En el corazón de Las Vegas, una ciudad que nunca duerme y que se alimenta de sueños de grandeza y riqueza, hay un hombre que comienza su jornada mucho antes de que el sol deslumbre el desierto de Nevada.

No se levanta para entrenar en un gimnasio de lujo ni para preparar un combate millonario.
Su despertar tiene un propósito más humilde y, a la vez, más profundo: tomar una escoba y barrer la entrada de una pequeña tienda de donas.
Este hombre, con una Biblia en el bolsillo y el recuerdo de una vida de excesos en la memoria, recorre la misma acera donde hace apenas tres décadas, los casinos más exclusivos del mundo le abrían sus puertas de par en par, tratándolo como a la realeza.
Ese hombre es Jorge Adolfo Febles Páez, conocido por todos como el “Maromero” Páez, y acaba de cumplir 60 años.
Seis décadas de una existencia que parece arrancada de las páginas de una novela tan inverosímil que ningún escritor se atrevería a publicar por miedo a que nadie le creyera.
Fue cuatro veces campeón mundial de boxeo, el primer mexicano en ganar un título de la Federación Internacional de Boxeo, y un showman sin igual que convertía elcuadrilátero en un escenario de circo, vistiéndose de novia o payaso, y haciendo maromas que dejaban boquiabiertas a 70,000 almas.
Pero también fue el hombre que lo perdió todo.
Absolutamente todo.
Para entender la magnitud de su historia, hay que viajar a Mexicali, Baja California, a mediados de los años 60.
En medio del calor abrasador del desierto y las calles polvorientas de una ciudad fronteriza, la vida de Jorge comenzó de la manera más nómada posible: en un circo ambulante, el Circo Hermano Solvera.
No nació en un hospital, sino entre elefantes, trapecistas y payasos.
El circo fue su primera escuela, su hogar y, en cierto modo, su primera jaula.
Desde que tuvo uso de razón, fue parte del espectáculo.
A los cinco años ya hacía acrobacias, y a los ocho, su tío Heriberto, un hombre de manos duras, le encomendó una tarea que definiría su futuro: ser el encargado de sacar a los colados.
Cada vez que alguien intentaba colarse, el pequeño Jorge debía confrontarlo y pelear.
Esa fue su primera lección de boxeo, aprendida entre el olor a palomitas y aserrín, una lección de astucia y movimiento que lo acompañaría siempre.
La vida en el circo, lejos de la fantasía colorida, era de una pobreza real y una soledad inmensa.
Creció con hambre, sin una escuela fija ni amigos fuera de la carpa, en una rutina interminable de montar y desmontar el espectáculo.
Esa necesidad constante de ser aceptado y visto, forjada en la invisibilidad de su infancia, se convertiría décadas después en una poderosa adicción a la fama.

