El Engaño Fatal que Conmocionó a Cali: El Caso de Valeria Valencia Osorio
La historia de Valeria Valencia Osorio ha generado una profunda conmoción en Cali y en todo Colombia.
Se trata de un caso que pone en evidencia los riesgos latentes en contextos marcados por la violencia, la confianza mal depositada y la fragilidad de los entornos sociales.
Con apenas 18 años, Valeria era una joven estudiante con proyectos claros de futuro, cuya vida terminó de forma trágica tras verse involucrada en una situación que nunca imaginó.
Más allá de los hechos, este caso ha abierto un debate sobre la seguridad de los jóvenes, el papel de las relaciones cercanas y las deudas pendientes del sistema judicial frente a crímenes que dejan profundas heridas en las familias y en la sociedad.

Valeria Valencia Osorio residía en el barrio Ricardo Belalcázar, en el oriente de Cali.
Era reconocida por su entorno como una joven alegre, responsable y comprometida con su formación académica en la institución educativa Humberto Jordan Masuera.
Mantenía una relación muy cercana con su madre, Luz Adriana, y con su hermano menor, a quienes consideraba el eje central de su vida.
Desde temprana edad, Valeria manifestaba su interés por estudiar nutrición y temas relacionados con la salud, aunque también contemplaba la posibilidad de vincularse en el futuro a la fuerza pública.
Sus planes reflejaban el deseo de contribuir positivamente a la sociedad y construir una vida estable.
Dentro del círculo cercano de Valeria se encontraba Loren, quien durante años fue considerada su mejor amiga.
La confianza entre ambas parecía sólida, hasta que, con el tiempo, esa relación comenzó a verse afectada por decisiones que generaron preocupación en la familia de Valeria.
Loren inició una relación con Angelo Eduardo Mejía Mendoza, un hombre que, según se conoció posteriormente, tenía antecedentes judiciales.
La madre de Valeria expresó en varias ocasiones su inquietud por estas nuevas amistades, advirtiendo sobre los posibles riesgos.
Sin embargo, Valeria, guiada por la confianza que depositaba en su amiga, optó por restar importancia a dichas alertas.
El 21 de marzo de 2023, Angelo acudió a la vivienda de Valeria para ofrecer disculpas por comportamientos anteriores que habían generado incomodidad.
Este encuentro fue interpretado como un intento de cerrar conflictos y continuar adelante, sin levantar mayores sospechas.
Durante los días siguientes, la rutina de Valeria continuó con normalidad.
Asistía a sus compromisos personales y familiares sin imaginar que se encontraba en el centro de una situación que pronto derivaría en un desenlace irreversible.

El 23 de marzo, Valeria regresó a su hogar tras una cita odontológica y luego de recoger a su hermano de sus actividades deportivas.
Más tarde, solicitó permiso a su madre para salir brevemente con el argumento de ayudar a recoger a la hija de un conocido.
Aunque Luz Adriana dudó y en ocasiones anteriores había negado este tipo de permisos, finalmente accedió, pidiéndole a su hija que regresara pronto y que fuera cuidadosa.
Esa sería la última conversación que mantendrían.
De acuerdo con las investigaciones, Valeria fue inducida a un encuentro bajo circunstancias engañosas.
En lugar de realizar la diligencia que había mencionado, fue llevada a un lugar apartado, donde se encontraba Angelo junto a otro hombre identificado como Ginalder Joyas.
Las autoridades establecieron que Valeria fue privada de su libertad y sometida a una situación de extrema vulnerabilidad.
Loren, quien debía ser un apoyo y una figura de confianza, terminó vinculada al caso como presunta colaboradora, un hecho que agravó el impacto emocional del crimen.
Al pasar las horas sin noticias de Valeria, la preocupación de su familia aumentó considerablemente.
Un mensaje enviado desde el teléfono de la joven, en el que se informaba de una supuesta salida inesperada, generó más dudas que tranquilidad.
Convencida de que algo no estaba bien, Luz Adriana inició una búsqueda incansable, recorriendo sectores cercanos y solicitando información a vecinos y conocidos.
Con el paso del tiempo, las sospechas se transformaron en una dolorosa certeza.

Las investigaciones permitieron reconstruir parte de lo ocurrido.
Testimonios recopilados por las autoridades señalaron que Valeria intentó pedir ayuda, pero no logró recibir la asistencia necesaria.
Posteriormente, su cuerpo fue trasladado a las autoridades forenses, donde los exámenes confirmaron que había sufrido graves daños físicos antes de su fallecimiento.
El caso generó una profunda reacción social y mediática, convirtiéndose en símbolo de la vulnerabilidad de los jóvenes frente a entornos peligrosos y decisiones que pueden tener consecuencias irreversibles.
Angelo Eduardo Mejía Mendoza fue capturado y posteriormente condenado a 31 años de prisión por su responsabilidad en los hechos.
Sin embargo, el proceso judicial dejó interrogantes abiertos, ya que otras personas presuntamente involucradas no han sido condenadas hasta el momento.
Para la familia de Valeria, la sentencia representa solo una parte del camino hacia la justicia.
La ausencia de sanciones completas mantiene viva la sensación de impunidad y prolonga el dolor de quienes aún esperan respuestas definitivas.
Luz Adriana ha asumido un rol activo en la exigencia de justicia por la muerte de su hija.
Su voz se ha convertido en un llamado constante para que el caso no sea olvidado y para que las autoridades continúen las investigaciones hasta esclarecer todas las responsabilidades.
Su lucha no solo honra la memoria de Valeria, sino que también busca generar conciencia sobre la necesidad de proteger a los jóvenes y fortalecer los mecanismos de prevención y justicia.

El caso de Valeria Valencia Osorio trasciende lo individual y se instala como una alerta social.
Es una historia que expone las consecuencias de la traición, la fragilidad de la confianza y los vacíos que aún persisten en la protección de los más jóvenes.
Mientras su familia continúa exigiendo verdad y justicia, la memoria de Valeria permanece como un recordatorio de que cada vida truncada deja una herida colectiva.
Su historia invita a reflexionar y a reforzar el compromiso social para construir entornos más seguros, donde tragedias como esta no vuelvan a repetirse.