La polémica vuelve a encender las redes sociales y los programas de espectáculos, esta vez con un giro que muchos califican de irónico y otros de simplemente inevitable.
Sofía Rivera Torres, conductora y figura mediática, se encuentra hoy en el centro del debate público después de pedir empatía y respeto ante los comentarios que ha recibido por su cambio físico y de estilo de vida.
Sin embargo, para una gran parte del público, sus palabras no pasan desapercibidas ni se reciben con indulgencia, pues recuerdan perfectamente que hace apenas un año ella y su esposo, Eduardo Videgaray, se burlaron abiertamente de Lucerito Mijares por su apariencia y forma de vestir.
El episodio ocurrió en un contexto televisivo y digital donde las bromas y los comentarios “ligeros” suelen normalizarse, pero que en este caso dejaron una huella profunda.
Lucerito Mijares, joven cantante e hija de dos de las figuras más queridas del espectáculo mexicano, Lucero y Mijares, fue blanco de risas y observaciones que muchos consideraron innecesarias y crueles.
En aquel momento, la conversación se polarizó: algunos defendieron la libertad de expresión y el humor, mientras que otros señalaron el peso que tienen las palabras cuando provienen de figuras públicas con gran influencia.
Ahora, el escenario parece haberse invertido.
Sofía Rivera Torres ha sido objeto de críticas constantes en redes sociales debido a cambios visibles en su imagen, su peso y su estilo personal.
Comentarios sobre su apariencia, especulaciones sobre su vida privada y juicios sin fundamento han circulado con rapidez, generando una ola de reacciones que van desde la preocupación genuina hasta el ataque frontal.
Ante esto, Sofía decidió alzar la voz y pedir empatía, recordando que nadie sabe realmente por lo que una persona puede estar atravesando.

En sus declaraciones, la conductora ha señalado que detrás de cada cambio hay procesos personales, emocionales y físicos que no siempre son visibles para el público.
Ha insistido en que juzgar únicamente por lo que se ve es injusto y dañino, y que muchas veces las personas opinan sin conocer la historia completa.
“Somos mujeres, somos mexicanas y deberíamos apoyarnos”, ha sido uno de los mensajes que más eco ha tenido en sus palabras, apelando a la sororidad y a la comprensión colectiva.
Sin embargo, la respuesta del público no ha sido unánime.
Mientras algunos seguidores y colegas del medio han salido en su defensa, destacando su valentía al hablar del tema y pidiendo un alto al escrutinio cruel, otros no han dudado en recordar el pasado.
Para estos críticos, el llamado a la empatía llega tarde y suena contradictorio, pues consideran que Sofía y Eduardo no mostraron la misma sensibilidad cuando Lucerito Mijares fue el blanco de burlas.
En redes sociales, frases como “una cucharada de su propio chocolate” se repiten una y otra vez, reflejando el sentir de quienes creen que ahora Sofía experimenta en carne propia lo que antes minimizó.
El debate ha reabierto una conversación más amplia sobre la cultura de la crítica en el mundo del espectáculo.
¿Dónde termina el humor y comienza la agresión? ¿Hasta qué punto las figuras públicas deben asumir responsabilidad por sus palabras? Y, sobre todo, ¿es válido pedir empatía cuando en el pasado no se ofreció la misma consideración a otros? Estas preguntas han inundado foros, programas de chismes y plataformas digitales, alimentando una narrativa cargada de morbo, pero también de reflexión social.
Lucerito Mijares, por su parte, se ha mantenido relativamente al margen de esta nueva polémica.
Con una carrera en ascenso y una imagen cada vez más sólida, muchos la ven como un ejemplo de resiliencia.
El episodio de las burlas, que en su momento causó indignación, hoy es recordado como una lección sobre el impacto que pueden tener los comentarios superficiales.
Para algunos, el contraste entre la actitud pasada de Sofía y su postura actual refuerza la idea de que nadie está exento de convertirse en víctima del mismo juicio que alguna vez ejerció.
El papel de Eduardo Videgaray tampoco ha pasado desapercibido.
Su estilo sarcástico y provocador ha sido históricamente parte de su personalidad mediática, pero en este contexto vuelve a ser cuestionado.
Aunque no ha hecho declaraciones recientes tan directas como las de su esposa, su nombre aparece inevitablemente ligado a la controversia original, y muchos lo incluyen en las críticas actuales como corresponsable de aquel episodio.
En medio de todo este ruido, surge una reflexión incómoda pero necesaria: el espectáculo se alimenta de la imagen, y la imagen, a su vez, se convierte en un arma de doble filo.
Hoy es Sofía Rivera Torres quien pide comprensión; ayer fue Lucerito Mijares quien recibió ataques.

Mañana podría ser cualquier otra figura pública.
El ciclo parece repetirse, impulsado por una audiencia que consume, comenta y juzga con la misma rapidez con la que olvida.
Aun así, hay quienes consideran que este momento puede marcar un punto de inflexión.
Algunas voces dentro del medio han señalado que reconocer el error, aunque sea de manera indirecta, podría abrir la puerta a un discurso más responsable.
Otros creen que la verdadera prueba no está en pedir empatía, sino en cambiar la forma en que se habla de los demás a partir de ahora.
Mientras tanto, el público sigue dividido. Para unos, Sofía Rivera Torres es una mujer que merece apoyo en un momento vulnerable, independientemente de su pasado.
Para otros, su situación es una lección pública sobre las consecuencias de trivializar el dolor ajeno.
Lo cierto es que la polémica ha logrado lo que tantas veces busca la prensa rosa: captar la atención, generar debate y mantener los reflectores encendidos.
En un mundo donde la imagen se analiza al detalle y las redes sociales no perdonan, la historia de Sofía Rivera Torres y Lucerito Mijares se convierte en un espejo incómodo de nuestra propia forma de consumir el espectáculo.
Entre el morbo, la crítica y los llamados a la empatía, queda una pregunta flotando en el aire: ¿hemos aprendido realmente algo o solo esperamos al próximo escándalo para repetir el mismo patrón?