🤫 ¡BOMBA EN EL NIDO! Reinoso señala a un ex-directivo del América como el responsable de su salida más dolorosa hoy.

Carlos Reinoso llegó a México en 1970 para convertirse en el símbolo máximo del americanismo, un líder inflexible cuya palabra pesaba más que la del propio entrenador.

Sin embargo, detrás de esa fachada de acero, Reinoso acumuló una lista de agravios y traiciones que solo ahora, con la voz quebrada y la mirada vidriosa, se atreve a ventilar públicamente.

El primer nombre en su “lista negra” es Luis Roberto Alves ‘Zague’, máximo goleador histórico del club, a quien Reinoso descartó sin miramientos durante su etapa como director técnico en los años 90.

Para Zague, fue una traición sin explicación real; para el “Maestro”, fue una cuestión de exigencia y compromiso con la camiseta, una ruptura profesional que se transformó en un distanciamiento personal que dura hasta el día de hoy.

El segundo nombre que pesa en la memoria de Reinoso es el del magnate Emilio Azcárraga Milmo, el “Tigre”, quien fuera el dueño de Televisa y del América.

Reinoso confesó que su salida del club en su segunda etapa como entrenador fue una puñalada por la espalda, un despido político ocurrido en una oficina sin que le dieran la oportunidad de defenderse o de mirar a los ojos a quien tomaba la decisión.

Esta herida fue tan profunda que, tras la muerte de Azcárraga en 1997, el chileno guardó un silencio sepulcral, negándose a dedicar siquiera una línea de despedida pública a quien consideraba que lo había apartado injustamente de su hogar.

En su tierra natal, Chile, el conflicto se personificó en Francisco ‘Chamaco’ Valdés, otra leyenda con la que chocó frontalmente durante su paso por la selección nacional en los años 70.

Ambos eran líderes con egos colosales cuyas visiones opuestas del juego dividieron al vestuario chileno en lo que la prensa denominó “el quiebre de la generación dorada”.

Aunque nunca llegaron a los golpes, la frialdad entre ambos se mantuvo hasta la muerte de Valdés en 2009, evento al que Reinoso decidió no asistir tras enterarse de quiénes más estarían presentes en el velorio.

El cuarto integrante de esta lista de rencores es Alfredo Tena, el “Capitán Furia”, quien sucedió a Reinoso en el banquillo americanista en un traspaso que el chileno vivió como una humillación y una falta de gratitud.

Años más tarde, se filtraron documentos que sugerían que Tena había apoyado la decisión de la directiva de no reincorporar a Reinoso como asesor técnico, un acto de ingratitud que el “Maestro” calificó como el dolor más grande que puede venir de alguien a quien se le enseñó el oficio.

Finalmente, el nombre de Matías Vuoso cierra este círculo de desencuentros; el delantero argentino naturalizado mexicano tuvo una relación convulsa con Reinoso, marcada por la distancia, la frialdad y una falta de entendimiento táctico que terminó fracturando la interna del equipo.

A pesar de que el perdón parecía una puerta cerrada bajo siete llaves, el 2024 trajo consigo un cambio de semblante en el Emperador.

Durante una entrevista conmemorativa, Reinoso admitió con los ojos empañados que siempre esperó una disculpa que nunca llegó de estas cinco personas, pero que el peso de la rabia ya era demasiado grande para seguir cargándolo.

Este acto de vulnerabilidad generó una respuesta inesperada: Zague ofreció disculpas públicas en una transmisión en vivo, lo que derivó en un encuentro privado donde ambos se dieron la mano tras años de silencio.

Incluso Emilio Azcárraga Jean, actual directivo de Televisa, envió una carta privada reconociendo su legado, un gesto que finalmente conmovió al estratega chileno.

Hoy, a sus 80 años, Carlos Reinoso camina más lento pero con la frente en alto, habiendo entendido que no hay gloria que compense un corazón endurecido por la decepción.

Aunque con Tena y Vuoso no hubo reconciliaciones espectaculares ni abrazos ante las cámaras, el hecho de que el “Maestro” guardara sus mensajes de apoyo durante su reciente hospitalización en 2025 sugiere que la paz ha comenzado a ganar terreno sobre el orgullo.

Al final del camino, el hombre que gobernó el mediocampo con autoridad inquebrantable nos enseña que la victoria más difícil no se gana en el Estadio Azteca, sino enfrentando el propio orgullo y soltando las batallas que desgastan el alma.

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