Prepárate porque esto se puso bien incómodo.
Imagina estar en el velorio de tu madre con todo el dolor del mundo encima, tratando de mantenerte en pie, y de pronto aparece un tipo, sí, un cura, y te suelta una selfie.

¡Porfa!
No, no es broma.
Eso le pasó a Maju Mantilla y la gente obviamente explotó porque hay momentos para todo, pero pedir una foto frente a un ataúd ya es otro nivel de falta de respeto.
El escándalo empezó cuando el programa Amor y Fuego soltó la bomba.
Al parecer, el sacerdote, muy espiritual él, vio a Maju y pensó que era su momento de brillar en Instagram.
A ver, padre, un poco de criterio que no está en una kermés, está en un funeral.
La escena fue tan absurda que los asistentes no sabían si reír, llorar o mandarlo a confesarse de inmediato.
Obvio, Peluchín no se quedó callado.
Si hay alguien que no se guarda nada, es él.
En su programa, con ese tono medio furioso, medio burlón, soltó todo lo que muchos estaban pensando.
Dijo que cuando se te muere un padre o una madre, estás con el alma partida y que no hay forma de andar fingiendo una sonrisa para una foto.
Y tiene razón.
¿Quién en su sano juicio piensa que un velorio es un buen escenario para un selfie?
“Pero, ¿cómo le va a pedir un selfie ahí?”.
“No es momento de que alguien tenga que fingir una sonrisa, o sea, ¿tan tan debido o muertes tener la foto con esa persona?”.
“No creo”.
“O sea, prioridad el respeto”.
Peluchín recordó que en el velorio de su propio padre también le pidieron fotos.
Imagínate ahí con el dolor encima y la gente queriendo la X.
Jajaja.
La gente perdió el sentido del respeto hace rato y remató diciendo algo que todos sentimos.
Pedir una foto frente al ataúd es una locura.
No hay otra palabra.
Es la definición exacta de no tener empatía ni cerebro.
Gigi Mitre, como siempre, metió su cuchara.
Coincidió con Peluchín y dijo que ese tipo, cura o no cura, fue totalmente desatinado.

Y tiene razón, porque hay cosas que uno simplemente no hace.
No importa quién seas, hay que saber cuándo quedarse quieto y cerrar la boca.
Gigi le puso el toque serio, dijo que hay que marcar límites, que ese tipo de comportamientos no se puede normalizar.
Porque si no se señala, mañana cualquiera va y se saca selfies en el hospital en un accidente o vete tú a saber dónde.
Pero claro, la novela no termina ahí porque en ese mismo velorio apareció nada menos que Gustavo Salcedo, el todavía esposo de Maju.
Sí, el mismo del escándalo de infidelidad.
Y ahí la gente se quedó tiesa.
Nadie entendía si era acto de respeto, arrepentimiento o simple show.
El tipo llegó al funeral de su suegra como si nada hubiera pasado y la cara de Maju lo dijo todo.
Incomodidad nivel máximo.
Janet Barboza también se metió al tema.
Porque si hay chisme, ahí está ella.
Dijo que fue doloroso e inapropiado que Gustavo apareciera justo ahora con Maju destrozada por la pérdida y encima cargando el peso de los rumores.
Según ella, esa visita no ayudó en nada al ambiente de respeto que el momento pedía.
Y la verdad tiene razón.
Una cosa es dar el pésame y otra es meterle más tensión a un lugar donde ya hay suficiente tristeza.
Lo más loco de todo es que lo que debía ser una despedida tranquila terminó siendo un espectáculo mediático.
Un cura queriendo fotos, un exmarido cuestionado apareciendo, cámaras, reporteros y toda la farándula encima.
A veces da la sensación de que la empatía murió hace rato y nadie fue al entierro.
Maju, en medio de todo, mantuvo la compostura.
No dijo nada, no se metió en el show, pero se le notaba el cansancio, la incomodidad, la impotencia, porque encima de perder a su madre tiene que aguantar a gente que parece no entender que hay momentos sagrados.
Y lo más triste es que esto no debería ser noticia, debería ser simple sentido común.
Pero claro, vivimos en la era del todo por una foto, del “Mira con quién estuve”, aunque sea en un velorio.
Y mientras tanto, el respeto y la decencia siguen en caída libre.
Así que sí, fue un momento doloroso, vergonzoso y totalmente fuera de lugar.
Un cura buscando protagonismo, un ex apareciendo sin aviso y una mujer que solo quería despedirse de su madre en paz.
Todo mal.
Y mientras los programas de espectáculos siguen sacándole jugo al tema, el pensamiento que queda es simple.
Ya ni en el dolor dejan tranquila a la gente.
Doble Agravio en el Velorio: La Selfie Indecorosa y la Invasión de Gustavo Salcedo en el Duelo de Maju Mantilla

El funeral de la madre de Maju Mantilla, la ex Miss Mundo y presentadora, se convirtió en un escenario de total desatino, polarizado por dos actos de profundo mal gusto que rebasaron los límites del respeto y la decencia.
El primer acto vergonzoso fue la irrupción de un hombre, identificado por su vestimenta como un sacerdote, que solicitó a Maju Mantilla posar para una selfie frente al ataúd de su madre.
La escena, calificada de “vergonzosa” e “incómoda”, generó una indignación inmediata en el público y, sobre todo, en la televisión.
El programa Amor y Fuego fue el encargado de sacar a la luz este incidente, y la reacción de Peluchín fue explosiva.

El presentador condenó la falta de criterio y empatía, argumentando que nadie en un momento de duelo tan profundo, con el “alma partida”, debería ser forzado a fingir una sonrisa para una fotografía.
Peluchín recordó que él mismo fue víctima de peticiones de fotos durante el velorio de su propio padre, lo que subraya la alarmante pérdida del sentido de la privacidad y el respeto en la era de las redes sociales.
“Pedir una foto frente al ataúd es una locura”, sentenció, tildándolo de “desatinado” y de una total falta de empatía.
Gigi Mitre secundó la crítica, enfatizando la necesidad de establecer límites y no normalizar un comportamiento que considera una invasión al dolor ajeno.
El segundo factor de incomodidad fue la inesperada presencia de Gustavo Salcedo, todavía esposo de Maju y centro de un reciente escándalo de supuesta infidelidad.
La aparición de Salcedo en el funeral de su suegra, en un momento en que la relación con Maju está en la cuerda floja, fue recibida con estupor.
La presentadora Janet Barboza comentó que la presencia de Salcedo, justo cuando Maju se encontraba en su punto más vulnerable, era “dolorosa e inapropiada”.
Para muchos, la visita de Salcedo se percibió más como un acto de show o un intento de redención pública que como una genuina muestra de apoyo, exacerbando la tensión emocional de Maju.
En medio de la doble agresión (la falta de respeto por la selfie y la incomodidad por la presencia de su esposo), Maju Mantilla mantuvo una compostura que ocultaba su “cansancio, la incomodidad, la impotencia”.
El evento, que debía ser un espacio de despedida íntima y respetuosa, se convirtió en un circo mediático, evidenciando que el dolor de una figura pública es constantemente capitalizado por el sensacionalismo y la cultura de la sobreexposición.
La lección que deja el funeral de la madre de Maju Mantilla es un llamado urgente a la decencia y al sentido común en una sociedad donde, al parecer, “la empatía murió hace rato”.