Lo Rechazaron, lo Humillaron… y Regresó como Leyenda 😱 | Los Secretos Más Incómodos de Juan Gabriel
Durante la década del 2000, Juan Gabriel decidió apadrinar musicalmente a Jazz de Bael, quien en 2010 presentó su disco titulado El consentido.
Aunque el vínculo entre ambos había nacido de una colaboración profesional, los medios comenzaron a especular que el nombre del álbum aludía a un supuesto romance entre los dos.
Incluso se llegó a afirmar que el divo de Juárez había tenido relaciones sentimentales con otros hombres a quienes también habría ayudado en sus carreras artísticas.
Con el tiempo, cuando Juan Gabriel se distanció de Rocío Dúrcal, su gran amiga y compañera de siete discos, empezaron a circular distintas teorías sobre el motivo.
Una de las más escandalosas surgió de un reportero que aseguraba que Rocío había sorprendido al cantante en la cama con su propio esposo.
En un principio, ni ella ni Juan Gabriel dieron declaraciones.
Sin embargo, en noviembre de 2011, Antonio Morales Junior, exmarido de Rocío Dúrcal, acusó al intérprete de haberlo acosado e incluso de espiar los momentos más íntimos que él compartía con su esposa.
A pesar de los rumores, Juan Gabriel siguió adelante con su carrera y su estilo inconfundible.
En los últimos años de su vida, abrazó por completo su figura de divo y solía preguntar desde el escenario: “¿Quién se quiere casar conmigo?” El público, entre risas y admiración, respondía al unísono: “¡Yo!”

El 26 de agosto de 2016, en un concierto en Los Ángeles, el artista envió un mensaje a sus fans: “Felicidades a las personas que están orgullosas de ser lo que son.”
Dos días después, a los 66 años, fue hallado sin vida en su casa de Santa Mónica, California, la causa: un infarto agudo de miocardio.
Sus restos fueron llevados al Palacio de Bellas Artes, el mismo lugar donde había conquistado al país entero.
Más de 700,000 personas asistieron a su homenaje y más de 11.
8 millones lo vieron por televisión.
Desde ese entonces, las polémicas y los rumores sobre su vida comenzaron a contradecir todo lo que se había dicho del divo de Juárez.
Alberto comenzó su camino artístico cantando en bares de Ciudad Juárez, entre ellos el mítico Noa Noa.
A pesar de haber compuesto ya más de 300 canciones, el reconocimiento no llegaba.
Decidido a cambiar su destino, viajó a la Ciudad de México para mostrar su talento, pero fue rechazado una y otra vez por las compañías discográficas.
Todo cambió cuando el productor Eduardo Magallanes le ofreció un contrato en RCA Víctor, aunque no como solista, sino como corista de figuras como Roberto Jordán, Angélica María y Estela Núñez.
Sin embargo, esta etapa no duró mucho; en 1970, renunció convencido de que no se le valoraba lo suficiente y regresó a los bares de Juárez.
Sus amigos insistían en que no debía abandonar sus sueños, así que al año siguiente volvió a la capital con nuevas esperanzas, pero sin dinero y sin techo.
Dormía en estaciones de tren o autobuses, sobreviviendo como podía, y en medio de esa precariedad, su vida dio un giro inesperado.
En abril de 1970, fue acusado de robar joyas en casa de la actriz Claudia Islas.
Aunque era inocente, la policía lo usó como chivo expiatorio.
Algunas versiones apuntan a que la propia actriz habría señalado a Alberto como culpable, lo que terminó llevándolo a la cárcel de Lecumberri, un lugar donde el dolor se mezclaba con la inspiración.
En prisión, compuso varias canciones que llamaron la atención del director del penal, Andrés Puentes Vargas, quien lo presentó a la cantante y actriz Enriqueta Jiménez, conocida como “La Prieta Linda”.
Gracias a la intervención de ella y de la esposa del director, su condena se redujo de tres años a solo 18 meses.
Al salir, Alberto fue acogido por el matrimonio Puentes Vargas, quienes se convirtieron en una suerte de padres adoptivos, brindándole el apoyo que su familia le había negado.
Con la ayuda de “La Prieta Linda”, consiguió un nuevo contrato con RCA Víctor y decidió cambiar su nombre artístico.
Eligió “Juan” por su maestro y “Gabriel” por su padre.
Así, en 1971 lanzó su primer disco, El alma joven, que incluía “No tengo dinero”, una canción que lo catapultó a la fama y marcó el inicio de una carrera legendaria con más de 15 composiciones que harían historia en la música latina.
Las letras de Juan Gabriel, cargadas de amor, desamor y emociones profundas, conquistaron los corazones de millones en América Latina, España y Estados Unidos.
Pero él no era un cantante más; había roto con todos los moldes del típico macho mexicano que predominaba en la música de su tiempo.
En lugar de retratar a la mujer como una figura traicionera, la colocaba en un pedestal como una guerrera digna de devoción.
Esa sensibilidad combinada con su deslumbrante presencia escénica lo convirtió en un fenómeno.
Sus trajes de charro estilizados, las camisas bordadas y las chaquetas repletas de lentejuelas eran tan parte de su arte como su voz.
En el escenario, saltaba, reía y se mostraba tan alegre como vulnerable.
Esa energía lo llevó a ser conocido como el divo de Juárez, aunque la misma extravagancia que lo hizo brillar también atrajo críticas y controversias.

