
Jim Caviezel no fue un actor más interpretando a Jesús.
Esa es la idea central que atraviesa cada una de sus declaraciones más recientes.
En entrevistas concedidas en los últimos años, y especialmente en una conversación de 2025 que muchos califican como explosiva, Caviezel afirmó que durante el rodaje de La Pasión de Cristo murió clínicamente tras ser alcanzado por un rayo y regresar a la vida con una misión clara.
El hecho del rayo durante el rodaje es conocido y documentado.
Caviezel fue alcanzado por descargas eléctricas en más de una ocasión mientras filmaba escenas de la crucifixión.
Lo que el actor sostiene ahora es lo que ocurrió después.
Según su testimonio personal, su corazón se detuvo durante una intervención médica posterior, y en ese lapso experimentó algo que redefinió por completo su existencia.
“Morí filmando La Pasión”, declaró.
“Y cuando regresé, entendí que mi vida ya no me pertenecía”.
Caviezel describe una experiencia de paz absoluta y una comunicación interior que interpretó como un encargo directo: permitir que Cristo se manifestara a través de él.
No como una metáfora artística, sino como una responsabilidad espiritual concreta.
Estas palabras ayudan a entender por qué, tras el éxito mundial de la película en 2004, su carrera en Hollywood se desmoronó en lugar de despegar.
Caviezel fue apartado, etiquetado como problemático, excesivamente religioso, difícil de encasillar.
Para él, no fue una pérdida.
Fue una consecuencia inevitable.

“Después de eso, ya no podía fingir ser alguien más”, confesó en una entrevista poco difundida.
Pero el relato no comienza en el rayo.
Caviezel asegura que su preparación para interpretar a Jesús fue radical incluso antes del rodaje.
Ayunos prolongados, retiros espirituales, estudio intenso de textos bíblicos y místicos marcaron los meses previos.
Según personas cercanas a la producción, el actor llegó a experimentar una confusión profunda entre su identidad personal y el personaje que estaba por encarnar.
El encuentro inicial con Mel Gibson fue, según ambos han insinuado, inquietante.
Caviezel tenía 33 años.
Sus iniciales eran J.C.
Gibson, según relatos posteriores, percibió algo “preparado” en él, como si no se tratara de una simple audición, sino de una cita inevitable.
Años después, ambos admitirían que dudaron seriamente en volver a tocar esta historia.
La decisión de filmar La Resurrección de Cristo no habría surgido de un estudio ni de un contrato, sino de una serie de experiencias personales que Caviezel comenzó a vivir a partir de 2020.
Sueños recurrentes, lecturas intensivas, largos periodos de aislamiento y oración marcaron ese tiempo.
Él mismo lo describe como una presión interior imposible de ignorar.
“Cuando Dios te elige para algo específico, no siempre te da opciones cómodas”, dijo.
“Solo te pide obediencia”.
Caviezel no presenta su testimonio como prueba científica ni busca convencer a escépticos.
Lo narra como una vivencia personal que lo transformó de forma irreversible.
Durante el rodaje original, sufrió múltiples lesiones: dislocaciones, heridas profundas y un deterioro físico severo.
Algunas sanaciones rápidas y recuperaciones inusuales alimentaron, dentro del equipo, la sensación de que estaban participando en algo que excedía una producción cinematográfica común.
Actores y técnicos relataron, años después, un ambiente extraño durante el rodaje: fallas técnicas inexplicables, cambios bruscos de clima, reacciones emocionales extremas.
Luca Lionello, quien interpretó a Judas y se declaraba ateo, habló públicamente de una conversión personal ocurrida durante la filmación.
No fue el único.
Lo más perturbador del relato de Caviezel es su interpretación del porqué.
Según él, no fue elegido por talento, apariencia o coincidencia.
Fue elegido porque estaba dispuesto a perderlo todo.

“Le pedí a Jesús que se mostrara al mundo a través de mí”, afirmó.
“Y sentí como respuesta: ‘No tengo a nadie más’”.
Esa frase, real o interpretada desde su experiencia interior, se convirtió en el eje de su vida.
Desde entonces, Caviezel ha hablado de sí mismo no como una celebridad, sino como un instrumento.
Rechazó proyectos, soportó el aislamiento profesional y aceptó que su nombre quedara ligado para siempre a una sola figura.
Con el anuncio de La Resurrección de Cristo, su regreso no es presentado como un retorno cinematográfico, sino como la continuación de una misión inconclusa.
Caviezel insiste en que no se trata de revivir un éxito, sino de completar un mensaje.
Y sabe que el costo será alto.
Mientras el mundo espera la secuela como un evento cultural, él la vive como una obediencia tardía.
“Morí una vez”, dijo.
“Y cuando regresé, entendí que ya no podía vivir para mí”.
La historia de Jim Caviezel no obliga a creer.
Pero incomoda.
Porque plantea una pregunta que va más allá del cine: ¿qué ocurre cuando alguien cree haber sido elegido para algo que lo supera por completo? Y más inquietante aún: ¿qué haríamos nosotros si ese llamado nos costara todo?