El exconcejal Santiago Jaramillo Botero lanzó fuertes acusaciones contra Álvaro Uribe y el Centro Democrático, cuestionando su funcionamiento interno y liderazgo

 

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En medio de un tono vehemente, desordenado y profundamente crítico, el exconcejal de Medellín Santiago Jaramillo Botero, quien en su momento hizo parte del Centro Democrático, ha vuelto a generar controversia tras la circulación de declaraciones en las que arremete contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez, figuras del uribismo y estructuras internas del partido.

Jaramillo, recordado por episodios polémicos durante su paso por el Concejo de Medellín —incluyendo insultos a sus propios colegas—, se presenta a sí mismo sin ambages: “Claro, yo soy un loco, soy felizmente loco porque las ideas locas son las que me han llevado aquí”.

Su discurso, lejos de matizar, profundiza en una narrativa de ruptura con el movimiento político que en su momento le dio aval.

El exconcejal no solo cuestiona el funcionamiento interno del Centro Democrático, sino que lo describe en términos radicales: “El uribismo es una secta… en vez de ser partido político, es una secta monoteísta donde todo lo que diga Álvaro es ley”.

Según su testimonio, las decisiones dentro de la colectividad giraban en torno a la figura del expresidente, incluso en dinámicas locales: “En las reuniones… él llamaba al alcalde o al gobernador y decía ‘estoy reunido con mis concejales’, o sea, hablaba por nosotros”.

Uno de los puntos más delicados de sus declaraciones tiene que ver con supuestas presiones económicas dentro de la actividad política.

Jaramillo afirma que, siendo cabildante, enfrentó exigencias financieras periódicas: “Santiago, dos milloncitos mensuales porque se vienen los talleres democráticos… para mí eso era durísimo”.

A este fenómeno lo denominó como una “vacuna política”, marcando distancia con lo que consideraba prácticas indebidas dentro del movimiento.

 

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Las críticas escalan cuando aborda directamente a Álvaro Uribe Vélez, a quien acusa de manipular discursos religiosos con fines políticos: “Él tiene una figura de obispo… usa la fe nefastamente para promover política”.

En esa misma línea, lanza cuestionamientos sobre decisiones pasadas del exmandatario, vinculándolas con controversias históricas del país.

En uno de los fragmentos más tensos, Jaramillo afirma: “No lo debemos ver como un dios. Ese señor le ha hecho demasiado daño al país”.

Y añade un reto directo: “Invito a Álvaro a que haga un comunicado… y explique por qué tiene una senadora de origen narcotraficante”.

En ese contexto, menciona a la senadora Paola Holguín, haciendo referencia a señalamientos históricos sobre su entorno familiar.

Según expone, dichas acusaciones habrían sido objeto de debate público en el pasado, aunque la congresista ha respondido en su momento de manera escueta: “Ante infamias, me preguntan qué respondo… yo no pateo perro muerto”.

La frase, lejos de cerrar la controversia, fue interpretada de múltiples maneras en la opinión pública.

El exconcejal también revive discusiones sobre investigaciones políticas en Colombia, aludiendo a denuncias relacionadas con supuestos vínculos entre figuras del establecimiento y estructuras paramilitares.

En su relato, menciona procesos impulsados por el senador Iván Cepeda, así como controversias judiciales que han marcado la agenda política nacional durante años.

 

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Más allá de las acusaciones, el tono de Jaramillo revela una ruptura personal con el uribismo, cargada de frustración y desencanto.

“Yo ya tenía mucha rabia, estaba estallando, aguanté mucho”, confiesa, sugiriendo que su salida del partido no fue un episodio aislado, sino el desenlace de tensiones acumuladas.

Su expulsión del Centro Democrático se produjo tras varios episodios considerados inaceptables por la dirigencia, decisión anunciada en su momento por la entonces directora del partido, Nubia Stella Martínez.

Sin embargo, lejos de retirarse del debate público, Jaramillo ha continuado expresándose de forma frontal y sin filtros.

El exconcejal asegura además haber recibido amenazas, lo que añade un componente de riesgo a su exposición mediática: “Sí, claro, me han amenazado”, afirma sin profundizar en detalles.

Las declaraciones, que mezclan denuncias, opiniones personales y acusaciones de alto calibre, vuelven a poner en el centro del debate las tensiones internas del uribismo y el papel de sus disidentes.

Mientras tanto, el discurso de Jaramillo, cargado de provocación y controversia, refleja no solo un quiebre político, sino también una narrativa que sigue generando reacciones en distintos sectores del país.

 

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