🔥 “No todo se perdona”: la reflexión que reabre viejas heridas y un gran debate
A los 78 años, Kareem Abdul-Jabbar ya no necesita títulos ni récords para que su voz resuene.

La suya es una autoridad que se construyó con décadas de excelencia deportiva, pensamiento crítico y una vida marcada por decisiones difíciles.
Por eso, cuando el tema del perdón aparece en su discurso, no lo hace como consigna vacía, sino como balance.
En conversaciones recientes y reflexiones públicas, Kareem dejó claro que hay heridas que el tiempo no borró y nombres que, por distintas razones, nunca lograron cruzar el umbral del perdón.
No habló desde el rencor explosivo, sino desde una calma contundente.
Su mensaje fue incómodo: el perdón no es una obligación moral automática, especialmente cuando el daño fue profundo, repetido o estructural.
En su mirada, hay actos que rompen la confianza para siempre y sistemas que nunca pidieron disculpas reales.
Esa postura, tan firme como serena, encendió el debate entre admiradores y críticos por igual.
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Kareem recordó episodios de su carrera y de su vida pública donde la lealtad se puso a prueba.
No siempre fue en la cancha.
Hubo silencios que dolieron más que los golpes, decisiones tomadas a espaldas de principios compartidos y actitudes que, según él, traicionaron algo más grande que una relación personal.
En ese recuento, el perdón dejó de ser una meta y se transformó en una elección que no siempre se concede.
También habló del peso de la historia.
Para Kareem, algunas heridas no pertenecen solo a individuos, sino a comunidades enteras.
Señaló cómo ciertas figuras —desde posiciones de poder— contribuyeron a normalizar injusticias o a beneficiarse de ellas sin asumir consecuencias.
En esos casos, perdonar no sería un gesto de grandeza, sino una forma de borrar responsabilidades.
Su postura fue clara: recordar es, a veces, un acto de justicia.
El impacto de sus palabras fue inmediato.

En redes sociales, muchos celebraron la honestidad de alguien que se negó a ofrecer un cierre cómodo.
Otros cuestionaron la dureza del mensaje, pidiendo reconciliación y paz.
Kareem respondió —como suele hacerlo— con argumentos, no con gritos.
La paz, dijo en esencia, no se construye negando el daño, sino nombrándolo con precisión.
A lo largo del relato, quedó claro que no se trataba de venganza.
Kareem no buscó exponer ni humillar.
Su énfasis estuvo en los límites.
En reconocer que hay personas que no asumieron responsabilidades, que nunca pidieron disculpas sinceras o que repitieron patrones dañinos.
En esos casos, cerrar la puerta no es resentimiento: es autocuidado.
La discusión se amplió cuando el exjugador conectó estas experiencias con el presente.
Advirtió sobre la prisa por “pasar la página” sin leerla completa.
En su opinión, esa urgencia favorece a quienes causaron el daño, no a quienes lo padecieron.
El perdón, insistió, solo tiene sentido cuando hay verdad, reparación y cambio real.
Sus palabras resonaron especialmente entre generaciones más jóvenes, que encontraron en su postura una validación de algo que rara vez se dice en voz alta: no todo se perdona, y está bien.
La madurez no siempre es soltar; a veces es sostener la memoria para no repetir la historia.
Al final, Kareem no dejó una lista con nombres subrayados.
Dejó algo más incómodo y más poderoso: un marco para pensar el perdón sin romanticismo.
A los 78 años, su legado no se limita a puntos anotados o campeonatos ganados.
Se expande en la valentía de decir que hay límites que no se negocian y que la dignidad también se defiende diciendo “no”.