Jacobo Zabludovsky: El Mayor MENTIROSO… Y La Farsa del “Día Soleado” Para Ocultar la MASACRE.

La noche del 2 de octubre de 1968 marcó una herida imborrable en la historia de México.

Jacobo Zabludovsky dies at 87; pro-government TV news anchor in Mexico -  Los Angeles Times
En la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, decenas —y según investigaciones posteriores, cientos— de estudiantes fueron asesinados por fuerzas del Estado.

Mientras el suelo aún estaba húmedo por la sangre y el ejército se apresuraba a borrar evidencias, millones de mexicanos encendieron sus televisores en busca de una explicación.

Lo que encontraron no fue verdad, ni duelo, ni indignación, sino calma.

Una calma cuidadosamente fabricada.

El rostro que la transmitió fue el de Jacobo Zabludovsky, el periodista más influyente de la televisión mexicana durante décadas.

 

Zabludovsky no era un comunicador cualquiera.

Para entonces ya se había consolidado como una figura confiable, una voz que traducía la realidad para el país.

Su tono sereno y su presencia constante lo habían convertido en un intermediario entre el poder y la sociedad.

Aquella noche, sin embargo, su papel adquirió una dimensión histórica.

En lugar de narrar la masacre, el discurso televisivo habló de orden, de incidentes aislados, de normalidad.

Con el paso del tiempo, una frase se volvió símbolo de ese encubrimiento: “Hoy fue un día soleado”.

Más allá de si fue pronunciada de manera literal o no, su efecto fue real y profundo: negar la tragedia mediante el silencio.

Jacobo Zabludovsky hizo llorar a Azcárraga al renunciar a Televisa

El contexto explica, pero no absuelve.

En 1968, México se preparaba para inaugurar los Juegos Olímpicos y el régimen del PRI necesitaba proyectar estabilidad ante el mundo.

Reconocer una masacre habría significado admitir la fragilidad del sistema.

La televisión, en manos de Telesistema Mexicano —futuro Televisa—, se convirtió en una herramienta clave para administrar el pánico.

No se trataba de mentir de forma burda, sino de omitir con elegancia.

En ese engranaje, Jacobo Zabludovsky fue el operador perfecto.

 

Su historia personal ayuda a entender su conducta.

Nacido en 1928 en el barrio de La Merced, hijo de inmigrantes judíos polacos, Jacobo creció en un entorno marcado por la necesidad y la supervivencia.

Desde joven aprendió que en México la estabilidad dependía de no incomodar al poder.

A los 14 años ya escribía para El Nacional, periódico oficialista, no por idealismo, sino por hambre.

Estudió Derecho para comprender el lenguaje del Estado y pronto migró a la radio y la televisión, donde descubrió que la cámara no solo mostraba la realidad: la ordenaba.

El legado claroscuro del periodista mexicano Jacobo Zabludovsky · Global  Voices en Español

Durante décadas, el régimen no necesitó periodistas críticos, sino traductores.

Personas capaces de convertir decisiones brutales en frases aceptables.

Jacobo nunca gritó, nunca acusó, nunca improvisó.

Su talento consistía en decir lo justo, en callar lo incómodo y en transmitir certeza incluso cuando no había verdad.

Esa habilidad lo llevó a convertirse, en 1970, en el conductor de 24 Horas, el noticiero más poderoso del país durante casi treinta años.

 

Tlatelolco no fue un accidente aislado, sino un ensayo.

Después vendrían otros episodios donde el silencio televisivo volvió a ser protagonista: el Halconazo de 1971, el fraude electoral de 1988, múltiples represiones minimizadas o justificadas.

El método era siempre el mismo: encuadrar la realidad desde el poder.

En el estudio, un teléfono simbolizaba esa relación directa con Los Pinos.

Las decisiones no se tomaban en la redacción, sino al otro lado de la línea.

Well-known Mexican journalist Jacobo Zabludovsky dies – San Diego  Union-Tribune

Sin embargo, en 1985 ocurrió algo inesperado.

El terremoto del 19 de septiembre colapsó no solo edificios, sino también la estructura de control.

Durante horas, el gobierno quedó paralizado y las instrucciones no llegaron.

Jacobo, transmitiendo desde su automóvil, describió el caos con una crudeza inédita.

Habló de la ausencia del Estado, de ciudadanos rescatando a ciudadanos, del dolor sin filtros.

Por primera vez, el país escuchó en su voz algo cercano a la verdad.

 

Ese momento resultó revelador y perturbador.

Demostró que Jacobo sí sabía cómo informar con honestidad.

Que no era incapacidad profesional, sino elección.

Cuando el poder se recompuso, el discurso volvió a cerrarse.

La tragedia se transformó en épica nacional y las responsabilidades se diluyeron.

Pero la grieta ya estaba ahí.

Desde entonces, cada silencio posterior se volvió más pesado.

Quieren a Jacobo Zabludovsky hasta los 100 años

En 1998, 24 Horas salió del aire.

El país había cambiado.

El PRI hegemónico se debilitaba y nuevas voces comenzaban a disputar la narrativa.

Jacobo se retiró sin dar explicaciones profundas, sin pedir perdón, sin enfrentar su papel en la construcción del silencio.

Murió en 2015 rodeado de homenajes, pero sin un verdadero juicio histórico.

 

Hoy, el debate sobre Jacobo Zabludovsky sigue abierto.

¿Fue un villano o un prisionero del sistema? ¿Mintió por convicción o por miedo? Tal vez fue ambas cosas.

Lo cierto es que su legado no es solo personal, sino estructural.

Representa un modelo de periodismo donde la obediencia se disfraza de neutralidad y el silencio se presenta como prudencia.

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El “día soleado” ya no habla del clima.

Es una metáfora de cómo se puede borrar una masacre sin disparar una sola bala más.

Es la prueba de que la televisión también puede ejercer violencia, no con armas, sino con omisiones.

Y es, sobre todo, una advertencia vigente: el poder siempre buscará voces que traduzcan su versión de la realidad.

La responsabilidad de no repetir ese silencio recae, ahora, en quienes informan y en quienes escuchan.

 

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