A segundos de huir del set, con el alma quebrada y el cuerpo al límite: la noche en que Jim Caviezel casi renunció a ser Jesús y todo cambió para siempre 😱⚡✝️

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El camino de Jim Caviezel hacia el papel de Jesús nunca fue casual.

Tenía 33 años, sus iniciales eran J.C.

y su historia personal estaba marcada por el dolor y la resistencia.

Mucho antes de conocer a Mel Gibson, Caviezel ya había aprendido a soportar el sufrimiento.

En una entrevista reciente, recordó un episodio de su adolescencia que pocos conocían: a los 16 años huyó de casa en plena noche de invierno, corriendo descalzo por kilómetros sobre una carretera helada, impulsado por la ira y la confusión.

No sintió el dolor hasta que fue demasiado tarde.

Aquella experiencia, según él, lo preparó sin saberlo para lo que vendría años después.

Cuando Gibson lo contactó en 2003, inicialmente bajo el pretexto de otro proyecto, algo fue inmediato e inquietante.

El director no vio solo a un actor, vio a alguien ya quebrado y reconstruido.

Pero ninguno de los dos imaginó el nivel de exigencia que el rodaje impondría.

Caviezel no solo tuvo que aprender arameo, hebreo y latín, sino someterse a horas interminables de maquillaje, cargando cada día heridas que se volvían casi reales.

Con el avance de las filmaciones, comenzaron a surgir señales perturbadoras.

Técnicos del set relataron que algunas heridas maquilladas parecían sangrar sin explicación clara.

Más allá de lo físico, la presión psicológica era asfixiante.

Gibson fue directo con él: este papel podría acabar con su carrera en Hollywood.

Maia Morgenstern, María, estaba embarazada durante el rodaje y solo se lo  dijo a Jim Caviezel. #Pasión13tv

Caviezel lo aceptó… hasta que su propia mente empezó a resquebrajarse.

Durante la preparación, el actor comenzó a tener sueños intensos y vívidos.

No los describía como simples pesadillas, sino como encuentros que lo dejaban exhausto al despertar.

Sentía que recibía indicaciones sobre cómo moverse, cómo mirar, cómo sufrir.

Eso lo desconcertó profundamente.

La línea entre Jim y Jesús comenzó a desdibujarse, y el miedo se instaló silenciosamente.

El punto de quiebre llegó durante el rodaje de la escena de la flagelación.

Aquello que debía ser una coreografía controlada se convirtió en una experiencia brutal.

Uno de los azotes superó la protección y golpeó con fuerza real.

El dolor fue insoportable, pero lo que más lo sacudió no fue el impacto físico.

En esos segundos sin aire, Caviezel sintió que veía el sufrimiento de Cristo desde dentro.

No como actor, sino como testigo.

La reacción fue inmediata y humana.

Se giró, dijo palabras que no correspondían al personaje y sintió una contradicción interna devastadora.

“En ese instante no me sentí Jesús”, confesó después.

“Me sentí lo opuesto”.

Comenzó a quitarse el vestuario y caminó hacia la salida del set, decidido a irse.

Para él, había cruzado un límite que ya no sabía cómo sostener.

Fue entonces cuando Mel Gibson intervino.

Detuvo el rodaje y lo llevó a una conversación privada que se extendió por más de dos horas.

Lo que se dijo allí nunca fue revelado completamente, pero fuentes cercanas afirman que ambos compartieron experiencias personales que jamás habían confesado en público.

Gibson admitió que él también sentía que no estaba solo dirigiendo la película, que había momentos en los que las decisiones parecían venir de otro lugar.

Ese intercambio creó un vínculo irreversible.

Caviezel confesó que desde hacía días sentía una presencia constante, incluso cuando estaba solo.

Gibson, lejos de minimizarlo, reconoció sensaciones similares.

Aquella conversación no eliminó el miedo, pero le dio un sentido.

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Caviezel tomó entonces una decisión inesperada: no solo continuaría, sino que repetiría la escena.

Cuando las cámaras volvieron a rodar, algo cambió por completo.

Los gritos que salieron de él ya no eran actuación.

Técnicos de sonido describieron esos lamentos como distintos a cualquier registro previo.

El set quedó en silencio absoluto.

Algunos actores no pudieron continuar de inmediato.

Al terminar, Caviezel permaneció inmóvil en el suelo, en lo que muchos describieron como un trance profundo.

Desde ese momento, su entrega fue total.

Entre tomas se lo veía arrodillado, llorando, rezando.

El ambiente del set se transformó.

Personas que se declaraban ateas comenzaron a cuestionarse.

Otros hablaron de una intensidad espiritual imposible de ignorar.

Ya no estaban simplemente filmando una película; estaban viviendo algo que los superaba.

Durante la escena de la crucifixión final, ocurrió otro episodio inquietante.

Testigos aseguran que Caviezel dejó de respirar por un lapso anormalmente largo.

Cuando volvió en sí, estaba sereno, como quien despierta de un sueño profundo.

Más tarde diría que estuvo en un lugar que no podía describir con palabras humanas, envuelto en una paz absoluta.

Tras el estreno, el impacto no terminó.

El público reaccionó con una intensidad sin precedentes.

Personas desmayadas, conversiones espontáneas, cartas dirigidas no al actor, sino a Jesús.

Y luego vino el silencio de Hollywood.

Caviezel fue apartado, ignorado, como si llevara una marca invisible.

Él lo aceptó como parte del precio.

Hoy, al mirar atrás, queda claro que aquel momento en que casi renunció fue el punto de inflexión.

Si hubiera salido del set esa noche, La Pasión de Cristo habría sido otra película.

Tal vez correcta, tal vez bien actuada.

Pero no la experiencia que estremeció al mundo.

A veces, los instantes de mayor debilidad son el umbral de algo que cambia todo para siempre.

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