
Juan Torres nació en Ocampo, Guanajuato, en 1930, el menor de siete hijos en una familia donde la disciplina y el trabajo eran ley.
Su padre, administrador de haciendas, imponía orden; la música llegaba como un escape.
Fue su hermano Antonio, Toño, guitarrista natural, quien detectó primero el talento casi instintivo de Juan.
Con apoyo familiar y la mediación de su primo, el padre Silvino Robles, fue enviado a la Escuela Superior de Música Sacra de León.
Allí recibió una formación rigurosa: canto gregoriano, solfeo, armonía, piano y composición.
Sin embargo, Juan nunca encajó del todo.
Años después confesaría que lo enviaron al seminario para “enderezarlo”.
No funcionó.
Alegre, inquieto y rebelde, escapaba para jugar fútbol, escribía cartas de amor y desesperaba a los sacerdotes tocando música popular donde debía sonar lo sagrado.
Finalmente, su padre aceptó la realidad y lo retiró del seminario.
Antes de que la música reclamara su destino, Juan llevó una vida común.
Trabajó en una farmacia y más tarde como chofer de camión, transportando frutas y verduras.
Sus manos, destinadas a conmover multitudes, pasaron años sujetando un volante.
Nada indicaba que estaba a punto de convertirse en un fenómeno.
El punto de quiebre llegó en Camargo, Chihuahua.
Una noche, en un bar cualquiera, se sentó frente a un piano abandonado.
Tocó con una intensidad nacida de una ruptura amorosa reciente.
La música detuvo conversaciones, atrajo miradas.

Entre los presentes había un empresario que lanzó una pregunta que cambiaría todo: “¿Puedes hacer que un órgano hable?”.
Juan respondió sin dudar que sí.
Obsesionado, comenzó a practicar con el órgano de la parroquia local.
A diferencia de otros intérpretes de la época, Juan lograba el efecto vocal únicamente con el teclado.
Era más limpio, más musical, más humano.
La noticia se propagó rápido.
Pronto estaba en Los Ángeles, luego en Europa.
Madrid fue solo el inicio de una gira que recorrería más de cien ciudades.
En la década de 1950, Juan Torres conquistó Europa.
En Italia, su órgano melódico desató una fiebre que le valió la medalla de oro de la popularidad.
Su nombre se volvió internacional.
Se decía incluso que María Callas viajó a México intrigada por el fenómeno del organista mexicano del que todos hablaban.
En medio del éxito, regresó a México para casarse con María Elena Náñez.
Volvieron a Italia, donde vivieron tres años mientras Juan tocaba de pueblo en pueblo.
Pero en 1958 ocurrió la tragedia que marcaría su vida para siempre.
Sus suegros murieron en el vuelo 607, estrellado en el Atlántico Norte.
No hubo sobrevivientes.
Desde entonces, Juan nunca volvió a confiar en los aviones.
Se alejó de la música casi un año.
Regresó a México por tierra, cargando miedo y duelo.
Se estableció en Ciudad Juárez y tocó en bares pequeños, lejos de la gloria internacional.
Parecía el final.
No lo fue.
El renacer llegó con un restaurante modesto: El Fontán.
Allí, su órgano volvió a atraer multitudes.
Una grabación improvisada llegó a Musart.

Guillermo Acosta escuchó algo más que música de fondo: escuchó un fenómeno.
El disco Bailables éxitos en sensacionales arreglos modernos vendió cerca de 600,000 copias en menos de un año.
Juan Torres se convirtió en una presencia inevitable en los hogares mexicanos.
Lo que siguió fue imparable.
Más de 70 álbumes, decenas de discos de oro y platino, giras interminables y un sonido que redefinió el órgano, arrancándolo del ámbito religioso para instalarlo en la música popular.
Su versión de Guantanamera se volvió tan icónica que fue usada por Radio Habana Cuba.
A pesar de las críticas que lo tildaban de “populista”, Juan respondía con música.
Insertaba fragmentos clásicos en medio del baile.
Recordaba, sin decirlo, que detrás del ritmo había formación y profundidad.
En el escenario era impecable.
Trajes elegantes, producción avanzada, plataformas giratorias, iluminación cuidada.
Fuera de él, sencillo y disciplinado.
Nunca una diva.
Nunca una queja.
Su última etapa estuvo marcada por una lucha silenciosa.
El cáncer de páncreas avanzó sin piedad.
Aun así, se despidió tocando.
Su último concierto fue el 10 de mayo de 2002 en Querétaro, un homenaje a las madres.
El 2 de julio de ese año, Juan Torres murió en silencio.
La música no lo hizo.
El órgano que hizo hablar sigue resonando.