“Yo no he hablado mal de él en ningún momento… y tengo la conciencia muy tranquila”, afirmó Irene Rosales visiblemente molesta.

“Me he enamorado en el momento que me tenía que enamorar”, añadió, desmintiendo así las acusaciones lanzadas por Kiko Rivera.

 

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La ruptura entre Irene Rosales y Kiko Rivera ha dado un nuevo giro mediático tras las recientes declaraciones del DJ, en las que insinuaba una supuesta infidelidad y acusaba a su expareja de haberse beneficiado económicamente tras la separación.

Sin embargo, lejos de quedarse en silencio, Irene ha decidido responder públicamente y con contundencia durante su intervención televisiva, donde ha desmontado punto por punto las afirmaciones de Rivera.

Con un tono sereno pero firme, Irene negó rotundamente haber iniciado una relación antes de la ruptura.

“Eso es lo fácil que puede pensar él… pero es totalmente incierto”, aseguró, dejando claro que su vida sentimental siguió su curso tras el fin de la relación y no antes.

Su declaración, directa y sin rodeos, buscaba cerrar cualquier especulación sobre una posible deslealtad.

Pero más allá del plano personal, el conflicto también ha puesto el foco en cuestiones económicas.

Irene respondió a las acusaciones de haberse aprovechado de su exmarido con una detallada explicación de los acuerdos alcanzados tras la separación.

“Que no se crea que me está pagando nada”, afirmó, visiblemente molesta, antes de matizar que el coche que utiliza fue un acuerdo necesario tras la ruptura: “Tú te quedas el coche familiar, yo necesito uno para llevar a mis hijas”.

En cuanto a la vivienda, Irene aclaró que se trata del hogar de sus hijas y que los gastos no recaen exclusivamente en Kiko Rivera.

“Yo pago los suministros”, aseguró, afirmando además que dispone de pruebas que respaldan su versión.

Según explicó, los gastos del colegio y otros costes se reparten entre ambos, y en muchas ocasiones ella misma ajusta cuentas con su expareja para equilibrar los pagos.

 

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Uno de los momentos más tensos de su intervención llegó cuando relató un episodio que calificó de “muy poca vergüenza”.

Irene denunció que Kiko canceló su línea telefónica sin previo aviso, a pesar de que ella se hacía cargo del pago.

“Es un teléfono donde están los contactos del colegio y de los médicos de mis hijas”, explicó, subrayando la gravedad de la situación.

“Le he estado pagando la luz, el agua y el teléfono desde septiembre”, insistió, dejando claro que su intención no es generar conflicto, sino defender su imagen ante lo que considera acusaciones injustas.

Aun así, Irene marcó una línea clara: no quiere entrar en una guerra pública.

“Yo no lo voy a descalificar… esto es lo que se queda para mis hijas”, afirmó, evidenciando su intención de rebajar la tensión por el bienestar familiar.

Por su parte, las palabras de Kiko Rivera parecen responder a un malestar acumulado.

Según Irene, él se siente “harto de que se aprovechen de él”, una percepción que ella dice comprender en parte, pero rechaza frontalmente que se proyecte sobre su relación.

“Que no lo pague conmigo”, sentenció.

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El conflicto, lejos de resolverse, deja abiertas múltiples incógnitas.

La falta de comunicación fluida entre ambos, sumada a las diferencias en el relato de lo ocurrido, dibuja un escenario complejo en el que lo personal y lo mediático se entrelazan constantemente.

Mientras tanto, la postura de Irene Rosales ha sorprendido por su equilibrio entre firmeza y contención.

Ha defendido su versión con claridad, aportando detalles concretos y evitando caer en el enfrentamiento directo.

Una estrategia que contrasta con el tono más explosivo de las declaraciones iniciales de Kiko Rivera.

La evolución de este conflicto será clave en las próximas semanas.

Más allá del impacto mediático, lo que está en juego es la gestión de una separación con hijos en común, donde cada palabra tiene consecuencias que trascienden el ámbito televisivo.

Por ahora, Irene ha dejado clara su posición: niega cualquier infidelidad, rechaza las acusaciones económicas y apuesta por mantener la calma en medio de una tormenta pública que, de momento, sigue lejos de disiparse.