
Los mayas fueron una de las civilizaciones más avanzadas del mundo antiguo.
Dominaron la astronomía, desarrollaron complejos calendarios y crearon un sistema de escritura capaz de registrar eventos históricos, rituales y visiones del cosmos.
Sin embargo, casi todos sus libros fueron destruidos durante la conquista española.
De los miles que existieron, solo cuatro códices sobrevivieron al tiempo: los de Dresde, Madrid, París… y uno más, el más polémico de todos: el Códice Maya de México, también conocido durante años como el Códice Grolier.
Su historia es tan extraña como perturbadora.
En la década de 1960, un coleccionista mexicano afirmó haber sido llevado en secreto a una cueva en las tierras bajas mayas, cerca de Tortuguero.
Allí, entre objetos rituales y artefactos antiguos, vio un libro plegado de papel de corteza cubierto de símbolos y figuras.
Lo compró sin saber que esa decisión desencadenaría uno de los mayores debates de la arqueología moderna.
Durante décadas, el códice fue acusado de ser una falsificación.
Su arte parecía demasiado simple.
Su procedencia no estaba documentada por arqueólogos.
Algunos expertos aseguraban que jamás podría ser auténtico.
Fue almacenado, ignorado, casi enterrado por el escepticismo académico.
Todo cambió en el siglo XXI.
Un equipo internacional de investigadores decidió reexaminarlo con herramientas modernas.
Utilizaron análisis químicos avanzados, pruebas de radiocarbono y, finalmente, inteligencia artificial.
La IA comparó patrones de pigmentos, fibras, desgaste y símbolos con enormes bases de datos arqueológicas.

El resultado fue devastador para los escépticos: el códice no solo era auténtico, sino más antiguo que los otros libros mayas conocidos.
Las pruebas demostraron que el papel estaba hecho de amate, una corteza vegetal utilizada en la época prehispánica.
Los pigmentos eran minerales naturales: hematita para el rojo, negro de carbono para el negro y el legendario azul maya, una fórmula química tan compleja que la ciencia moderna tardó siglos en reproducirla.
No había rastros de materiales modernos.
El desgaste mostraba humedad, mordeduras de insectos y fracturas coherentes con siglos de antigüedad.
Las pruebas de radiocarbono situaron la creación del códice entre los años 1021 y 1154.
Esto lo convierte en el libro legible más antiguo conocido de toda América.
Pero lo verdaderamente impactante no fue solo su autenticidad.
Fue su contenido.
Cuando la inteligencia artificial comenzó a analizar los glifos y estructuras repetitivas, emergió un patrón claro.
El códice no era un libro narrativo ni un registro histórico común.
Era una herramienta.
Un calendario ritual construido alrededor del ciclo de Venus.
Para los mayas, Venus no era una estrella hermosa.
Era una señal de peligro.
Su aparición como estrella de la mañana se asociaba con guerras, sacrificios, enfermedades y muerte.
El códice organiza imágenes violentas —dioses armados, prisioneros atados, cabezas cortadas— en sincronía exacta con los movimientos de Venus en el cielo.
Cada página sigue una estructura precisa.
Una columna lateral con nombres de días sagrados.
En la parte superior, números mayas que indican cuánto avanzar en el calendario.
En el centro, una escena clara y brutal que muestra lo que debía ocurrir en ese momento exacto del ciclo astronómico.
Un cautivo capturado.
Un sacrificio.
Un ataque a un templo.
Un asesinato ritual.

No hay adornos innecesarios.
No hay explicaciones largas.
El mensaje es directo: cuando Venus está aquí, esto es lo que debe suceder.
Las diez páginas que sobreviven muestran una secuencia escalofriante de eventos.
Dioses de la muerte empuñando armas.
Deidades solares atacando edificios sagrados.
Figuras esqueléticas sosteniendo cabezas cercenadas.
Todo sincronizado con precisión matemática.
La inteligencia artificial no “inventó” esta traducción.
Detectó patrones que los humanos habían pasado por alto durante décadas.
Comparó estructuras con los otros códices, especialmente el de Dresde, que también contiene tablas de Venus.
El mensaje coincidía.
El Códice Maya de México era una versión más antigua, más cruda, más directa.
Para los historiadores, esto cambia todo.
Demuestra que los mayas no solo observaban el cielo, sino que lo usaban como una guía activa para la violencia ritual y la política.
La guerra no era aleatoria.
Estaba programada en el tiempo.
Decidida por los astros.
También demuestra que el conocimiento maya sobrevivió más tiempo del que se creía y que existieron talleres, tradiciones y libros que nunca llegaron a Europa.
Libros que fueron ocultados, perdidos o destruidos… salvo este.
Hoy, el códice ya no es llamado Grolier.
México lo reconoce oficialmente como el Códice Maya de México.
Ya no es una falsificación dudosa.
Es una ventana directa a la mente de una civilización que veía el universo como un mecanismo vivo, peligroso y profundamente conectado con la sangre humana.
La inteligencia artificial no solo tradujo símbolos.
Abrió una puerta al pasado.
Y lo que encontró no fue paz, sino advertencia.