Irma Serrano: De la Cama del PRESIDENTE a M0RIR Dr0gada y Sin Nada…

Irma Serrano, conocida como “La Tigresa”, fue una de las figuras más controvertidas, brillantes y trágicas del espectáculo y la política mexicana del siglo XX.

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Nació el 9 de diciembre de 1933 en Comitán de Domínguez, Chiapas, como la menor de siete hermanos en una familia marcada por la fractura temprana.

Su madre, María Castro Domínguez, era dueña de diecisiete haciendas cafetaleras y cañeras, una de las mujeres más poderosas de la región en una época en que las mujeres aún no tenían derecho al voto.

Su padre, Santiago Serrano Ruiz, poeta y periodista de origen zoque, abandonó el hogar cuando Irma tenía apenas siete años.

Ese divorcio y la decisión de vivir con su padre en Tuxtla Gutiérrez, bajo el cuidado de una madrastra, dejaron en ella una herida profunda de abandono materno que marcaría todas sus relaciones futuras.

 

Desde niña, Irma desarrolló una presencia magnética imposible de ignorar.

Su voz grave y cálida, su inteligencia instintiva y su capacidad para llenar cualquier espacio con solo entrar la convirtieron en alguien que no pasaba desapercibida.

A los trece o quince años —las fechas varían según las fuentes— fue llevada a la Ciudad de México por Fernando Casas Alemán, jefe del Departamento del Distrito Federal, un hombre de 45 años con inmenso poder político.

Allí, Casas Alemán la presentó a Diego Rivera, el muralista más famoso de México, quien con más de sesenta años le pidió posar desnuda.

Rivera pintó dos cuadros de la adolescente chiapaneca: uno titulado Mujer en llamas y otro sin título público conocido.

Irma siempre afirmó que uno quedó en poder de la familia de Casas Alemán y el otro en una caja de seguridad bancaria.

Hasta la fecha, ninguno de los dos ha aparecido públicamente en museos, subastas o colecciones privadas, a pesar del valor millonario que cualquier obra auténtica de Rivera representa en el mercado internacional del arte.

 

Esos años formativos en la órbita del poder le dieron acceso, contactos y una comprensión cruda de cómo funciona el México real, pero también cicatrices que nunca detalló públicamente.

Irma comenzó su carrera artística desde abajo: cantó en cantinas, carpas y teatros de barrio, enfrentando noches de frío, paga miserable y audiencias impredecibles.

Sobrevivió gracias a su talento y a esa certeza interna que repetía como mantra: “Lo único que nadie te puede robar es lo que llevas dentro”.

En 1962 firmó con Columbia Records y debutó en cine con Santo contra los zombies.

De allí en adelante su carrera despegó: grabó éxitos como Canción de un preso, Prisionero de tus brazos y El amor de la paloma; protagonizó decenas de películas de charros y luchadores junto a figuras como Antonio Aguilar y Germán Valdés “Tin Tan”; y en 1972 compró y rebautizó el Teatro Virginia Fábregas como Teatro Fru Frú, donde en 1973 protagonizó la obra Montaña de Émile Zola apareciendo desnuda en escena, provocando un escándalo nacional que llenó el teatro durante meses.

Me veía chiquilla': La historia de los dos cuadros que Diego Rivera le pintó a Irma Serrano – El Financiero

A los 35 años, en 1969, Irma entró en una relación de cinco años con el expresidente Gustavo Díaz Ordaz, el hombre que un año antes había ordenado la masacre estudiantil de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968.

Díaz Ordaz, de 58 años, le regaló una casa en Jardines del Pedregal, otra en Lomas de Chapultepec —bautizada por ella como “Pagoda China”—, joyas, antigüedades e incluso la cama de la emperatriz Carlota (que después tuvo que devolver al Castillo de Chapultepec).

Irma siempre sostuvo que, en la intimidad de esa relación, escuchó a Díaz Ordaz culpar directamente a su sucesor Luis Echeverría Álvarez de haber dado la orden de reprimir en Tlatelolco.

En 1998, en una entrevista con Jacobo Zabludovsky, lo declaró públicamente.

Nueve años después, en 2007, la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado confirmó la responsabilidad principal de Díaz Ordaz, aunque sin citar directamente el testimonio de Irma.

Esa declaración, viniendo de la amante de uno de los presidentes más controvertidos del siglo XX, fue desestimada por muchos en su momento, pero hoy se lee como un testimonio valioso y valiente.

