públicos donde evitaban incluso el saludo.
Se rumora que Joan nunca perdonó que Vicente no le diera el lugar de respeto que su trayectoria merecía, manteniendo una cortesía profesional que apenas ocultaba una rivalidad profunda.
Esta distancia entre los dos titanes del género dejó un vacío de colaboración que muchos fanáticos lamentaron, confirmando que en la cima del éxito, el orgullo a veces pesa más que la admiración mutua.

En el plano de las colaboraciones que terminaron en escándalo, aparece el nombre de Ana Bárbara, cuya cercanía con Joan en sus últimos años se vio empañada por disputas de autoría.
Tras el fallecimiento del cantante, la polémica estalló cuando la familia de Joan cuestionó los derechos de la canción “Fruta Prohibida”, sugiriendo que la artista se había apropiado de un tema que no le pertenecía legalmente.
Este conflicto no solo generó abucheos públicos hacia Ana Bárbara en homenajes póstumos, sino que sacó a la luz arrepentimientos de Joan sobre concesiones hechas en momentos de excesiva confianza.
La batalla por los derechos de autor volvió a poner el apellido Sebastian en el centro de un nudo legal y emocional que dividió a la opinión pública entre la defensa del legado y el respeto a la interpretación.
El ámbito familiar no estuvo exento de estas sombras, siendo Erica Alonso, su última pareja, una figura central en la tormenta que estalló tras su partida.
La disputa por el testamento y las propiedades de Joan enfrentó a Alonso con los hijos del cantante en una batalla mediática y judicial que reveló una fractura familiar insalvable.
Mientras unos la acusaban de manipulación en los días finales del artista, ella aseguraba haber sido víctima de aislamiento y desprecio por parte del núcleo duro de los Figueroa.
Joan, quien siempre intentó mantener el control de su vasto imperio, dejó tras de sí un caos administrativo que terminó por sangrar las heridas personales que nunca se atrevió a cerrar en vida.
Finalmente, el roce con Pepe Aguilar completa este quinteto de conflictos no resueltos, aunque en este caso la disputa fue de carácter más frío y corporativo.
Un desacuerdo sobre los porcentajes de regalías y las cláusulas contractuales de una colaboración fallida hirió profundamente la sensibilidad de Joan, quien sentía que Aguilar ponía las cifras por encima del arte.
Para un hombre que escribía desde las vísceras, este pragmatismo fue interpretado como una falta de confianza y de “código” artístico.
Hoy, mientras sus letras siguen resonando en estadios y serenatas, el eco de estos silencios nos recuerda que el “Poeta del Pueblo” fue un hombre de una humanidad tan vasta como su talento, capaz de amar con el alma pero también de llevarse sus secretos y rencores a la tumba.