Irán: qué pasará tras la muerte de su presidente y quién manda realmente en  la teocracia islámica - BBC News Mundo

La situación en Irán atraviesa uno de los momentos más críticos de las últimas décadas.

En medio de una escalada bélica que ha alterado el equilibrio regional, las advertencias del presidente Masoud Pezeshkian sobre un posible colapso económico han dejado al descubierto fracturas internas en el poder y un deterioro acelerado de la economía nacional.

Según declaraciones recientes del propio mandatario, la prioridad debería ser evitar una escalada mayor del conflicto.

“No tenemos la intención de atacar a los países vecinos… ellos son nuestros hermanos.

Tenemos que estar de la mano en paz”, afirmó en un mensaje en el que incluso pidió disculpas por ataques previos en la región del Golfo.

Sin embargo, esa postura moderada chocó de inmediato con sectores más duros del régimen, en particular con mandos de la Guardia Revolucionaria Islámica, que presionaron para revertir el tono conciliador.

Las tensiones no son menores.

Fuentes políticas apuntan a desacuerdos estratégicos entre el presidente y la cúpula militar, que apuesta por mantener la presión bélica como mecanismo de supervivencia del sistema.

Desde ese sector, el mensaje ha sido diametralmente opuesto: Irán “no se arrepiente de nada” y continuará respondiendo con fuerza ante cualquier amenaza.

Este pulso interno se produce en un contexto económico extremadamente delicado.

Datos disponibles de 2024 ya reflejaban una fuerte dependencia del petróleo, que representaba cerca del 25% del PIB.

Hoy, con las exportaciones prácticamente paralizadas y el tráfico marítimo restringido en el estrecho de Ormuz, los ingresos del país han caído drásticamente.

 

 

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La inflación, que ya rondaba el 40% el año pasado, se ha disparado aún más en las últimas semanas.

El precio de los alimentos ha aumentado hasta un 50% en apenas un mes, generando una presión insoportable sobre la población.

En mercados locales, productos básicos cambian de precio incluso varias veces al día, reflejo de una economía que pierde estabilidad a gran velocidad.

“Estamos viendo cómo el dinero pierde valor casi en tiempo real”, relata un comerciante de Teherán.

“La gente compra lo que puede, cuando puede, porque mañana será más caro”.

La respuesta del gobierno ha sido imprimir más dinero.

La introducción de nuevos billetes de hasta 10 millones de riales —equivalentes a apenas unos pocos dólares— evidencia la magnitud de la crisis inflacionaria.

Las largas filas en bancos para retirar efectivo se han convertido en una escena habitual, alimentadas además por el temor a un colapso del sistema financiero.

A este panorama se suma el apagón casi total de internet en el país, una medida adoptada por razones de seguridad, pero que ha agravado aún más la situación económica.

Sin conectividad, empresas, hospitales y comercios operan con enormes limitaciones.

“No puedo acceder a historiales médicos ni emitir recetas correctamente”, explica un médico afectado.

“Estamos trabajando prácticamente a ciegas”.

El origen de esta crisis no es exclusivamente coyuntural.

Ali Jamenei mantiene el control último del poder y ha bloqueado intentos de apertura económica hacia Occidente, una de las principales promesas de campaña de Pezeshkian.

La falta de alivio en las sanciones internacionales ha impedido cualquier recuperación sostenida.

 

 

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En paralelo, el gasto masivo en infraestructura militar —incluidas ciudades subterráneas para misiles— ha sido duramente cuestionado por sectores que consideran que esos recursos debieron destinarse a estabilizar la economía.

Sin embargo, en medio de este escenario adverso comienzan a surgir señales de posible ajuste estratégico.

En los últimos días, Irán ha permitido el paso de algunos buques internacionales por el estrecho de Ormuz, incluidos barcos con bandera pakistaní y china.

Aunque no hay confirmación oficial sobre los términos de estas operaciones, analistas interpretan el movimiento como un intento de reactivar parcialmente el flujo de ingresos.

La lógica es clara: permitir el tránsito de petróleo reduce la presión sobre los precios internacionales, pero también debilita una de las principales herramientas de negociación de Teherán.

Aun así, la urgencia económica parece imponerse.

“La economía lo necesita desesperadamente”, señalan fuentes cercanas al gobierno.

Este giro sugiere que el régimen podría estar priorizando la supervivencia económica inmediata frente a sus objetivos geopolíticos.

En palabras que resuenan con crudeza en el contexto actual: ganar una guerra requiere recursos, y esos recursos empiezan a escasear.

Mientras tanto, la población iraní enfrenta el impacto directo de una crisis que combina inflación, escasez, aislamiento digital y tensión política.

Con protestas recientes aún en la memoria colectiva y un clima social cada vez más tenso, el margen de maniobra del gobierno se reduce.

Irán se encuentra así en una encrucijada crítica: sostener el pulso militar o evitar el colapso interno.

Por ahora, las señales apuntan a que ambas dinámicas avanzan en paralelo, incrementando la incertidumbre sobre el futuro inmediato del país.