El 19 de enero de 2026, Colombia no solo llora la ausencia física de su ídolo popular, Yeison Jiménez, sino que se enfrenta a la cruda y técnica realidad de un informe preliminar que apunta a una tragedia que pudo evitarse.
Lo que inicialmente se percibió como un infortunio del destino, hoy se revela bajo el lente de los expertos aeronáuticos como una “secuencia fatal”: una cadena de errores y factores acumulados que convirtieron un vuelo de rutina en una trampa mortal sobre los cielos de Boyacá.

La pregunta que hoy resuena en los pasillos de la Aerocivil y en el corazón de los fanáticos es: ¿por qué un artista de su talla volaba en una aeronave que el sector ya miraba con recelo?La investigación se centra en el comportamiento de la avioneta Piper Navajo PA31, una máquina de fabricación estadounidense que databa de 1982.
Con 44 años de servicio a cuestas, la aeronave ya era considerada “anciana” para las exigencias de la geografía andina colombiana.
Si bien la antigüedad no es un pecado en la aviación si el mantenimiento es riguroso, la asesoría que recibió el artista ha sido calificada como deficiente.
Jiménez, quien irónicamente confesó en vida que su mayor miedo era “no ver crecer a sus hijas”, confió su seguridad a una estructura que, según los peritos, estaba siendo forzada más allá de sus límites operativos aquel fatídico sábado 10 de enero.
El sensor de la discordia: la alerta “BAT PRB”Minutos antes del despegue, un registro visual casual del equipo técnico de Jiménez captó un detalle que hoy es pieza clave: una alerta encendida en el panel de instrumentos que indicaba “BAT PRB”.
Este aviso sugiere que un sensor de presión (tubo Pitot) podría estar entregando datos erróneos.
En términos simples, el piloto podría no haber tenido una lectura confiable de la velocidad real de la aeronave.
Aunque el clima era estable y el plan de vuelo corto, ignorar este sensor redujo el margen de seguridad desde el minuto cero.
No se le dio importancia; el deseo de cumplir con el compromiso profesional en Marinilla prevaleció sobre la cautela técnica.
La trampa de la altitud y el sobrepesoEl error más crítico, sin embargo, no fue solo un sensor, sino una ley básica de la física que fue ignorada.
El aeropuerto de Paipa, ubicado a una altitud considerable, exige una potencia de motor que el Piper Navajo, propulsado por motores a pistón, simplemente no podía entregar con carga completa.
Expertos en ingeniería aeroespacial explican que un motor a pistón pierde potencia drásticamente a medida que sube.
A nivel del mar, en una ciudad costera, ese avión habría despegado con sus seis ocupantes sin mayor dificultad.

Pero a 8,000 pies de altura, la capacidad de carga se reduce a la mitad.
“A esa altura, el avión no estaba capacitado para sacar a seis personas, sino a dos o tres máximo”, reza una de las declaraciones del informe.
Con el peso del equipo, los instrumentos y el combustible, la aeronave consumió prácticamente toda la pista antes de lograr un despegue agónico que apenas la elevó 50 metros del suelo.
El retorno imposibleUna vez en el aire, la pérdida de potencia se volvió irreversible.
El protocolo de emergencia dictaba un retorno inmediato a la pista, pero en un bimotor de cuatro décadas, cuando un motor falla en condiciones de sobrepeso y gran altitud, el motor restante rara vez es capaz de sostener el vuelo.
El pánico se apoderó de la cabina mientras el piloto intentaba la maniobra de giro.
Un detalle revelado por los peritos forenses en la escena del siniestro es escalofriante: el avión no se dispersó en el terreno, sino que cayó en un solo punto.
Esto confirma que la aeronave entró en una pérdida de sustentación absoluta; cayó “en picada” porque ya no tenía velocidad.
FactorEstadoImpacto en la TragediaAeronavePiper Navajo 1982Estructura obsoleta para carga altaAlerta BAT PRBActivaLectura de velocidad poco confiableAltitud (Paipa)~8,200 piesPérdida de potencia de motores a pistónOcupantes6 personasSobrepeso crítico para la zona geográficaLa vida de Yeison Jiménez se apagó en un instante de silencio mecánico, seguido por el estruendo del impacto en la vereda Romita.
Colombia entera permanece en luto, procesando la idea de que su “Aventurero” fue víctima no solo de una falla técnica, sino de una negligencia organizacional que no supo medir los riesgos de operar una máquina vieja en un terreno hostil.
El escenario se ha quedado vacío, pero el eco de este último vuelo servirá como una dolorosa advertencia para la industria aeronáutica y el mundo del entretenimiento: el destino, a veces, es solo la conclusión de una cadena de errores que nadie se detuvo a romper.