
Diciembre de 1916.
La nieve cae sin tregua sobre Petrogrado mientras, en el interior del Palacio Yusupov, se prepara una cena que pasará a la historia.
Sobre la mesa hay vino, pasteles y una calma cuidadosamente construida.
Pero también hay cianuro, suficiente —según sus conspiradores— para matar a varios hombres.
El invitado es Grigori Rasputín, el campesino convertido en figura indispensable de la corte imperial, un hombre al que muchos consideran un santo… y otros, una amenaza mortal.
“Vamos, hace frío.
Irina te espera dentro”, le dice su anfitrión al recibirlo.
Rasputín entra sin sospechar que cada bocado está impregnado de veneno.
Come, bebe, conversa.
Pasan los minutos.
Nada ocurre.
“Se lo ha comido todo y sigue igual”, diría después uno de los conspiradores, incapaz de ocultar su desconcierto.
Para entender cómo se llegó a ese momento, hay que retroceder décadas.
Rasputín nació en 1869 en Pokrovskoye, una remota aldea de Siberia.
Creció entre pobreza, frío extremo y una vida rural marcada por el esfuerzo físico.
Desde joven mostró comportamientos extraños: largos silencios, risas solitarias, una presencia que inquietaba a quienes lo rodeaban.
Con el tiempo, su vida dio un giro radical.
Abandonó a su familia y emprendió una peregrinación espiritual que lo llevó por monasterios y comunidades religiosas.
A finales del siglo XIX, ya era conocido como un hombre de fe intensa, capaz —según sus seguidores— de sanar y ver más allá de lo evidente.
Esa reputación lo llevó hasta San Petersburgo, donde la élite aristocrática, fascinada por lo místico, lo recibió con curiosidad.

Su ascenso definitivo llegó cuando fue presentado ante la zarina Alexandra.
Desesperada por la enfermedad de su hijo, el heredero Alexei, quien sufría hemofilia, vio en Rasputín una última esperanza.
En una noche crítica, cuando el niño sangraba internamente y los médicos no encontraban solución, Rasputín se acercó, rezó y pidió calma.
“No permitas que los médicos lo molesten demasiado”, aconsejó en otra ocasión.
Contra todo pronóstico, el niño mejoró.
Para la zarina, no había duda: aquel hombre había salvado a su hijo.
Desde entonces, Rasputín se convirtió en una figura indispensable dentro del palacio.
Tenía acceso directo a la familia imperial, influía en decisiones políticas y era consultado en asuntos clave del Estado.
Pero mientras su poder crecía en la corte, fuera de ella su reputación se deterioraba.
Se le veía bebiendo en exceso, frecuentando burdeles y protagonizando escándalos.
“No es un santo, es un farsante”, murmuraban políticos y nobles, cada vez más alarmados por su influencia.
En 1914, incluso sobrevivió a un intento de asesinato cuando una mujer lo apuñaló en el abdomen al grito de “¡anticristo!”.
Contra todo pronóstico, volvió a levantarse.
Para sus seguidores, era una señal divina; para sus enemigos, una advertencia: no sería fácil eliminarlo.
Con Rusia sumida en la Primera Guerra Mundial y el descontento social en aumento, Rasputín se convirtió en el blanco perfecto.
Su cercanía con la zarina y su influencia política alimentaban teorías de conspiración y rumores de traición.
Poco antes de su muerte, escribió una carta profética: “Si soy asesinado por nobles, entonces su sangre manchará a Rusia durante 25 años… El zar no sobrevivirá más de dos años”.
Sus palabras resonarían con inquietante precisión tiempo después.
La noche del atentado, tras comprobar que el veneno no surtía efecto, los conspiradores recurrieron a las armas.
Un disparo lo derribó.
Creyéndolo muerto, se acercaron… hasta que abrió los ojos de golpe.
“Rasputín le agarró el hombro”, relataría uno de ellos.
El místico logró levantarse y huir hacia el patio, donde fue alcanzado por nuevos disparos.
Esta vez, cayó definitivamente sobre la nieve.

Su cuerpo fue arrojado a un río helado.
Días después, fue recuperado.
La autopsia reveló múltiples impactos de bala, pero ningún rastro de veneno.
El mito comenzaba a tomar forma: ni el cianuro, ni las balas, ni el frío parecían haber acabado con él de manera convencional.
Sin embargo, su muerte no salvó al imperio.
Apenas meses después, la revolución estalló.
El zar abdicó y, en 1918, la familia Romanov fue ejecutada.
Para muchos, las palabras de Rasputín se habían cumplido.
Hoy, más de un siglo después, su figura sigue envuelta en misterio.
¿Fue un sanador genuino o un manipulador brillante? ¿Un producto de la desesperación de una madre o un hombre con un carisma excepcional en el momento preciso? Entre hechos documentados y relatos exagerados, Rasputín permanece como uno de los personajes más enigmáticos de la historia, un hombre cuya vida —y muerte— aún desafían toda explicación.
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