Alfonso Arau Inchaustegi, nacido el 11 de enero de 1932, es una leyenda del cine mexicano que ha dejado una huella imborrable en la industria cinematográfica nacional e internacional.
Sin embargo, detrás del éxito y la fama, su vida ha estado marcada por giros inesperados, decisiones trascendentales y una soledad que ha crecido con el paso de los años.
Hoy, con más de 90 años, su historia revela mucho más que los aplausos y el brillo de Hollywood.
Alfonso proviene de una familia con profundas raíces españolas.
Su abuelo paterno, Juan Arau, era originario de Barcelona, mientras que su abuelo materno provenía del País Vasco.
Ambas familias emigraron a México a principios del siglo XX, estableciéndose en diferentes regiones del país.
Alfonso nació en la Ciudad de México, en la casa de sus abuelos, pero su infancia estuvo marcada por constantes mudanzas debido al trabajo de su padre, un dentista que ejercía en distintas provincias.
Pasó sus primeros años en Saltillo, un lugar que recordaba por su clima frío, para luego trasladarse a Veracruz, la ciudad natal de su padre, y finalmente regresar a la capital mexicana.
Creció con tres hermanos, pero con el tiempo la familia se fue reduciendo a causa de la muerte prematura de sus hermanos y la pérdida devastadora de su padre cuando Alfonso tenía apenas 13 años.
La muerte de su padre, causada por un tumor cerebral posiblemente vinculado a la exposición a rayos X en su trabajo, dejó una marca profunda en su vida.
Alfonso fue un estudiante disciplinado, aunque su educación estuvo siempre bajo la estricta vigilancia de su padre, quien imponía severas consecuencias por malas calificaciones.
Sin embargo, la muerte de su padre alteró su trayectoria académica, y aunque comenzó estudiando medicina por obligación familiar, pronto descubrió que su verdadera pasión estaba en otro lugar.

Durante una celebración familiar, Alfonso fue nombrado chambelán en la fiesta de quince años de una prima, lo que lo llevó a involucrarse con el ballet clásico.
Fascinado por la belleza y el arte de la danza, decidió abandonar la medicina para dedicarse al ballet.
Esta decisión fue un punto de inflexión en su vida, que lo llevó a formarse como bailarín y a enamorarse de Magdalena Maye, una bailarina que se convertiría en su esposa y madre de sus primeros hijos.
Junto a su cuñado Sergio Corona, Alfonso formó parte de un dúo de bailarines conocido como “los pies de plata”.
Su trabajo los llevó a presentarse en teatros populares y a viajar frecuentemente a Cuba, donde fueron testigos directos de la agitación política y social que culminó con la Revolución Cubana.
Alfonso vivió de cerca el desmoronamiento de la dictadura de Batista y la llegada al poder de Fidel Castro, experiencias que marcaron su visión del mundo y su compromiso con el arte y la sociedad.
Aunque comenzó su carrera artística como actor, Alfonso siempre tuvo la ambición de dirigir.
Durante años, el cine mexicano cerró las puertas a los jóvenes directores, pero finalmente en 1968 pudo dirigir su primera película, “El águila descalza”.
Su carrera como director lo llevó a crear obras emblemáticas que combinaban la riqueza cultural mexicana con narrativas universales.
Uno de los momentos más importantes en su carrera fue la realización de la película “Como agua para chocolate”, basada en la novela de Laura Esquivel.
Este proyecto, que tomó años de escritura, financiamiento y producción, fue un éxito internacional que abrió puertas para el cine mexicano en el extranjero.
Alfonso apostó todo, incluso hipotecando su casa, para hacer realidad esta obra que combina amor, comida y emociones en una historia profundamente mexicana y universal.
Alfonso Arau se casó cuatro veces a lo largo de su vida.
Su primer matrimonio fue con Magdalena Maye, con quien tuvo varios hijos.
Después vino Emily Gamboa, una bailarina moderna que fue su gran amor durante 32 años hasta su muerte por cáncer de pulmón.
Más tarde se casó con Laura Esquivel, con quien compartió la experiencia de “Como agua para chocolate”, y finalmente con Fernanda Osuna, escritora y médica.
A pesar de los divorcios y las separaciones, Alfonso mantiene una relación cercana y amorosa con todos sus hijos, a quienes considera su mayor orgullo.
A los 73 años volvió a ser padre, demostrando que la vida puede sorprender incluso en la vejez.
A lo largo de su vida, Alfonso ha reflexionado sobre el papel del amor y la familia como el motor fundamental de la existencia.
Cree firmemente que sin amor, la vida carece de sentido, y ha dedicado gran parte de su energía a transmitir ese mensaje a sus hijos y nietos.
Su espiritualidad es sencilla y libre, alejada de dogmas estrictos, enfocada en devolver al mundo lo que uno recibe.
A pesar de la soledad que la edad ha traído consigo, Alfonso Arau se siente un hombre afortunado, agradecido por una vida rica en experiencias, aprendizajes y amor.
La historia de Alfonso Arau es la de un hombre que supo reinventarse, que siguió su pasión a pesar de las expectativas familiares y sociales, y que enfrentó las adversidades con valentía.
Su vida no es un cuento de hadas, sino un relato lleno de momentos de magia, dolor, amor y lucha.
Hoy, más allá de los aplausos y el reconocimiento, su legado permanece en el cine mexicano y en el corazón de quienes valoran el arte con alma.