Tras la muerte de “El Mencho”, el liderazgo del CJNG quedó en disputa entre varias figuras con capacidad operativa y control territorial

“Ya aquí andamos encargados, este no más para ver si va a estar con nosotros o no, pues le mandamos el mensaje que se acomode con nosotros o se acomode bien con ellos porque los vergazos van bien. Aquí estamos en los bancos para que sepan más. Y no me escondo, ¿eh? para que vea”.
La grabación, difundida en medio de un escenario de incertidumbre, ha sido atribuida a Abraham Jesús Sambrano Cano, alias “El Yogurt”, y se interpreta como una declaración abierta de poder en un momento clave para el Cártel Jalisco Nueva Generación.
Tras la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, el control de la organización no quedó definido por una línea sucesoria clara, sino que entró en una fase de disputa silenciosa y potencialmente violenta.
Durante más de una década, el llamado cártel de las cuatro letras operó bajo un mando concentrado en una sola figura.
A diferencia de otras estructuras criminales en México, no se construyó públicamente una ruta de sucesión visible.
La ausencia de un heredero designado dejó el liderazgo sujeto a correlaciones de fuerza internas, lealtades armadas y capacidad de imponer disciplina sobre las plazas.
En ese contexto, distintos perfiles han sido señalados por fuentes de inteligencia como posibles aspirantes a consolidar el control.
Uno de ellos es Juan Carlos Valencia González, alias “El R3” o “El 03”, hijastro de “El Mencho” y vinculado como operador del grupo élite, una célula táctica armada del cártel.
En Estados Unidos enfrenta una acusación formal y sobre él pesa una recompensa multimillonaria, lo que lo coloca en el radar internacional.

Otro nombre que emerge es el de Gonzalo Mendoza Gaitán, alias “El Sapo”, identificado por autoridades como estratega en reclutamiento y expansión territorial.
Su influencia se asocia con la capacidad de fortalecer estructuras locales y asegurar corredores estratégicos para la organización.
También figura Audias Flores Silva, alias “El Jardinero”, señalado como operador regional con peso en Jalisco, Michoacán y Zacatecas, zonas clave para el tráfico y la logística del grupo.
En paralelo, la figura de “El Yogurt” gana visibilidad a través de mensajes como el difundido recientemente, en el que delimita territorio y exige alineamientos.
El tono del video no deja espacio para ambigüedades: se presenta en Uruapan, afirma no esconderse y lanza una advertencia directa a quienes duden en sumarse a su causa.
El mensaje es interpretado por analistas como un intento de mostrar control territorial y capacidad de movilización armada en un momento de reacomodo interno.
La tensión se concentra particularmente en zonas como Tapalpa y otras regiones estratégicas donde el control de plazas implica no solo dominio criminal, sino acceso a rutas, recursos financieros y redes locales de apoyo.
La incógnita ya no gira en torno a la continuidad del CJNG como estructura, sino a quién logra imponer disciplina, administrar el miedo y consolidar lealtades en medio de la fragmentación.
Especialistas en seguridad advierten que la neutralización de la cabeza de una organización criminal no implica automáticamente su desarticulación.
“Cuando se detiene a la cabeza de una organización criminal y no se desmantela a la organización criminal, lejos de resolverse el problema, el problema se agrava”, señalan en análisis recientes sobre la dinámica del crimen organizado en México.

La advertencia es clara: “Si solo se detiene a la cabeza y no se desmantela la organización criminal, lo único que sucede es inestabilidad, fractura e inclusive más violencia que la que” ya existía.
La frase, aunque inconclusa en su formulación pública, resume el diagnóstico de que la disputa sucesoria puede traducirse en picos de violencia mientras distintos mandos intentan consolidar su posición.
El desafío, según coinciden expertos, no se limita a capturar figuras visibles.
Implica desmontar redes financieras, sociales y logísticas que sostienen la operación cotidiana del cártel.
Sin ese desmantelamiento integral, el fenómeno no desaparece; se transforma.
Cambia de rostro, se fragmenta y, en ocasiones, se vuelve más impredecible.
En este escenario, la figura del “nuevo jefe” se mueve entre dos narrativas: la del heredero que intenta preservar la cohesión del grupo y la del traidor que desafía alianzas internas para quedarse con el poder total.
Mientras tanto, las comunidades en las zonas de influencia del CJNG observan con inquietud un proceso que puede redefinir el equilibrio criminal en el occidente de México.
La disputa por el liderazgo no solo redefine el mapa interno del cártel, sino que también impacta la estrategia de las autoridades.
La experiencia previa con otras organizaciones muestra que los periodos de transición suelen ser los más volátiles.
Si no se logra desarticular la estructura completa, el ciclo de violencia no concluye; simplemente entra en una nueva fase bajo otro mando.
