Colombia amaneció envuelta en un silencio inquietante.
Las cantinas cerraron más temprano, las radios bajaron el volumen y en las redes sociales una sola imagen se repetía una y otra vez: la silueta ennegrecida de una avioneta destruida entre los campos de Boyacá.
Según este relato ficticio, el país entero entró en un luto simbólico tras la supuesta muerte del cantante Yeison Jiménez en un accidente aéreo que muchos ya llaman el vuelo maldito.
Lo que parecía un viaje rutinario terminó convertido en una historia oscura donde se mezclan errores humanos, advertencias ignoradas y presagios que hoy estremecen hasta al más incrédulo.
De acuerdo con esta narración, el siniestro ocurrió minutos después del despegue.
Un pequeño avión privado se elevó torpemente sobre el cielo gris de Boyacá, como si algo invisible lo empujara hacia abajo.
Testigos ficticios aseguran que el motor sonaba diferente, irregular, como si la máquina estuviera luchando contra su propio destino.
Segundos después, una explosión sacudió la tierra y una columna de fuego anunció la tragedia.
Las imágenes que circularon posteriormente —siempre dentro de este relato imaginario— muestran el último registro visual del avión antes de caer.
Un video tembloroso, grabado desde el interior de la cabina, revelaría un detalle perturbador: el piloto, supuestamente, sostenía un teléfono celular mientras la aeronave avanzaba por la pista.
Para muchos, esa escena se convirtió en el símbolo de la fragilidad humana y de cómo un segundo de distracción puede separar la vida de la muerte.

Pero el celular no sería el único elemento inquietante.
En el panel de control, según versiones no verificadas dentro de esta historia ficticia, apareció una alerta intermitente: BAT PRB, una advertencia asociada a un supuesto fallo en el sensor de temperatura del turbo.
En la aviación, dicen los expertos imaginarios consultados por este relato, esa señal es clara: abortar el despegue.
Sin embargo, el piloto habría ignorado la advertencia, continuando el vuelo como si nada pudiera salir mal.
El avión apenas logró ganar altura. A los pocos segundos, uno de los motores perdió potencia.
El sonido se apagó de forma abrupta y el silencio se volvió ensordecedor.
La aeronave cayó en picada y se estrelló contra un terreno rural, provocando un incendio inmediato.
Las llamas consumieron el fuselaje en cuestión de minutos, borrando cualquier posibilidad de rescate.
Las brigadas de emergencia, especialmente el cuerpo de bomberos de Boyacá, llegaron rápidamente al lugar.
En este relato, los rescatistas lucharon contra un fuego feroz, alimentado por el combustible derramado.
El olor a metal quemado y pasto chamuscado quedó impregnado en el aire.
Cuando finalmente las llamas fueron controladas, solo quedaban restos irreconocibles y un silencio que helaba la sangre.

La historia se vuelve aún más inquietante cuando se recuerdan las supuestas confesiones previas de Yeison Jiménez.
Según este relato ficticio, el cantante habría contado a personas cercanas que soñaba repetidamente con un accidente aéreo.
En esos sueños, veía fuego, escuchaba gritos y sentía una sensación de caída interminable.
“No me gustan los aviones”, habría dicho en más de una ocasión, como si su subconsciente intentara advertirle algo que nadie quiso tomar en serio.
Las redes sociales, dentro de esta narrativa, explotaron con teorías.
Algunos hablaron de destino, otros de negligencia, y no faltaron quienes aseguraron que el accidente estaba “escrito”.
Videos de sus últimos conciertos comenzaron a circular masivamente: Yeison cantando con una intensidad inusual, abrazando a su público como si se despidiera sin saberlo.
Para los creyentes en lo paranormal, esos gestos ahora parecen cargados de un significado escalofriante.
Familiares y allegados, siempre dentro de esta historia ficticia, llegaron al lugar del accidente entre lágrimas y gritos de dolor.
Se habla de un momento desgarrador cuando reconocieron objetos personales entre los restos: un sombrero quemado, una cadena deformada por el calor, fragmentos de una vida interrumpida.
Las imágenes, reales solo en la imaginación colectiva, reforzaron la sensación de tragedia absoluta.

Funcionarios, artistas y figuras públicas habrían expresado mensajes de condolencia.
“Se fue una voz del pueblo”, “una pérdida irreparable”, decían los mensajes que inundaban internet.
Aunque nada estaba oficialmente confirmado en este relato, la emoción colectiva ya había dictado sentencia: Yeison Jiménez se había convertido en leyenda.
Lo más perturbador de esta historia no es solo el accidente, sino la suma de señales ignoradas.
El celular en la cabina.
La alarma parpadeante.
Los sueños premonitorios.
Todo parece encajar como piezas de un rompecabezas macabro que solo se revela cuando ya es demasiado tarde.
Para muchos, esta tragedia ficticia es una advertencia sobre la soberbia humana y la falsa sensación de control.
Hoy, en este relato de tinte sensacionalista, Colombia no solo llora a un cantante, sino que se enfrenta a una pregunta incómoda: ¿y si algunas tragedias anuncian su llegada? ¿Y si el destino susurra antes de gritar? El vuelo maldito de Yeison Jiménez queda así grabado como una historia oscura, donde la música se apagó entre fuego y misterio, y donde la vida demostró, una vez más, lo frágil que puede ser.