El “Curse de los Kennedy” Vuelve a Golpear 💔 | ¿Coincidencia o Destino Trágico?
Durante más de medio siglo, los estadounidenses han susurrado sobre ello en voz baja.
Lo llaman “El Curse de los Kennedy”.
Una frase que suena casi mítica, pero que se siente inquietantemente real cada vez que se rompe un nuevo titular, una vida termina demasiado pronto, otro capítulo de la familia política más famosa de América se cierra en la tristeza.
Con la reciente muerte de Tatiana Schlossberg, nieta del presidente John F. Kennedy, a solo 35 años tras una lucha contra la leucemia, la antigua pregunta ha regresado a la conciencia nacional: ¿Es que la familia Kennedy simplemente tiene mala suerte, o ha tejido la tragedia en su legado?

En la cúspide de su poder, los Kennedy representaban el sueño americano amplificado.
Juventud, inteligencia, riqueza y ambición política.
John F. Kennedy entró a la Casa Blanca en 1961 como el presidente electo más joven en la historia de EE.UU., un símbolo de esperanza y renovación.
Sus hermanos lo siguieron en la vida pública y sus hijos eran vistos como realeza en una república moderna.
Sin embargo, bajo el glamour, el destino ya estaba afilando sus cuchillos.
El 22 de noviembre de 1963, la ilusión se hizo trizas.
El presidente John F. Kennedy fue asesinado en Dallas, Texas, a plena luz del día.
La nación observó horrorizada cómo Camelot se colapsaba en un instante.
Su hijo, John F.Kennedy Jr., solo tenía tres años.
Su hija, Caroline, cinco.
Muchos creen que este fue el momento en que la supuesta maldición realmente comenzó, no porque la tragedia golpeara, sino porque nunca pareció detenerse.
En las décadas siguientes, la familia Kennedy soportó una asombrosa cantidad de pérdidas:
Robert F. Kennedy, hermano de JFK y candidato presidencial destacado, fue asesinado en 1968.
Joseph P. Kennedy Jr., hermano mayor de JFK, murió durante la Segunda Guerra Mundial.
Kathleen “Kick” Kennedy, murió en un accidente aéreo en 1948.
David Kennedy, sobrino de JFK, falleció por una sobredosis de drogas a los 28 años.
Michael Kennedy, hijo de Robert F. Kennedy, murió en un accidente de esquí.
John F. Kennedy Jr., el querido heredero político de América, murió en un accidente aéreo en 1999 a los 38 años.
Cada tragedia reforzó una narrativa que parecía casi bíblica en escala.
Ninguna familia, sin importar cuán poderosa, debería soportar tanto sufrimiento.

Muchos esperaban que la maldición se desvaneciera con el tiempo.
No lo hizo.
En años recientes, nuevas pérdidas han revivido el inquietante patrón:
Maeve Kennedy McKean y su joven hijo se ahogaron en 2020.
Tatiana Schlossberg, periodista y defensora del medio ambiente, falleció en 2025 tras un diagnóstico de leucemia rara y agresiva, dejando atrás a dos pequeños.
La muerte de Tatiana golpeó particularmente profundo.
Era joven, exitosa y profundamente consciente de la trágica historia de su familia.
En sus últimos escritos, habló abiertamente sobre la mortalidad, el miedo y el dolor de imaginar a sus hijos creciendo sin ella.
Para muchos estadounidenses, se sentía como si la historia se repitiera: una vida de Kennedy más cortada.
Los escépticos argumentan que el “Curse de los Kennedy” no es más que una coincidencia amplificada por la fama.
Las familias grandes experimentan pérdidas.
Las figuras públicas enfrentan mayores riesgos.
Cada tragedia se convierte en un titular.
Estadísticamente, algunos sostienen que los Kennedy no están condenados de manera única; simplemente son observados de manera única.
Pero incluso los historiadores que desestiman la superstición admiten algo inquietante: pocas familias en la historia estadounidense han perdido tantos miembros jóvenes, tan públicamente, a través de tantas generaciones.
Y la percepción, una vez formada, se convierte en realidad.
Aquellos cercanos a la familia dicen que la verdadera maldición no es sobrenatural; es emocional.
Crecer como un Kennedy significa llevar expectativas, escrutinio e historia desde el nacimiento.
Cada éxito se magnifica.
Cada error se transmite.
Cada tragedia se convierte en simbólica.
Algunos amigos de la familia creen que esta presión alimenta comportamientos arriesgados: pasatiempos peligrosos, ambición implacable, vidas vividas al máximo.
“No es que crean en una maldición”, observó un comentarista.
“Es que crecen sabiendo que la tragedia es parte de la historia”.

Nadie encarna esta carga más que Caroline Kennedy.
Perdió a su padre por una bala asesina.
Perdió a su hermano en un accidente aéreo.
Y ahora, ha perdido a su hija.
Sin embargo, Caroline ha rechazado consistentemente la idea de una maldición.
En su opinión, la tragedia no es destino; es el precio de amar profundamente y vivir plenamente.
Su respuesta a la muerte de Tatiana ha sido silenciosa, privada, casi desafiante en su dignidad.
Sin espectáculo.
Sin creación de mitos.
Solo duelo.
El Curse de los Kennedy perdura porque refleja algo que los estadounidenses temen y reconocen.
Que el éxito no garantiza seguridad.
Que el poder no puede proteger el amor.
Que incluso las familias más admiradas son frágiles.
En una cultura obsesionada con el control y el progreso, los Kennedy nos recuerdan la aleatoriedad de la vida y su crueldad.
Quizás la maldición de los Kennedy no se trata de la muerte en absoluto.
Quizás se trata de la memoria.
Cada tragedia obliga a la nación a revisar su propio pasado: el optimismo de la década de 1960, la violencia que siguió, el costo de la ambición, la fragilidad de la esperanza.
Y cada vez que un Kennedy muere demasiado joven, América no solo llora a una persona, sino a una versión de sí misma.

Si hay una ironía final, es esta: a pesar de todo —asesinatos, accidentes, enfermedades y pérdidas— el nombre Kennedy perdura.
No como un símbolo de invulnerabilidad, sino como un recordatorio de que incluso la grandeza es humana.
Maldecidos o no, la familia Kennedy se ha convertido en algo raro en la historia estadounidense: una dinastía definida no solo por el poder, sino por el duelo, la resiliencia y la supervivencia.
Y quizás eso —más que cualquier mito— es la razón por la que la historia se niega a terminar.