Ram贸n “Palito” Ortega, el eterno 铆dolo del pueblo, dej贸 una huella imborrable en la cultura argentina.

Su funeral, celebrado en la hist贸rica Bas铆lica de Nuestra Se帽ora del Pilar, se convirti贸 en un espect谩culo de emociones crudas y sinceras que resonaron en los corazones de quienes lo acompa帽aron en su 煤ltimo adi贸s.

Desde la entrada del f茅retro, cubierto con la bandera argentina y adornado con una rosa blanca, hasta el momento culminante en que su hija Julieta Ortega enton贸 una canci贸n desgarradora frente al ata煤d, todo parec铆a orquestado por el destino.

Fue como si Palito, incluso desde el m谩s all谩, escribiera el guion de su 煤ltima funci贸n.

La iglesia estaba repleta de figuras del espect谩culo, pol铆ticos, viejos amigos del rock nacional y miles de fan谩ticos que hab铆an seguido su carrera desde los a帽os dorados del Club del Clan.

Sin embargo, fue el silencio profundo y reverente lo que domin贸 el ambiente cuando Julieta, su hija, se puso de pie y camin贸 lentamente hacia el altar.

Con los ojos nublados por las l谩grimas y la voz quebrada por la p茅rdida, nadie estaba preparado para lo que suceder铆a despu茅s.

Julieta, conocida por su fuerza esc茅nica y car谩cter firme, se transform贸 en una ni帽a otra vez: vulnerable, rota, enfrentando el abismo insondable de decirle adi贸s al primer hombre que am贸, su padre.

Con manos temblorosas, coloc贸 una fotograf铆a enmarcada sobre el ata煤d.

Era una imagen antigua en blanco y negro donde Palito la sosten铆a en brazos, riendo.

“Esta era nuestra canci贸n”, murmur贸 antes de que las primeras notas comenzaran a sonar.

Julieta no eligi贸 una de las canciones populares de su padre; en su lugar, interpret贸 una balada escrita por ella misma en secreto durante los 煤ltimos d铆as de vida de Palito.

Nunca antes hab铆a sido escuchada.

Era su manera de hablarle directamente a su alma y de despedirse sin intermediarios.

Su voz temblorosa, a veces rota por el llanto, se convirti贸 en el himno de todos los hijos que alguna vez perdieron a un padre.

En ese momento, la hija de Palito Ortega se convirti贸 en la voz de todo un pa铆s en duelo.

Su canto era una s煤plica desesperada por aferrarse al recuerdo de su padre, a su voz, a sus ense帽anzas.

Era la confesi贸n cruda de una hija que sent铆a que el universo se le desmoronaba.

Cuando termin贸 la canci贸n, Julieta cay贸 de rodillas, llorando desconsoladamente.

Entonces ocurri贸 algo inesperado: un aplauso espont谩neo, primero t铆mido, luego creciente, envolvi贸 la iglesia como una ola c谩lida.

No era un acto protocolar; era la forma en que los presentes y millones que miraban desde sus hogares encontraban consuelo en medio del dolor.

Porque Palito merec铆a una despedida de artista, y la tuvo.

Despu茅s del acto, cuando el f茅retro fue llevado al Cementerio de la Chacarita, una multitud lo acompa帽贸 entre cantos, flores y gritos de agradecimiento.

“Gracias, Palito, nunca te vamos a olvidar”, se escuchaba entre las voces temblorosas de emoci贸n.

Madres explicaban a sus hijos qui茅n fue ese hombre que ahora dorm铆a para siempre, pero cuya obra seguir铆a viva en cada rinc贸n de la cultura popular.

En sus 煤ltimos a帽os, rodeado por el amor de su esposa Evangelina Salazar y sus hijos, Palito repet铆a una frase que hoy resuena con fuerza: “No me interesa la fama, me interesa el amor.

La fama se va, el amor queda.

” Fue justamente el amor el que rein贸 en su funeral.

No hubo m谩scaras, no hubo protocolos vac铆os, solo l谩grimas verdaderas y palabras nacidas del coraz贸n.

Hoy, Argentina llora, s铆, pero tambi茅n celebra.

Porque los 铆dolos como Palito no mueren; se transforman.

Se hacen canci贸n, recuerdo, ense帽anza.

Se alojan en el alma colectiva de un pueblo que jam谩s los olvidar谩.

Y si alguna vez en el futuro alguien pregunta qui茅n fue Palito Ortega, bastar谩 con componer una de sus canciones.

Porque all铆, en cada nota, en cada verso, vive a煤n ese muchachito de sonrisa luminosa que, con una guitarra en mano y una fe indestructible, le cant贸 al amor, a la vida y al pueblo argentino como nadie m谩s supo hacerlo.