🩸 El Hannibal Lecter de los Andes: El Hombre que Cazó y Devoró a Decenas de Personas
Durante la década de los noventa, una serie de hechos estremeció al occidente de Venezuela y dejó una herida profunda en la memoria colectiva del país.
En los Andes venezolanos, una región conocida por su tranquilidad y paisajes montañosos, emergió una historia tan inquietante que transformó para siempre la percepción de la violencia en la nación.
Su protagonista fue José Dorancel Vargas Gómez, un hombre que pasaría a la historia con el apodo de “El Comeente”, una figura que simbolizó el fracaso del sistema de salud mental, la exclusión social y la vulnerabilidad de los más olvidados.
Este no es un relato de ficción ni una leyenda urbana.
Es una crónica real que, más de dos décadas después, continúa generando debate, miedo y preguntas sin respuestas claras.

José Dorancel Vargas Gómez nació el 14 de mayo de 1957 en Santa Elena de Arenales, estado Mérida.
Provenía de una familia campesina de escasos recursos, dedicada a la agricultura de subsistencia.
Su infancia transcurrió entre limitaciones económicas, aislamiento rural y una educación incompleta que no superó la primaria.
Quienes lo conocieron en sus primeros años lo describen como un joven callado, errático y cada vez más desconectado de su entorno.
Con el paso del tiempo, abandonó su hogar y comenzó una vida itinerante, sobreviviendo entre trabajos ocasionales y la indigencia.
Durante años, pasó prácticamente desapercibido para las autoridades, acumulando apenas antecedentes menores que no alertaban sobre lo que vendría después.
En 1995, Vargas Gómez fue detenido por un crimen que encendió las primeras alertas.
Durante ese proceso, fue diagnosticado con esquizofrenia paranoide y trasladado a un centro psiquiátrico en Peribeca, estado Táchira.
Tras dos años de internamiento, fue dado de alta bajo la consideración de que no representaba un peligro inmediato para la sociedad.
Aquella decisión, vista hoy con distancia, sería considerada uno de los errores más graves del sistema institucional venezolano.
A finales de los años noventa, Vargas se estableció en San Cristóbal, capital del estado Táchira.
Vivía en condiciones extremas, refugiándose bajo puentes y en zonas cercanas al río Torbes, particularmente en los alrededores del parque 12 de Febrero, un espacio frecuentado por deportistas, trabajadores y personas en situación de calle.
Durante ese período, comenzaron a registrarse desapariciones de hombres adultos, muchos de ellos pertenecientes a comunidades vulnerables.
Al principio, los casos parecían inconexos.
No existía un patrón claro ni denuncias suficientes que permitieran unir las piezas.

Entre 1997 y 1999, las autoridades confirmarían que Vargas Gómez estuvo vinculado a múltiples homicidios, convirtiéndose en el primer caso documentado de un agresor serial en la historia criminal venezolana.
Según investigaciones oficiales, él mismo reconoció su responsabilidad en la muerte de al menos diez personas, aunque diversas denuncias de desapariciones en la zona sugieren que la cifra podría haber sido mayor.
Sus declaraciones revelaban una visión profundamente distorsionada de la realidad, coherente con su diagnóstico psiquiátrico.
Expertos determinaron que sus acciones estaban impulsadas por delirios persistentes y una lógica interna alterada, más que por motivaciones convencionales asociadas al crimen organizado o al beneficio económico.
El 12 de febrero de 1999, miembros de organismos de rescate hallaron restos humanos en condiciones altamente perturbadoras cerca del río Torbes.
El hallazgo activó una investigación inmediata que condujo hasta el improvisado refugio de Vargas Gómez.
Al día siguiente, fue arrestado sin oponer resistencia.
Las evidencias recopiladas confirmaron la magnitud del caso y provocaron una reacción sin precedentes en la opinión pública.
Los medios nacionales e internacionales se hicieron eco de la noticia, y el nombre de San Cristóbal comenzó a aparecer en titulares vinculados al miedo y la inseguridad.
El efecto en la población fue inmediato.
La ciudad cambió sus rutinas.
Muchas personas dejaron de transitar solas, especialmente en horas de poca luz.
Los espacios públicos cercanos al río quedaron prácticamente abandonados, y surgieron rumores que alimentaron el temor colectivo.
Más allá del impacto mediático, el caso abrió un debate profundo sobre la pobreza extrema, la salud mental y la responsabilidad del Estado.
¿Cómo una persona con un diagnóstico tan grave pudo quedar en libertad sin seguimiento adecuado? ¿Cuántas señales fueron ignoradas antes de que ocurriera la tragedia?

Debido a su condición psiquiátrica, Vargas Gómez fue declarado inimputable.
Nunca enfrentó un juicio penal convencional y quedó recluido en dependencias policiales del estado Táchira, donde permanece hasta la actualidad.
En 2025, a sus 68 años, continúa bajo custodia, recibiendo tratamiento médico y viviendo en un vacío legal que ha sido cuestionado por juristas y defensores de derechos humanos.
Algunos expertos sostienen que su caso representa una de las mayores fallas estructurales del sistema judicial venezolano.
Lejos de quedar en el olvido, la historia de “El Comeente” ha resurgido en años recientes a través de documentales, podcasts y producciones audiovisuales que analizan el caso desde una perspectiva social y psicológica.
Cada nueva revisión reabre viejas heridas y plantea la misma pregunta: ¿fue solo un criminal o también una víctima del abandono institucional?

La historia de José Dorancel Vargas Gómez no puede entenderse únicamente desde el horror de sus actos.
Es, sobre todo, un espejo incómodo que refleja las consecuencias de la exclusión, la enfermedad mental sin tratamiento y la falta de mecanismos de protección social.
Más de 25 años después, su nombre sigue siendo sinónimo de miedo, pero también de advertencia.
Porque cuando una sociedad ignora a sus más vulnerables, las consecuencias pueden ser devastadoras.
El caso del Comeente no solo marcó a una región: dejó una lección que aún hoy Venezuela no ha terminado de aprender.