A los 58 años, cuando la mayoría de los hombres comienzan a buscar la paz de la jubilación, José Luis Alvarado Nieves, conocido mundialmente como Super Porky o Brazo de Plata, cargaba con un peso mucho más asfixiante que sus propios kilos.
Detrás de la máscara de la risa y la agilidad que desafiaba a la física, el gigante de la lucha libre mexicana escondía un inventario de rencores y dolores que decidió confesar antes de que el tiempo le arrebatara la oportunidad de ser honesto.

Esta es la crónica de un hombre que hizo reír a millones mientras su propio corazón sangraba por cinco heridas que, según sus propias palabras, “ni el tiempo podía curar”.
El origen de un mito y el peso de una dinastía La historia de José Luis no puede entenderse sin la Dinastía Alvarado.
Hijo del legendario “Shadito” Cruz, Porky nació predestinado a la lona.
Junto a sus hermanos, formó el trío de Los Brazos, una facción que definió la década de los 80.
Sin embargo, el momento que fracturó su realidad ocurrió en 1988, en una de las luchas de apuestas más recordadas de la historia contra los Villanos.
Aquel día, Los Brazos perdieron las máscaras.
Para un luchador, la máscara es el alma; perderla es quedar desnudo ante el mundo.
Mientras sus hermanos sufrieron la pérdida con amargura, José Luis, dotado de un carisma inagotable, se reinventó como Super Porky.
Su físico robusto se convirtió en su mejor arma cómica, pero esa misma decisión de “payasear” en el ring se convirtió en la primera de sus cinco grandes sombras que marcarían el resto de su existencia profesional y personal.
El Brazo: La traición de la sangre Su propio hermano fue su crítico más feroz.
El Brazo nunca perdonó que Super Porky abandonara el estilo recio y técnico de la familia por la comedia.
Lo acusó públicamente de haber traicionado los valores fundamentales de la lucha libre clásica y de “vender el legado por una carcajada”.
Esta diferencia creativa se convirtió en una grieta emocional profunda.
El resentimiento era real y el cariño fraternal se congeló durante años.
Para Porky, sentir que su propia sangre cuestionaba su profesionalismo y lo veía como una vergüenza para el apellido Alvarado fue un golpe directo al corazón del que nunca logró recuperarse por completo.

La Máscara: El conflicto generacional Miembro de su propia familia y sobrino suyo, La Máscara representó la división interna y moderna de los Alvarado.
La tensión estalló cuando la lucha libre, que alguna vez había unido a la familia, comenzó a dividirlos en facciones.
La Máscara lo acusó de tomar partido en rivalidades internas, específicamente en conflictos que involucraban a su hijo Psycho Clown.
Porky se encontró atrapado en una tormenta donde la sangre se enfrentaba en el ring, pero esta vez no era por entretenimiento, sino por rencillas reales que se ventilaban ante el público, exponiendo la fragilidad de su unión familiar.
Rey Escorpión: El insulto a la dignidad En el mundo del pancracio, el “pique” es parte del espectáculo, pero Rey Escorpión cruzó una línea personal que Porky jamás pudo olvidar.
Tras un combate de alto perfil, Escorpión se burló cruelmente de su peso, de su edad y de su estilo teatral.
Lo llamó “reliquia risible” y lo acusó de manipular al público con lástima para mantenerse vigente.
Durante décadas, José Luis había luchado no solo contra rivales, sino contra los prejuicios y el estigma de no encajar en el ideal físico de un luchador.
Aquel comentario fue un recordatorio cruel de que, a pesar de su fama, algunos de sus colegas nunca lo aceptaron como un igual.
Mr.
Niebla: El espejo oscuro Ambos compartían ese estilo desenfadado y teatral que tanto disfrutaba el público, pero entre ellos siempre existió una competencia soterrada y amarga.
Cuando Porky empezó a hacer apariciones en shows independientes debido a sus dificultades económicas, Mr.
Niebla reaccionó con dureza.
En diversas entrevistas, cuestionó la motivación detrás del regreso de Porky al ring, sugiriendo que lo hacía por pura necesidad financiera y no por pasión.
En público eran los dos “reyes de la comedia” del ring; en privado, eran dos hombres peleando por un reconocimiento que sentían que se les escapaba en el ocaso de sus carreras.

Último Guerrero: El poder y la política fuera del ring La tensión con Guerrero no nació en un combate, sino en los oscuros pasillos de la política de los sindicatos de luchadores.
Tras un altercado violento contra el vehículo de Guerrero en el que se vieron involucrados miembros de la familia Alvarado, la sombra del escándalo cayó sobre Super Porky.
Aunque él nunca fue acusado directamente, su silencio fue interpretado por muchos como una forma de tomar partido o encubrir actos vandálicos.
Esta guerra de poder reflejó los intereses que a menudo ensombrecen la lucha libre, y Porky sintió que su nombre era arrastrado a un conflicto de egos y control sindical que detestaba profundamente.
El camino hacia el perdón: Un final entre aplausos y lágrimas A pesar de cargar con estas cinco heridas, la vida de Super Porky no terminó en la amargura total.
En sus últimos meses, ocurrió algo que nadie esperaba: el inicio de una reconciliación silenciosa.
Según fuentes cercanas, fue su hijo Psycho Clown quien intentó unir las piezas rotas de la familia.
Hubo gestos, como la aparición de La Máscara en un homenaje veterano o el apretón de manos privado con su hermano El Brazo poco antes de su partida.
Quizás el momento más poderoso ocurrió en la Arena Coliseo, cuando Super Porky, ya retirado y entre el público, vio a Último Guerrero detener una función para pedir un micrófono y reconocerlo frente a miles de fanáticos: “Este hombre marcó una era y eso se respeta”.
El público estalló en aplausos y Porky, visiblemente conmovido, alzó el brazo por última vez en señal de paz.
Super Porky murió esperando que algunos silencios se transformaran en abrazos.
Fue un coloso con alma de niño que vivió para hacer reír a los demás mientras luchaba contra sus propios demonios.
Su legado no es solo su agilidad asombrosa, sino la humanidad de un hombre que buscó reconciliarse con su pasado antes de que la arena quedara vacía para siempre.