
El sol de Texas caía sin piedad sobre el set improvisado en las afueras de Weatherford.
Todo estaba preparado para grabar la escena del paralítico, uno de los momentos más intensos del Evangelio y de la serie.
Los actores estaban concentrados, la luz era perfecta, el equipo técnico funcionaba con precisión quirúrgica.
Para la producción, era una jornada ideal.
Daniel, camarógrafo de 32 años, operaba la cámara dos.
Profesional, exacto, emocionalmente impermeable.
Para él, The Chosen era solo otro trabajo bien pagado.
No compartía el fervor del equipo ni la devoción de los fans.
La religión, pensaba, era un consuelo inventado para quienes no podían soportar la realidad.
Y su realidad, en ese momento, era brutal: su hermano menor, Mateo, agonizaba por un cáncer terminal.
Cuando el director dio la orden de acción, Daniel se refugió en lo único que sabía controlar: el encuadre, el enfoque, la técnica.
Vio a los actores bajar al paralítico desde el techo, escuchó los murmullos del guion, siguió cada movimiento con frialdad profesional.
Todo era actuación.
Todo era ficción.
Hasta que dejó de serlo.
Jonathan Roumie, interpretando a Jesús, se acercó al paralítico.
Su voz fue suave, firme, cargada de una compasión casi insoportable.
“Levántate, toma tu camilla y anda”.
En ese instante, algo atravesó a Daniel como un golpe invisible.
Una ola de calor le recorrió el cuerpo.
Sus manos comenzaron a temblar.
El visor se nubló, no por un fallo técnico, sino porque sus ojos se llenaron de lágrimas sin aviso previo.
No eran lágrimas discretas.
Eran profundas, viscerales, incontrolables.
La cámara seguía grabando.
Daniel no podía detenerse.
Tampoco podía fingir que nada estaba pasando.
La escena continuó: el paralítico se levantó, caminó, la multitud celebró.
Y cuando el director gritó “¡Corte!”, el set estalló en aplausos… excepto Daniel, que permanecía inmóvil, quebrado, con el rostro empapado.
Nadie lo señaló.
Nadie lo expuso.
Pero todos supieron que algo había ocurrido.
Horas más tarde, sentado solo, Daniel revisó su teléfono.
Llamadas perdidas.
Mensajes de su madre desde el hospital.
Mateo empeoraba.
Tal vez no llegaría al día siguiente.
Y entonces, como un eco imposible de silenciar, esas palabras volvieron a su mente: “Levántate y anda”.
Esa noche, por primera vez en más de veinte años, Daniel hizo algo que jamás pensó que haría.
Se arrodilló torpemente junto a su cama.
No sabía rezar.
No sabía a quién hablaba.
Solo susurró en la oscuridad: “No sé si estás ahí… pero si hay algo de verdad en todo esto, no me dejes perderlo”.
No hubo respuesta.
No hubo señal.
Solo silencio.
Horas después, manejó de madrugada hacia Austin.
Llegó al hospital justo a tiempo para despedirse de su hermano.
Mateo estaba débil, pero lúcido.
Escuchó la historia del set, de la escena, de las lágrimas.
Sonrió con una paz desconcertante.
Le pidió una sola cosa: que no cerrara su corazón.
Que no ignorara aquello que había sentido.

Mateo murió al amanecer, tranquilo, con Daniel sosteniendo su mano.
Días después, Daniel regresó al set.
Esta vez se filmaba una escena distinta: Jesús resucitado pronunciando el nombre de María Magdalena.
Mientras grababa, volvió a sentirlo.
No como un golpe, sino como una presencia serena, una calma inesperada.
No hubo milagro físico.
No hubo explicación racional.
Pero algo había cambiado.
Daniel no se volvió religioso de la noche a la mañana.
No abandonó sus dudas.
Pero comenzó a hacerse preguntas.
Y en una de esas noches, tomó una Biblia del set y buscó esa escena.
Leyó las palabras impresas: “Levántate, toma tu camilla y anda”.
No supo exactamente qué creer.
Solo supo que había una grieta en su certeza… y que por esa grieta empezaba a entrar la luz.
A veces, el milagro no es la sanación.
A veces, es la capacidad de abrir el corazón cuando todo parecía perdido.