Pepe Rodríguez, sobre sus estudios
Pepe Rodríguez, sobre sus estudios: “Ni mi hermano ni yo éramos los mejores estudiantes del país, así que en el instituto lo dejamos y echamos una mano en el negocio. Primero estuve de camarero y haciendo las compras”
En la final de ‘MasterChef 14’, recordamos los orígenes e infancia del chef, clave para tener la personalidad que lo ha convertido en una de las caras imprescindibles del formato

‘MasterChef 14’ llega este lunes 22 de junio a su gran final y, aunque esta edición ha estado marcada por un cambio importante en el jurado, hay dos figuras que siguen siendo imprescindibles en el formato: Pepe Rodríguez y Jordi Cruz. Tras la salida de Samantha Vallejo-Nágera, RTVE apostó por incorporar a Marta Sanahuja, pero el papel de Pepe se ha mantenido intacto. Es, una edición más, uno de los rostros más reconocibles del concurso y también uno de los jueces más queridos por la audiencia.
A estas alturas, Pepe Rodríguez ya es mucho más que un chef con estrella Michelin o un jurado televisivo de éxito. Es también una forma de entender la cocina y la vida: directa, popular, trabajadora y sin demasiados adornos. Él mismo ha explicado en alguna ocasión que en el trío de jueces le ha tocado asumir el rol más áspero o más canalla, en contraste con la perfección técnica que suele encarnar Jordi Cruz. En una entrevista para ‘ABC’, lo resumía con una frase que lo define bastante bien: “Él es muy guapete, pero yo soy más alto. Jordi es el niño repelente que todo lo sabe, y yo el canalla que se ha criado en la barra de un bar”, decía entre risas.

Una infancia entre cazuelas y barra de bar
Pepe Rodríguez nació en Illescas, Toledo, y creció completamente vinculado al restaurante familiar, El Bohío. Antes que él estuvieron sus abuelos, que regresaron de Cuba y abrieron un modesto mesón en el pueblo. Después tomaron el relevo sus padres. Su padre intentó abrirse camino en el mundo del toreo y más tarde como fotógrafo taurino, pero terminó trabajando como camarero en el negocio familiar.
En ese entorno se crió Pepe, respirando hostelería desde niño, aunque durante mucho tiempo no sintió una vocación inmediata por la cocina. De hecho, él mismo ha reconocido que su entrada en el restaurante no nació de un sueño gastronómico, sino de una realidad bastante más práctica. “A mí no me gustaba lo del restaurante, pero ni mi hermano ni yo éramos los mejores estudiantes del país, así que en el instituto lo dejamos y echamos una mano en el negocio. Primero estuve de camarero y haciendo las compras”, reconocía.

Con esa sinceridad tan suya, Pepe desmonta de un plumazo cualquier relato épico prefabricado. No empezó porque quisiera ser chef de fama internacional, sino porque tocaba arrimar el hombro. Es más, antes de convertirse en cocinero, Pepe pasó por tareas mucho más terrenales dentro del negocio familiar. “Con 18 años iba con 50.000 pesetas en el bolsillo a Mercamadrid”, recordó.
Esa frase resume muy bien el tipo de aprendizaje que tuvo: uno pegado al producto, al esfuerzo y a la realidad de un restaurante de pueblo que había que sacar adelante cada día. El salto a la cocina se produjo casi por necesidad. Cuando su madre ya no pudo seguir encargándose de los fogones, él y su hermano Diego comenzaron a turnarse. “Un día cocinaba él, otro yo, el siguiente él, luego otra vez yo… Y al final me quedé, aunque jamás había cocinado. ¡Ni una tortilla! Mi madre me explicaba cómo hacer un sofrito, asar el cordero…”, admitía.

El verano que le cambió la vida
Fue entonces cuando algo se activó. Pepe empezó a sentir curiosidad real por lo que ocurría en otras cocinas. Comenzó a asomarse al trabajo de quienes sabían más y a buscar referentes. Uno de los nombres clave en ese despertar fue Ignacio Muguruza, que le soltó una frase que acabó cambiándole el rumbo: “El abecedario empieza por la letra ‘B’ de Berasategui”.
Aquello le picó el orgullo y la ambición. “Yo a Martín no le conocía y cuanto peor me lo ponían, por esa fama de duro, más me picaba yo”. Con 22 años se plantó en San Sebastián para pasar el verano y terminó iniciando una relación profesional y personal muy importante con Martín Berasategui, que con el tiempo se convertiría en uno de sus grandes apoyos.
El chef vasco, de hecho, ha dicho de él que es “muy humano” y “auténtico”, alguien que no se deja arrastrar por las modas. A esa etapa de formación se sumó también la influencia de Ferran Adrià y el contacto con grandes cocineros españoles y franceses. Todo ese aprendizaje lo volcó después en El Bohío, donde fue transformando el restaurante familiar hasta convertirlo en una referencia de la alta cocina sin perder el vínculo con los sabores manchegos.

El Bohío, la estrella Michelin y la televisión
El gran reconocimiento llegó en 1999, cuando El Bohío consiguió su estrella Michelin, un hito que el restaurante ha conservado desde entonces. A partir de ahí, la carrera de Pepe fue creciendo sin dejar de mirar al negocio familiar como centro de todo. En 2010 recibió dos galardones fundamentales: el Premio Nacional de Gastronomía al mejor jefe de cocina y el reconocimiento como Cocinero del Año. En 2011 siguieron llegando distinciones, como Repostero del Año y Chef Millésime.
Cuando en 2013 RTVE puso en marcha ‘MasterChef’, Pepe ya era un nombre muy respetado en la gastronomía, pero su popularidad se disparó a otro nivel. Desde entonces, ha permanecido en el jurado en todas las ediciones y ha construido un personaje televisivo muy reconocible: el del chef espontáneo, duro cuando toca, pero profundamente pegado a la realidad.