Fue su tío Heriberto quien vislumbró el diamante en bruto.
No solo era valiente, sino que poseía una velocidad de reflejos y una flexibilidad poco comunes.
Comenzó a entrenarlo, fusionando las acrobacias circenses con el boxeo.
El resultado fue un estilo híbrido y desconcertante.
El 16 de noviembre de 1984, con 19 años, debutó como profesional en San Luis Río Colorado, venciendo a su rival en tres asaltos.
Pero lo que la gente recordó esa noche no fue la victoria, sino la maroma perfecta que ejecutó sobre las cuerdas después del combate.
Nadie había visto algo así.
El “Maromero” había nacido.
Su fama creció exponencialmente.
Sus entradas al ring se convirtieron en un espectáculo por sí mismas: vestido de mariachi, de novia, de monja, con pelucas de colores, bailando breakdance.
Detrás de la payasada, sin embargo, había un boxeador genuino, con una habilidad para esquivar golpes que parecía sobrenatural.
La televisión estadounidense, siempre ávida de personajes extravagantes, se enamoró de él.
HBO, la catedral del boxeo, le ofreció un contrato sin precedentes para un mexicano: cinco peleas consecutivas transmitidas en vivo para todo Estados Unidos.
La noche que lo cambió todo fue el 4 de agosto de 1988, en la Plaza de Toros Calafia de su amada Mexicali.
En el decimoquinto y último asalto, yendo perdiendo en las tarjetas, Jorge encontró una furia interior que lo llevó a derribar tres veces al campeón estadounidense Calvin Grove.
Jorge “Maromero” Páez era campeón del mundo.
El niño de circo ahora llevaba un cinturón de oro.
Defendió el título nueve veces, unificó campeonatos y se convirtió en uno de los boxeadores más populares del planeta.
Los casinos de Las Vegas se peleaban por tenerlo y el dinero llegó a raudales.
Para un hombre que había crecido sin nada, tener millones fue como entregarle un fósforo a alguien que nunca ha visto el fuego: fascinante al principio, devastador después.
El problema no fue tener el dinero, sino no saber qué hacer con él.
Jorge empezó a gastar como si fuera infinito, y nadie a su alrededor le decía que parara, porque todos comían de ese gasto.
Las fiestas eran legendarias, de varios días, recorriendo casinos y hoteles, invitando a desconocidos que se acercaban atraídos por el brillo de la fama.
Su generosidad, nacida de la cultura de compartir en el circo, se convirtió en un mecanismo de supervivencia emocional.
Pero cuando el dinero se acabara, todos esos parásitos desaparecerían.
A las fiestas se sumaron las sustancias, que fueron minando su disciplina y su salud.
En el ring, su estrella comenzó a apagarse.
Perdió el título ante Tony López y, buscando reinventarse, subió de peso para enfrentar a una joven promesa: Óscar de la Hoya.
La noche del 29 de julio de 1994, en el MGM Grand de Las Vegas, el combate duró apenas 37 segundos del segundo asalto.
Un derechazo de “Golden Boy” mandó a la lona a un Páez diezmado, que no se levantó.
Para la opinión pública, pasó de ser un campeón excéntrico a un payaso en el sentido más cruel.
La humillación fue más devastadora que cualquier golpe.

Lo que siguió fue una lenta y dolorosa caída de casi una década.
Siguió peleando en recintos cada vez más pequeños, por bolsas cada vez más modestas, hasta su última pelea en 2003.
Fuera del ring, la situación era peor.
El dinero se había esfumado.
La fama se convirtió en un fantasma.
Las Vegas, que lo había vitoreado como rey, ahora lo ignoraba como a uno más de los soñadores rotos que pueblan sus calles.
Las secuelas de los golpes comenzaron a manifestarse en problemas neurológicos y una profunda soledad.
En ese fondo del pozo, ocurrió lo inesperado.
Un día, caminando sin rumbo, se topó con un grupo de Testigos de Jehová que hablaban en una esquina.
Se detuvo a escuchar.
Le ofrecían algo que ni el boxeo ni el dinero le habían dado: una estructura, un propósito, la idea de que su valor como persona no dependía de su rendimiento.
Se convirtió en Testigo de Jehová y, para sorpresa de muchos, esa fe transformó su vida.
Dejó los excesos y las fiestas.
Fue entonces cuando, pasando por una tienda de donas, ofreció limpiar el exterior a cambio de poder predicar allí.
La imagen es poderosa y conmovedora: un cuádruple campeón del mundo barriendo una banqueta y hablando de Dios.
Mientras muchos lo vieron como una caída, para él fue un ascenso hacia la paz.
Hoy, a sus 60 años, ha encontrado una nueva conexión con el público a través de redes sociales como TikTok, donde comparte su día a día y sus recuerdos con una sonrisa eterna.
Incluso ha enterrado el hacha de guerra con su gran rival, Julio César Chávez, en un reencuentro que simboliza la paz que tanto le costó encontrar.
La historia del Maromero no es la de un hombre que lo perdió todo, sino la de un hombre que, en la pelea más dura de todas, la de la vida, sigue en pie, demostrando que la dignidad no está en lo que haces, sino en cómo lo haces.