En la época dorada del rock and roll mexicano, Johnny Laboriel se destacó como un hombre cuya energía electrizaba cada escenario que pisaba.
Su voz potente y carisma lo hicieron brillar más fuerte que muchos de sus contemporáneos, incluso eclipsando a figuras como Alberto Vázquez, César Costa y Enrique Guzmán.
Sin embargo, detrás de ese brillo y éxito, se escondía una historia de lucha, racismo, rechazo y enfermedad que pocos conocieron.
Juan José Laboriel López, conocido artísticamente como Johnny Laboriel, nació el 9 de julio de 1942 en la Ciudad de México.
Provenía de una familia donde el arte y el talento corrían por la sangre.
Su padre, Juan José Laboriel, fue un actor y compositor hondureño de origen garífuna, un grupo étnico descendiente de africanos que escaparon de la esclavitud tras un naufragio en el siglo XV.
Su madre, Francisca López de la Boriel, era reconocida como una de las mujeres más bellas del puerto.
El padre de Johnny tuvo una carrera prolífica en el cine mexicano, participando en más de 28 películas clásicas y componiendo canciones emblemáticas como “El gallo tuerto” y “Amor costeño”.
La familia Laboriel, inmigrantes hondureños, se estableció en México con la esperanza de un futuro mejor, y fue así como Johnny creció en un ambiente artístico, pero también marcado por la humildad y las dificultades.

Durante su infancia, la familia vivió modestamente en la colonia Roma, uno de los barrios más antiguos de la Ciudad de México.
Johnny recordaba que había muy pocas familias negras en la capital, lo que le hacía sentir como “un oso polar caminando por la plaza principal”.
Esta metáfora reflejaba la soledad y el aislamiento que sentía por ser diferente en un entorno predominantemente blanco.
Su vida en las calles lo llevó a mezclarse con pandillas locales, como “los pueblerinos” en la calle Puebla, donde adquirió apodos y vivió experiencias duras, incluyendo un incidente que lo llevó a pasar un tiempo en prisión en el penal de Lecumberry, conocido como “El Palacio Negro”.
Sin embargo, a pesar de estos tropiezos, su espíritu no se quebró y su pasión por la música comenzó a florecer.
A los 17 años, Johnny decidió dedicarse profesionalmente a la música.
Participó y ganó un concurso de radio para ser vocalista de un grupo dirigido por los hermanos Portales.
Su carisma, voz y estilo único lo llevaron a integrarse a la legendaria banda mexicana de rock and roll “Los Rebeldes del Rock”, fundada en 1957.
Con ellos, Johnny se convirtió en una figura central del rock mexicano, logrando éxitos como “El pequeño ángel” y “Melodía de amor”.

El grupo rompió con las convenciones musicales de la época, trayendo un sonido crudo y rebelde que cautivó a la juventud mexicana.
Johnny, con su voz contagiosa y presencia escénica, fue considerado uno de los primeros ídolos negros del rock en México, rompiendo barreras raciales en una industria dominada por artistas blancos.
No obstante, la fama trajo consigo un precio alto.
Johnny enfrentó problemas personales, incluyendo una espiral de excesos y vicios que casi le cuestan la vida.
En una ocasión, durante un espectáculo, repartió drogas entre el público y estuvo a punto de morir debido a esa experiencia.
A pesar de todo, logró salir adelante y se convirtió en un ejemplo de superación.
La muerte de su padre en 1977 fue un golpe devastador para él.
Johnny confesó que perdió algo dentro de sí mismo tras esa pérdida y se dedicó a cuidar de su madre y hermanos.
A lo largo de los años 80, diversificó su carrera, incursionando en la televisión y la comedia, donde creó personajes y gestos icónicos que todavía son recordados.
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A pesar de su talento y popularidad, Johnny nunca logró escapar del racismo y la discriminación.
Fue víctima de estereotipos raciales, burlas y exclusión por parte de algunos compañeros y productores.
En programas de televisión como “Cero en conducta”, fue blanco de bromas ofensivas que reflejaban prejuicios arraigados.
Johnny reconoció que el racismo influyó en las oportunidades que se le negaron, y aunque nunca atacó públicamente a la industria, su experiencia fue un reflejo de las barreras que enfrentaron los artistas afrodescendientes en México.
A pesar de ello, mantuvo siempre el humor y la dignidad, usando la risa como escudo ante la adversidad.
En la década de 2010, Johnny intentó retomar su carrera musical con nuevos proyectos y colaboraciones, grabando canciones y presentándose en escenarios importantes.
Sin embargo, nuevamente enfrentó decepciones cuando ejecutivos discográficos cancelaron proyectos sin explicación.

En 2013, durante una grabación televisiva, ya padecía problemas de salud relacionados con la diabetes, enfermedad que había ocultado durante años.
Su estado se agravó rápidamente, y tras varias hospitalizaciones, recibió el diagnóstico de una enfermedad avanzada con pronóstico de vida de apenas dos meses.
El 18 de septiembre de 2013, Johnny Laboriel falleció a la 1 de la madrugada, cumpliendo con la serenidad y dignidad que lo caracterizaron.
Su familia respetó su deseo de llamar a su muerte “su última gira”, un símbolo de su espíritu rebelde y su amor por la música.
Aunque Johnny no disfrutó de los mismos privilegios que sus contemporáneos, su legado musical y su historia de lucha permanecen como un testimonio de talento, resistencia y pasión.
Su voz, llena de alma y fuego, sigue resonando en la memoria colectiva del rock mexicano.
Johnny Laboriel fue más que un cantante; fue un pionero que rompió barreras raciales y culturales en la música mexicana.
Su vida estuvo marcada por la tragedia, el racismo y la lucha constante, pero también por la alegría, el carisma y el amor por el arte.
Su historia inspira a recordar que detrás de cada estrella hay un ser humano con desafíos que superar, y que el verdadero legado está en la pasión y la perseverancia.