José Mojica fue un hombre que vivió dos vidas aparentemente opuestas: una llena de fama, lujo y aplausos en Hollywood, y otra marcada por la humildad, la fe y el servicio como fraile franciscano.

Su historia es un ejemplo poderoso de cómo el éxito externo no siempre llena el vacío interior y cómo una profunda transformación personal puede cambiar el rumbo de toda una vida.
José Mojica nació en San Gabriel, Jalisco, alrededor de 1895 o 1896.
Creció en un entorno difícil, sin la presencia de su padre y bajo la protección y esfuerzo incansable de su madre, Virginia Mojica.
Ella fue el pilar fundamental en su vida, enfrentando el “qué dirán” de un pueblo pequeño donde las habladurías podían marcar para siempre el destino de alguien.
Desde niño, José fue testigo del sacrificio y la fortaleza de su madre, quien luchaba para darle una vida mejor.
Este amor y admiración por Virginia moldearon su carácter: un joven terco, ambicioso y con un hambre de futuro, pero también con un vacío interno que nadie veía.
La mudanza a la Ciudad de México fue un cambio radical para José, que pasó de un pueblo pequeño a una enorme capital donde nadie lo conocía y donde debía demostrar su valía por sí mismo.
Aunque inicialmente intentó estudiar agricultura, la Revolución Mexicana y las circunstancias de la época truncaron ese camino.
Sin embargo, José tenía un don natural: una voz prodigiosa que destacaba por su brillo y fuerza.
Decidió entonces estudiar en el Conservatorio Nacional de Música y debutó en la ópera con “El barbero de Sevilla” en 1916.

Este fue el inicio de su carrera artística, que lo llevó a Nueva York y luego a Chicago, donde su talento fue reconocido nada menos que por Enrico Caruso, el legendario tenor italiano.
Caruso lo recomendó para la compañía de ópera de Chicago, lo que marcó un punto de inflexión en la carrera de Mojica.
El éxito en la ópera abrió las puertas a Hollywood, que en esa época comenzaba a experimentar con el cine sonoro y necesitaba voces poderosas y presencia escénica.
José Mojica se convirtió en un galán latino muy solicitado, protagonizando películas como “El precio de un beso” y “El rey de los gitanos”.
Su voz, porte y carisma lo hicieron comparable a figuras icónicas como Rodolfo Valentino.
Sin embargo, a pesar de la fama, el dinero y los lujos, Mojica empezó a sentir un vacío interior.
La fama a veces puede ser una máscara que oculta la soledad y el hambre de algo más profundo.
Para él, el amor más fuerte siempre fue el de su madre, y cuando Virginia falleció en 1940, su mundo se derrumbó.
La muerte de su madre fue un golpe devastador para José.
La persona que había sido su ancla, su refugio y su motor ya no estaba.
La tristeza profunda que le causó no se curaba con fiestas, dinero o aplausos.
La fama perdió su brillo y el ruido del espectáculo se volvió vacío.

Este duelo lo llevó a una profunda reflexión espiritual.
Años antes, en 1934, había interpretado a un fraile franciscano en la película “La cruz y la espada”, un papel que, con el tiempo, se quedó como una semilla en su interior.
Tras la muerte de su madre, esa semilla empezó a crecer y Mojica sintió un llamado fuerte a cambiar radicalmente su vida.
En un acto que sorprendió a todos, José Mojica anunció que abandonaría la fama, el dinero y el cine para convertirse en sacerdote franciscano.
Esta decisión fue recibida con incredulidad, críticas y hasta burlas.
Amigos famosos como Pedro Vargas y Agustín Lara no podían creerlo.
Se cuenta que Lara incluso le compuso una canción en homenaje a su entrega.
Mojica no solo dejó atrás la vida de estrella, sino que repartió su fortuna entre los necesitados y se preparó para su nueva vocación.
Eligió el Perú como lugar para comenzar esta nueva etapa, buscando un lugar donde su pasado no lo alcanzara fácilmente.
En 1942, José Mojica llegó al Perú y se integró al seminario franciscano en Cusco.
El contraste con su vida anterior era abismal: del glamour y las cámaras a la humildad, el silencio y la disciplina del convento.
En 1947 fue ordenado sacerdote en Lima, adoptando el nombre de Efra José Francisco de Guadalupe Mojica.

Aunque se había convertido en fraile, Mojica no abandonó su talento artístico.
Usó su voz y su fama para recaudar fondos destinados a la construcción de un seminario en Arequipa y para ayudar a los pobres.
Esto generó debate, pues algunos lo vieron como una contradicción, pero para él era una forma de servir sin negar quién era.
José Mojica escribió su autobiografía titulada “Yo pecador”, donde confesaba su vida pasada y su conversión.
Esta obra fue tan impactante que se convirtió en película, en la que él mismo actuó junto a estrellas como Libertad Lamarque.
Su historia es un testimonio de que la fe y el arte no tienen por qué estar peleados, sino que pueden coexistir y complementarse.
Mojica logró integrar sus dos vidas, la del artista y la del fraile, en una sola narrativa coherente.
En sus últimos años, Mojica enfrentó problemas de salud graves, incluyendo hepatitis y complicaciones circulatorias que le llevaron a la amputación de una pierna.
A pesar de las dificultades físicas, nunca se arrepintió de su decisión de dejar el mundo del espectáculo.

Falleció el 20 de septiembre de 1974 en Lima, a los 78 años.
Su funeral fue multitudinario y emotivo, reflejando el cariño y respeto que había ganado tanto como artista como sacerdote.
Sus restos descansan en las catacumbas de la Basílica de San Francisco de Lima, un lugar simbólico que guarda la memoria de su extraordinaria vida.
La historia de José Mojica sigue siendo motivo de reflexión y conversación.
¿Qué lo llevó a renunciar a todo lo que muchos sueñan? ¿Fue la fe, el dolor, o una combinación de ambos? Su vida nos recuerda que el éxito exterior no siempre llena el alma y que a veces es necesario dar un giro radical para encontrar la verdadera paz.
José Mojica vivió dos vidas que parecían imposibles de juntar, pero que en él se unieron para contar una historia única de lucha, amor, pérdida y transformación.