
La tumba KV55 se esconde en un rincón discreto del Valle de los Reyes, lejos de las rutas turísticas.
Cuando fue abierta en enero de 1907 por Edward Ayrton, bajo el patrocinio de Theodore Davis, ni siquiera tenía un número oficial.
Lo que encontraron no se parecía en nada a una tumba real digna de un faraón.
Era pequeña, tosca, incompleta.
Más que un hogar eterno, parecía un escondite improvisado, un lugar al que alguien fue llevado a la fuerza… o con vergüenza.
Desde la entrada, los signos de manipulación eran evidentes.
Dos muros de cierre, uno roto y otro reconstruido de manera descuidada, revelaban que la tumba había sido abierta y cerrada varias veces en la antigüedad.
En las paredes, apenas quedaban restos de jeroglíficos, y uno de ellos lanzaba una advertencia escalofriante: “El malvado no debería vivir de nuevo”.
No era una oración funeraria.
Era una condena.
Dentro, el caos reinaba.
Paneles dorados destrozados, fragmentos de un gran santuario ritual, muebles rotos y objetos sagrados esparcidos como basura.
El santuario había sido fabricado originalmente por Akenatón para su madre, la reina Tiy, pero su nombre había sido borrado con saña.
En algunos lugares, el nombre de Amenhotep III fue reescrito, como si alguien quisiera salvar a la madre… y borrar al hijo de la historia.
Los vasos canopos encontrados en la tumba añadieron más confusión.
No habían sido hechos para un rey, sino para una mujer, una esposa secundaria de Akenatón.
Sus inscripciones fueron eliminadas y modificadas apresuradamente para reutilizarlos en un entierro real.
Incluso las cobras reales, símbolo del poder faraónico, fueron rotas con violencia.
Nada en esta tumba hablaba de respeto.
Todo hablaba de prisa, odio y destrucción.
El ataúd fue el detalle más perturbador.
Cubierto de oro y piedras preciosas, mostraba rasgos originalmente femeninos, adaptados torpemente para un hombre: una barba postiza añadida, manos modificadas para sostener los símbolos reales.
Todos los cartuchos con nombres reales habían sido cincelados.
Y el rostro… el rostro había sido arrancado brutalmente justo debajo de los ojos.
El difunto fue dejado ciego y sin identidad para la eternidad.
Dentro del sarcófago yacía una momia en estado deplorable.
El agua había filtrado durante siglos, descomponiendo los tejidos y debilitando los huesos.
Cuando los médicos intentaron examinarla, el cuerpo colapsó literalmente.
Huesos, barro, polvo y fragmentos de oro se mezclaron en un lodo macabro.
Con el tiempo, piezas de joyería desaparecieron, robadas o vendidas en el mercado negro.
El cadáver terminó reducido a un cráneo suelto y huesos dispersos en una canasta.
Pero lo más inquietante fueron las señales de violencia deliberada.
El cráneo mostraba fracturas compatibles con un golpe directo.
Un pectoral real de oro, símbolo de protección divina, había sido doblado y forzado alrededor del cráneo como una corona torcida, un acto que muchos egiptólogos interpretan como humillación ritual.
Esto no fue saqueo común.
Fue castigo simbólico.
Durante décadas, el debate se centró en la identidad.
¿Era un joven rey menor? ¿Un pariente olvidado? Las primeras estimaciones lo databan como demasiado joven para ser Akenatón.
Pero el estado del cuerpo hacía esas conclusiones poco fiables.
Todo cambió con la llegada de la tomografía computarizada y los análisis de ADN en el siglo XXI.
Los escáneres revelaron que las placas de crecimiento estaban completamente fusionadas, que las articulaciones mostraban desgaste adulto y que la columna presentaba signos de escoliosis.
La edad real del individuo no era de poco más de veinte años, sino de entre 35 y 45.
Exactamente el rango en el que murió Akenatón tras reinar unos 17 años.
Las pruebas de ADN fueron definitivas.
El hombre de la tumba KV55 era hijo de Amenhotep III y la reina Tiy, y padre biológico de Tutankamón.
Genéticamente, ocupaba el lugar exacto que corresponde a Akenatón en el árbol dinástico.
Ya no quedaban dudas científicas.
Esto transformó el misterio en algo aún más oscuro.
Si este cuerpo es Akenatón, ¿por qué terminó así? La respuesta está en su revolución religiosa.
Akenatón cerró templos, despojó al poderoso clero de Amón y proclamó al disco solar Atón como divinidad suprema.
Fundó una nueva capital, Ajetatón, y juró ser enterrado allí, lejos del Valle de los Reyes.
Tras su muerte, todo se revirtió.
Los antiguos dioses regresaron.
Su nombre fue borrado de monumentos.
Fue llamado “el criminal” o “el enemigo”.

Su ciudad fue desmontada piedra por piedra.
Y su tumba real en Amarna fue saqueada y vaciada.
Los cuerpos reales fueron trasladados en secreto a Tebas, escondidos en tumbas menores como KV55.
Lo que ocurrió después fue una segunda muerte.
Alguien, generaciones más tarde, atacó su cuerpo.
Destruyó su rostro, aplastó su cráneo y profanó sus símbolos reales.
No bastaba con borrarlo de los textos.
Había que negarle la eternidad.
Hoy, la ciencia ha hecho lo que la política y la religión intentaron impedir.
Akenatón ha recuperado su identidad.
Pero el estado de su momia nos recuerda algo inquietante: en el Antiguo Egipto, el odio podía perseguirte incluso después de muerto.
Y la tumba KV55 no es solo un entierro… es la escena de una venganza que duró más de tres mil años.