ABREN la CASA del AMANTE de Mario Pineda y lo que la POLICÍA DESCUBRE TE HELARÁ LA SANGRE

ABREN la CASA del AMANTE de Mario Pineda y lo que la POLICÍA DESCUBRE TE HELARÁ LA SANGRE

En la madrugada del 15 de diciembre de 2018, siete hombres cayeron muertos en un salón de eventos de Tijuana.

Otros cuatro agonizaban en ambulancias mientras las sirenas rasgaban la noche de la zona río.

Todos pertenecían al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).

Todos habían comido del mismo pozole.

Las autoridades pensaban en traición interna, guerra entre células, venganza de un cártel rival.

Pero cuando arrestaron a la responsable tres días después, nadie podía creerlo.

No era sicaria, no era enemiga de ninguna organización criminal.

Era una empleada doméstica de 54 años que cocinaba para ellos desde hacía meses.

Una mujer invisible que había eliminado a 18 tratantes de personas sin que nadie sospechara.

Y todo comenzó con la muerte de su único hijo.

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A finales de 2018, Tijuana era un hervidero de violencia.

El CJNG y el Cártel Santa Rosa de Lima luchaban por el control de las calles, transformando la ciudad en un campo de batalla.

En este entorno, María Elena Torres Ramírez, madre soltera y empleada doméstica, se movía entre las sombras, invisible ante los ojos de los hombres que dominaban la violencia.

Desde que llegó a Tijuana huyendo de la violencia en Culiacán, había aprendido a ser parte del mobiliario, una presencia silenciosa y funcional en las casas de aquellos que la contrataban.

María Elena había crecido en un hogar humilde, hija de operarios de la refinería de Pemex.

Tras la muerte de su padre y la enfermedad de su madre, se vio obligada a trabajar para mantener a su único hijo, Diego.

Durante 22 años, se dedicó a limpiar casas, cocinando platillos tradicionales que hacían que sus patrones la valoraran, pero nunca la miraran realmente.

Para ellos, era solo una empleada más, una sombra que trapeaba pisos y lavaba baños.

Sin embargo, esa invisibilidad se convirtió en su mayor fortaleza.

María Elena escuchaba conversaciones sobre extorsiones, rutas de tráfico y negocios turbios mientras realizaba sus tareas.

Con su memoria fotográfica, comenzó a recopilar información sobre los hombres que operaban en el crimen organizado.

Su cuaderno se transformó en un mapa de la red criminal que había arruinado su vida.

Diego, su único hijo, era un joven trabajador que soñaba con abrir su propio taller mecánico.

Sin embargo, su vida se truncó de forma brutal cuando fue asesinado por no pagar 200 pesos de extorsión.

La noticia devastó a María Elena, quien se dio cuenta de que el sistema no haría nada para hacer justicia.

Fue entonces cuando decidió usar su invisibilidad y la información que había recopilado durante años para vengar la muerte de su hijo.

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María Elena comenzó a entregar información al Cártel Santa Rosa de Lima.

Cada semana, un sicario caía, y las muertes eran catalogadas como naturales.

A medida que la violencia aumentaba, también lo hacía la notoriedad de María.

La gente empezó a hablar de ella en susurros como “la justiciera”.

Durante meses, María continuó eliminando a los tratantes de personas, y su lista de objetivos creció.

El 19 de noviembre de 2018, María fue arrestada en una redada policial.

La fiscalía la acusó de múltiples homicidios, pero también de ser parte de una organización criminal.

Su historia se volvió viral.

Algunos la veían como una heroína, otros como una criminal.

Durante el juicio, María mantuvo la cabeza en alto.

No se arrepentía de lo que había hecho.

Había actuado por amor, por venganza, por justicia.

El juez finalmente dictó su sentencia: María González fue condenada a 20 años de prisión, pero su historia no terminó ahí.

En las calles de Tijuana, su nombre se convirtió en un símbolo de resistencia.

La mujer que había sido invisible ahora era un faro de esperanza para muchas madres que luchaban contra la violencia y la impunidad.

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La historia de María Elena Torres Ramírez es un recordatorio de que incluso en las circunstancias más oscuras, la lucha por la justicia puede tomar formas inesperadas.

A través de su invisibilidad, María encontró una manera de hacer que su voz fuera escuchada.

Su legado perdurará en las calles de Tijuana, donde la lucha por la justicia continúa, y donde la memoria de su hijo vive en cada acción que ella tomó.

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