La música grupera en México no se puede entender sin el fenómeno de Bronco.
Durante décadas, cuatro hombres personificaron el sueño del éxito desde la humildad de Apodaca, Nuevo León.

Sin embargo, detrás de los trajes brillantes, los sombreros perfectamente colocados y los estadios abarrotados, se gestaba una historia de silencios acumulados, tensiones financieras y una traición humana que solo ahora, a sus 65 años, Ramiro Delgado ha decidido desvelar por completo.
El hombre que fue el corazón rítmico y el “arquitecto invisible” de la agrupación ha roto el pacto de caballerosidad para admitir lo que muchos intuían: su salida no fue una jubilación voluntaria, sino un desplazamiento doloroso marcado por el abandono de quienes consideraba sus hermanos de sangre.
Ramiro Delgado nació el 25 de septiembre de 1959 en un entorno donde la música era el único escape de la dureza del trabajo obrero.
Desde joven, demostró una madurez precoz y un talento innato para el teclado y el acordeón.
Mientras su padre advertía que el arte no alimentaba, Ramiro replicaba melodías en un teclado barato, preparándose para el destino que lo uniría a Guadalupe Esparza.
Juntos, Lupe y Ramiro plantaron la semilla de “Los Broncos de Apodaca”.
Ramiro era el contrapunto perfecto: reservado, introspectivo y sobrio, equilibraba la energía volcánica de Lupe.
En aquellos primeros años de ferias y equipo prestado, Ramiro no solo era el músico; era el sostén emocional del grupo, el consejero que hablaba poco pero observaba todo.

Con la llegada de los años 80, Bronco se convirtió en una leyenda viva.
Éxitos como “Sergio el bailador”, “Zapatos de tacón” y “Que no quede huella” dominaban las listas de popularidad.
Aunque Lupe acaparaba los reflectores, los arreglos de Ramiro daban al grupo su identidad sonora única.
Fue el periodo de la “Broncomanía”, donde la fama trajo contratos millonarios y giras internacionales.
Sin embargo, con el crecimiento económico y la exposición masiva —que incluyó hitos como la telenovela Dos mujeres, un camino—, la esencia del grupo comenzó a diluirse para Ramiro.
Él sentía que la televisación excesiva y los intereses comerciales estaban alejando a la banda de sus raíces musicales.
Las tensiones internas, aunque disimuladas bajo la fachada del éxito, empezaron a agrietar los pilares de la agrupación.
Tras una separación temporal en 1997 y el regreso como “El Gigante de América” en 2003, la dinámica ya no era la misma.
Ramiro confesó que las decisiones clave empezaron a tomarse sin consultarlo.
Los ensayos se volvieron espacios de fricción y el compañerismo de antaño se transformó en una relación meramente contractual.
Pero el punto de quiebre definitivo llegaría en 2019, cuando la salud de Ramiro se convirtió en el escenario de la traición más profunda.
Diagnosticado con un problema neurológico que afectaba su movilidad y coordinación, el tecladista que había hecho vibrar estadios se encontró luchando por mover sus propios dedos.
En ese momento de extrema fragilidad, cuando más necesitaba el apoyo de sus “hermanos”, se encontró con un silencio sepulcral.
Ramiro reveló con amargura que nadie del grupo lo visitó en el hospital ni lo llamó para preguntarle cómo estaba.
Mientras él lidiaba con el miedo de quedar en una silla de ruedas, se enteró por terceros que ya habían contratado a otro músico para ocupar su lugar.
“No me fui de Bronco.
Bronco se fue de mí”, sentenció Ramiro en una frase que retumbó en todo México, confirmando que la ruptura no fue por dinero, sino por el abandono humano.
El golpe emocional fue devastador.
Ver reportajes del grupo en premiaciones donde él ya no figuraba y donde nadie mencionaba su nombre fue, según sus propias palabras, más doloroso que cualquier diagnóstico médico.
La industria, a la que le había entregado más de tres décadas, parecía haberlo borrado de un plumazo.

En medio de esta oscuridad, surgieron rumores malintencionados que sugerían que Ramiro exigía sumas exorbitantes de dinero para regresar.
Él, con la dignidad que siempre lo caracterizó, lo desmintió tajantemente: “No se puede regresar a una casa que ya no es tuya”.
Hoy, a los 65 años, la vida de Ramiro Delgado es un testimonio de resiliencia y sanación.
Vive en una casa modesta en Monterrey, lejos de los reflectores, pero rodeado del amor incondicional de su esposa —fiel compañera por más de 40 años— y sus tres hijos.
Aunque su mano a veces tiembla y su vista falla por las secuelas de su enfermedad, su espíritu ha recuperado la paz.
Se dedica a practicar una hora diaria con su teclado, no para llenar estadios, sino para reconectar con el joven soñador de Apodaca.
Ha encontrado un nuevo propósito compartiendo su experiencia con músicos jóvenes, advirtiéndoles sobre los peligros del ego y la importancia de la salud mental en una industria que no perdona el silencio.
Ramiro ha admitido finalmente que el precio de la fama fue alto, pero que su mayor triunfo ha sido recuperar su identidad.
Ha aprendido a perdonar sin olvidar, mirando su historia no con rabia, sino con la sabiduría de quien ha sobrevivido a la tempestad.
Ya no busca redención pública ni venganza; se siente satisfecho siendo simplemente Ramiro: un padre, un esposo y un sobreviviente que ha entendido que la dignidad es lo único que permanece cuando el telón finalmente cae.
La historia de Ramiro Delgado nos recuerda que el valor de una vida no se mide por los aplausos recibidos, sino por la paz que se encuentra cuando estos se apagan.
Perdió el escenario, es cierto, pero como él mismo afirma con una sonrisa tranquila: finalmente ha ganado su alma.
¿Qué opina usted sobre la revelación de Ramiro Delgado respecto al abandono de sus compañeros durante su enfermedad? ¿Considera que el éxito y la fama justifican el descuido de amistades de toda una vida?