Con el tiempo, comenzaron a surgir exempleados y supuestos amantes que afirmaban haber tenido relaciones con él, mientras sus admiradores veían todo como un intento de buscar fama fácil.
En una época donde la hombría era medida por estereotipos rígidos, su forma de vestir y moverse escandalizaba a muchos.
La prensa sensacionalista no tardó en alimentar rumores sobre su vida privada, insinuando romances con varios hombres.
Juan Gabriel nunca confirmó ni desmintió nada, simplemente sonreía y seguía cantando.
Aunque tuvo cuatro hijos, llamados John en distintas versiones del nombre, el misterio persistía.
La madre de sus hijos, Laura Salas, era su gran confidente.
Él solía decir que era su mejor amiga.
Sin embargo, eso no detuvo el murmullo.
En 1984, su exsecretario personal, Joaquín Muñoz, publicó el libro Juan Gabriel y yo, donde aseguraba haber compartido experiencias íntimas con el artista.
Mientras los medios intentaban arrancarle una reacción, Juan Gabriel siempre permanecía en silencio, concentrado en su música, en su familia y en seguir desafiando las etiquetas.
Incluso llegó a reconciliarse con su madre, le compró una casa en Ciudad Juárez y ayudó económicamente a todos sus hermanos.
En mayo de 1990 comenzaron a correr los rumores: Juan Gabriel podría presentarse en el Palacio de Bellas Artes.
La noticia desató una tormenta entre burócratas, músicos y autoridades culturales del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.
Para ellos, aquel escenario debía estar reservado a la élite, a las expresiones consideradas superiores, como la ópera y el ballet.
La idea de ver al divo de Juárez, representante de la música popular, sobre ese escenario les resultaba una afrenta.
Sin embargo, el público pensaba distinto.
El director del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Víctor Flores Olea, declaró que las ganancias del concierto se destinarían a la Orquesta Sinfónica Nacional, y con eso el proyecto siguió adelante.
Entre el 9 y el 12 de mayo de 1990, Juan Gabriel hizo vibrar al público.
En medio del espectáculo, aprovechó para dejar en claro su mensaje: todos los artistas populares merecían la oportunidad de cantar en ese lugar construido con el dinero del pueblo.
Su presentación junto a la Orquesta Sinfónica Nacional de México fue considerada por la crítica como un hito que elevó los estándares de la música popular mexicana.
Aquel concierto rompió barreras y marcó un antes y un después en la historia del país.

A finales del año 2002, Juan Gabriel asistió al programa Primer Impacto, donde la conversación con Fernando del Rincón pronto se convirtió en una de las entrevistas más recordadas de su carrera.
El periodista tocó el tema que por años había rondado en el imaginario popular: la orientación sexual del cantante.
Con elegancia, Juan Gabriel respondió a cada insinuación con frases que hoy son parte de su leyenda.
Cuando le preguntaron directamente si era gay, el artista devolvió la pelota con su famosa sentencia: “Lo que se ve no se pregunta, mi hijo.”
Una respuesta que, sin confirmar ni negar nada, se convirtió en una declaración de independencia.
Él no permitiría que lo definieran por su vida privada, sino por su talento, su música y su legado.
En sus reflexiones, dejó claro que no le interesaban las etiquetas.
A finales de 2018, comenzaron a circular versiones en los medios que aseguraban que Juan Gabriel seguía con vida.
La periodista María Celeste Arrarás presentó una fotografía en la que supuestamente se veía al cantante en la misma casa donde habría estado en septiembre de 2016, un mes después de anunciarse su muerte.
Joaquín Muñoz, antiguo representante y amigo cercano del divo de Juárez, afirmó que el artista reaparecería públicamente en diciembre de 2018, pero al no cumplirse esa fecha, dijo que lo haría en enero de 2019.
Aunque la reaparición nunca ocurrió, Muñoz sostuvo en distintas entrevistas que Juan Gabriel estaba vivo, viviendo discretamente en Morelos.
Sin embargo, en agosto de 2019, modificó su versión y declaró que Juan Gabriel efectivamente había fallecido, aunque no en las circunstancias ni en la fecha que se habían hecho públicas.

A pesar de no hablar abiertamente sobre su orientación sexual, Juan Gabriel se convirtió en un símbolo de libertad y aceptación para muchos.
Su presencia escénica, su forma de vestir y su autenticidad desafiaron las normas de una sociedad conservadora sin necesidad de etiquetas.
Su legado perdura no solo a través de su música, sino también en la forma en que desafió las expectativas y vivió su verdad.
La historia de Juan Gabriel es un recordatorio de que el talento y la autenticidad pueden trascender las etiquetas y los rumores.
Su vida y su música continúan resonando en el corazón de millones, dejando un legado imborrable en la cultura latina.