Phil Collins fue uno de esos artistas irrepetibles que definieron una era.
Como baterista y vocalista de Genesis, y luego como solista, logró algo que muy pocos han conseguido: triunfar masivamente en ambos mundos.
Canciones como In the Air Tonight, Against All Odds, Another Day in Paradise y You’ll Be in My Heart se convirtieron en himnos generacionales.
Sin embargo, detrás del éxito, siempre hubo tormenta.
El origen de esa oscuridad se remonta a uno de los episodios más dolorosos de su vida: su divorcio de Andrea Bertorelli.
Mientras él estaba de gira, ella lo abandonó, se llevó a los hijos y comenzó una nueva relación.
Phil quedó devastado.
De ese colapso emocional nació In the Air Tonight, una canción cruda, inquietante y cargada de rabia contenida.
Años después, Collins admitiría que no era una metáfora: era su dolor sin filtros.
La famosa presentación en Top of the Pops, con una lata de pintura chorreando a su lado, fue un mensaje silencioso pero brutal.
Andrea lo acusó de humillarla públicamente ante millones de personas.
Phil nunca lo negó.

Décadas después, incluso lo reafirmó en su autobiografía Not Dead Yet, reabriendo heridas que jamás terminaron de cerrar.
A pesar de todo, su carrera siguió en ascenso.
Se convirtió en uno de los tres únicos artistas en la historia —junto a Michael Jackson y Paul McCartney— que vendieron más de 100 millones de discos tanto en solitario como en una banda.
Pero curiosamente, de los tres, Collins terminó siendo el más olvidado.
Aunque fue respetado por Jackson e incluso tocó la batería en We Are the World y Do They Know It’s Christmas, su imagen comenzó a deteriorarse.
El humor de I Can’t Dance fue interpretado por muchos como una burla a Michael Jackson.
Los fans del Rey del Pop no lo perdonaron.
La marea empezó a cambiar.
La herida más profunda, sin embargo, llegó desde alguien que Phil admiraba: Paul McCartney.
En un evento real en el Palacio de Buckingham en 2002, Collins se acercó con timidez para pedirle un autógrafo.
La respuesta, aparentemente condescendiente, lo marcó para siempre.
Se sintió pequeño, humillado, inferior.
Años después, seguía hablando de ese momento con dolor.
Para alguien que ya cargaba inseguridades, fue un golpe devastador.
En lo personal, su vida fue un campo minado.
Tres matrimonios, cinco hijos y decisiones que dejaron cicatrices profundas.
Con Jill Tavelman tuvo a Lily Collins, hoy una exitosa actriz.
Pero Phil estuvo ausente durante gran parte de su infancia.
Lily lo confrontó años después en una carta pública, donde habló de abandono, dolor y perdón.
Phil reconoció su culpa y admitió que su caos personal afectó gravemente a su hija.
Su relación más larga y destructiva fue con Orianne Cevey.
Tras décadas juntos y dos hijos, el final fue explosivo.
Hubo demandas, acusaciones humillantes y una batalla legal que incluyó la subasta de premios y recuerdos personales de Phil.
El divorcio le costó más de 46 millones de libras, uno de los más caros de la historia.
La humillación fue pública y devastadora.
Mientras todo eso ocurría, su cuerpo comenzaba a fallar.
Años de giras, mala postura y exigencia física extrema pasaron factura.
Cirugías de columna, daño nervioso, pie caído y pérdida progresiva de movilidad lo obligaron a dejar la batería.
Para un hombre que se definía como baterista antes que cantante, fue una pérdida de identidad.
En sus últimos conciertos con Genesis, Phil aparecía sentado, frágil, sosteniendo el micrófono con dificultad mientras su hijo Nick tocaba la batería por él.
Fue un momento profundamente simbólico: el padre pasando la antorcha, no por elección, sino por necesidad.
En 2022, Phil Collins se retiró oficialmente.
Sin discursos grandilocuentes.
Sin un gran final.
Solo un adiós silencioso.
En entrevistas recientes confesó que ya no tiene hambre creativa, que su cuerpo no responde y que prefiere no hacer nada antes que traicionar lo que fue.
“Siento que ya usé todas mis millas”, dijo.
Hoy vive rodeado de recuerdos, con salud frágil, lejos del centro del escenario que alguna vez dominó.
El hombre que marcó el ritmo del mundo ahora camina con bastón, luchando contra el dolor y la nostalgia.
Su historia no es solo la de una estrella en declive, sino la de un ser humano que lo dio todo… y pagó el precio.
Phil Collins no desapareció de golpe.
Se fue apagando lentamente, entre aplausos lejanos, relaciones rotas y un cuerpo cansado.
Así vive hoy uno de los músicos más grandes de la historia: en silencio, con dignidad, y con una tristeza que resuena tan fuerte como su legendario solo de batería.