 

La relación con Díaz Ordaz terminó de la manera más espectacular posible.

En 1974, ya convertido en expresidente, Irma irrumpió en Los Pinos con un mariachi completo y le cantó una serenata a la esposa oficial de Díaz Ordaz, Guadalupe Borja.

Cuando él salió a confrontarla, Irma le dio una cachetada frente a los guardias presidenciales.

Díaz Ordaz ordenó que no la tocaran.

La relación se rompió esa misma noche, pero la leyenda de “La Tigresa” que abofeteó a un presidente se convirtió en mito inmortal.

 

A pesar del escándalo, Irma no desapareció.

Siguió actuando, grabando, escribiendo tres libros autobiográficos brutales y honestos —A calzón quitado, A calzón amarrado y Sin pelos en la lengua— y, en 1994, se convirtió en senadora por Chiapas, primero por el PRI y después por el PRD, defendiendo causas indígenas y oponiéndose al maíz transgénico durante seis años en el Senado.

 

Sin embargo, los últimos años de su vida fueron devastadores.

Regresó a Tuxtla Gutiérrez y vivió con su sobrino Luis Felipe García.

Allí apareció María del Pilar León Moguel, quien se presentó falsamente como sobrina y, durante tres años (2013-2016), la mantuvo bajo sustancias controladoras, incomunicada, aislada de amigos y allegados, ejerció violencia física y la presionó para firmar documentos que transfirieron casi todo su patrimonio: el 99 % del Teatro Fru Frú, joyas de la caja de seguridad en Banamex, propiedades en Chiapas y modificaciones en su testamento.

En septiembre de 2016 León Moguel fue detenida y enviada al penal de Santa Marta Acatitla.

Fue sentenciada, pero salió libre en febrero de 2022 tras cinco años de prisión.

Irma declaró públicamente que recuperó solo una fracción mínima de lo perdido.

Las joyas nunca aparecieron, el teatro quedó enredado en litigios y los dos cuadros de Diego Rivera siguen sin localizarse.

 

Irma Serrano falleció el 1 de marzo de 2023 en Tuxtla Gutiérrez a los 89 años, víctima de un infarto.

No hubo velorio público ni ceremonia multitudinaria.

Sus cenizas permanecen en la casa familiar.

Murió sola en términos afectivos, sin hijos, sin matrimonio —“porque nunca me lo propusieron”, dijo en una de sus últimas entrevistas—, con la mayor parte de su patrimonio desvanecido y su legado fragmentado entre disputas legales y silencios institucionales.

 

La historia de Irma Serrano no es solo la de una vedette escandalosa o una senadora provocadora.

Es el retrato crudo de cómo México utiliza, celebra, exprime y finalmente abandona a las mujeres que lo desafían.

Toleró sus escándalos mientras generaban audiencia, aplaudió su valentía cuando convenía y miró hacia otro lado cuando una anciana de 82 años era despojada sistemáticamente en su propia casa.

Los cuadros de Rivera que la inmortalizaron como “Mujer en llamas” a los quince años desaparecieron junto con gran parte de lo que construyó en siete décadas.

Lo único que nadie pudo robarle fue su voz, su presencia y la verdad que cargó hasta el final.

 

Así lucía Irma Serrano "La Tigresa" de joven en su famoso paso por el Cine de Ficheras

La Tigresa entró a Los Pinos con mariachi y salió convertida en leyenda.

Sobrevivió a presidentes, a la represión de Tlatelolco como testigo incómoda, al machismo de la industria del espectáculo y a la soledad de la vejez.

Pero no sobrevivió al despojo planeado por alguien que fingió ser familia.

Su vida demuestra que en México el poder puede regalar casas y joyas, pero también puede permitir que todo se desvanezca cuando deja de ser útil.

 

El Teatro Fru Fru y el espectáculo en México | Architectural Digest

Hoy sus canciones siguen sonando en radios y playlists, sus películas se ven en plataformas digitales y la anécdota de la cachetada se repite como mito fundacional.

Pero los cuadros de Diego Rivera, el teatro que fue su reino, las joyas que Díaz Ordaz le regaló y la dignidad que merecía en sus últimos años siguen siendo deudas pendientes de un país que todavía no sabe cómo honrar ni proteger a las mujeres que lo hicieron temblar.

 

Me veía chiquilla': La historia de los dos cuadros que Diego Rivera le pintó a Irma Serrano – El Financiero

 

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