🎤 ¡Un Adiós que Duele! La Hermana de Yeison Jiménez Comparte Recuerdos y Conflictos en un Testimonio Inolvidable.

🎤 ¡Un Adiós que Duele! La Hermana de Yeison Jiménez Comparte Recuerdos y Conflictos en un Testimonio Inolvidable.

Por mucho tiempo, Jason Jiménez fue para el país una voz poderosa sobre los escenarios, un nombre que llenaba estadios y acompañaba historias de amor, lucha y esperanza.

Pero detrás del artista, del ídolo popular, existía un hombre profundamente sensible, lleno de silencios, presentimientos y una fe que lo acompañó hasta el final.

Hoy, es su hermana mayor, Lina Jiménez, quien decide contar la historia desde el lugar más doloroso y honesto: el del vínculo de sangre, el de la intuición que avisa y el amor que nunca se apaga.

 

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“Con Jason siempre tuvimos una conexión que no necesitaba palabras”, recuerda Lina.

Esa madrugada, sin razón aparente, despertó sobresaltada y miró su celular esperando un mensaje suyo.

No era extraño: Jason solía escribirle antes de viajar o después de conciertos largos.

Pero esa vez no hubo mensaje.

Solo una sensación difícil de explicar, un peso en el pecho que, horas después, cobraría un sentido devastador.

Días antes, Jason le había hablado de sueños extraños.

Aviones, caídas, la sensación de que algo grande estaba por pasar.

Lo contaba con humor, como solía hacerlo, pero Lina lo conocía demasiado bien para no leer entre líneas.

Tenía apenas 34 años, una carrera en pleno auge y planes que apenas empezaban a tomar forma.

Sin embargo, el éxito también le había traído un peso invisible, una exigencia constante y batallas internas que pocos notaban.

Cada vuelo en avioneta era una preocupación silenciosa para su hermana.

Aunque Jason ya era un hombre admirado por miles, para ella seguía siendo ese muchacho al que había que recordarle que se cuidara.

Ese día lo llamó, como tantas otras veces.

Le pidió que no se confiara, que escuchara su intuición, que no todo en la vida era cumplir horarios.

Él, con su calma habitual, le habló de Dios, le dijo que todo estaba bajo control y bromeó para tranquilizarla.

Colgaron como si se hubieran abrazado a la distancia, sin imaginar que minutos después la familia enfrentaría una de las pruebas más duras de su vida.

 

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Jason salió enfocado en su trabajo, acompañado de su manager y su equipo, porque así era él: responsable, disciplinado, comprometido hasta el final.

Nadie pensó que ese viaje marcaría un antes y un después.

Cuando llegó la llamada con la noticia, el tiempo se detuvo.

El mundo quedó en silencio y todas esas corazonadas se hicieron realidad de golpe.

Lina entendió entonces que el amor entre hermanos también presiente, también advierte, no para asustar, sino para recordar lo frágil que puede ser la vida.

Para ella, Jason nunca fue solo el artista fuerte que el público veía desde una tarima.

Era un ser humano sensible, capaz de hablar de la muerte sin miedo, con una conciencia poco común en alguien tan joven.

Antes de varios vuelos, la llamaba solo para escuchar una voz conocida.

Le pedía una bendición, palabras bonitas.

Después colgaba más tranquilo, como si ese instante le diera paz.

A pesar de la fama, seguía necesitando ese refugio familiar.

La historia de Jason comenzó mucho antes de los aplausos.

Lina fue testigo de sus primeros pasos, de noches grabando canciones casi a ciegas, sin saber si alguien las escucharía, pero con una fe inquebrantable.

“Te deseo lo mejor” fue apenas el inicio de un camino construido con sacrificio, errores, caídas y una humildad que jamás perdió.

Cantó en lugares tan pequeños que el público cabía en una sola mesa, con la misma entrega que después tuvo en los grandes escenarios.

 

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El día que llenó el estadio El Campín con “Mi Promesa”, Lina entendió la dimensión de lo que su hermano estaba logrando.

Ese muchacho de pueblo estaba haciendo historia, no solo por él, sino por una música popular que durante años fue subestimada.

Sin embargo, detrás de los aplausos, la vida seguía siendo dura.

Jason cargaba batallas silenciosas, cansancio acumulado y una exigencia personal que a veces parecía no tener límites.

Muchas veces llegaba agotado, se sentaba a su lado en silencio, como cuando eran niños, buscando calma.

Le confesaba que la fama no lo hacía sentirse invencible, que también tenía miedos y dudas.

Con ella podía ser simplemente Jason, sin escenarios ni expectativas.

Lina lo escuchaba, le hablaba desde el cariño, le recordaba que el cuerpo y el alma también pasan factura.

El día de la tragedia fue tan rápido que aún cuesta entenderlo.

Mientras el país intentaba asimilar lo ocurrido, su mente se quedó atrapada en sus gestos, en proyectos que aún no había cumplido.

Al caer la tarde, la oscuridad no solo cubrió el cielo, también el hogar.

Fue un dolor que se metió de golpe en el corazón de millones, porque Jason no solo cantaba: acompañaba vidas.

 

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Sus canciones hoy suenan distinto, como despedidas, pero siguen siendo refugio.

Jason nació del pueblo y llegó muy alto sin perder la esencia.

Viajaba sin parar, componía de madrugada, hablaba de nuevos proyectos con ilusión.

Venía de días exigentes, de presentaciones constantes.

Aun así, tenía otro compromiso más, porque era incapaz de fallarle a su gente.

Cuando llegó la confirmación oficial, Lina entendió que más allá de cualquier explicación quedaba un vacío imposible de llenar.

Para ella, Jason no es una noticia: es el hombre que se hizo a pulso, el artista que nunca fingió.

Hoy quedan escenarios en silencio, carreteras que no recorrerá y un país entero intentando entender cómo una vida tan intensa pudo apagarse de repente.

Jason creció aprendiendo a exigirse el doble.

Escuchaba historias de desconocidos y luego las convertía en versos.

No escribía para impresionar, sino para decir verdades.

Cada logro fue fruto de una constancia forjada en la adversidad.

Su legado no se mide en cifras, sino en la huella que dejó.

 

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Aunque su partida fue repentina, su amor por la música quedó sembrado para siempre.

Se fue en movimiento, fiel a su camino, con el corazón puesto en lo que amaba.

Para Lina, fue el instante en que el tiempo se quebró.

Para el país, la pérdida de una voz irrepetible.

Para todos, la certeza de que hay historias que no terminan, porque siguen vivas en cada canción.

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