A los 90 años, Lalo el mimo Finalmente admite lo que todos sospechábamos

Durante décadas, Lalo el Mimo hizo reír a millones sin pronunciar una sola palabra.

Lalo 'El Mimo' reaparece en silla de ruedas y confiesa la dura batalla que  enfrenta tras una caída | Shows Famosos | Las Estrellas
Su cuerpo, su gesto y su timing perfecto bastaban para llenar teatros, centros nocturnos y pantallas de cine.

Fue una figura central de la comedia popular mexicana, un rostro inseparable del cine de ficheras y de la risa pícara que marcó a toda una generación.

Sin embargo, lejos del escenario, Lalo cargaba con un peso que mantuvo en silencio casi toda su vida.

A los 90 años, tras una caída que cambió su destino, finalmente se atrevió a decirlo en voz alta: ya no podía memorizar los textos.

 

La confesión llegó después de un accidente ocurrido en la madrugada del 26 de febrero de 2025, cuando Eduardo Mesa de la Peña, su nombre real, resbaló en el baño de su casa y sufrió una fractura de cadera.

Fue trasladado de emergencia a un hospital de la Ciudad de México, donde se le practicó una cirugía para colocarle una varilla metálica de 18 centímetros.

Aunque el procedimiento fue exitoso, los médicos advirtieron que la recuperación sería lenta y compleja, no solo por su edad, sino por un historial médico delicado que incluía problemas renales severos que en el pasado lo habían mantenido hospitalizado durante meses.

 

Su hija, la actriz Marie Carmen de la Peña, fue quien mantuvo informada a la opinión pública.

Con honestidad y cuidado, explicó que su padre se encontraba de buen ánimo, incluso bromeando tras la operación, pero también dejó claro que su movilidad ya no sería la misma.

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Aunque podía caminar distancias cortas con ayuda, pronto dependió de una silla de ruedas y del apoyo constante de un cuidador y una enfermera.

Para un hombre que siempre se negó a usar bastón por miedo a “verse viejo”, aceptar esa nueva realidad fue un golpe silencioso.

 

Sin embargo, la caída no solo afectó su cuerpo.

También abrió una puerta que Lalo había mantenido cerrada durante años.

En una aparición pública posterior, admitió algo que muchos en la industria sospechaban: desde hacía tiempo, memorizar diálogos se había vuelto cada vez más difícil.

No se trataba de un diagnóstico formal de Alzheimer o demencia, sino de lo que los médicos describieron como fatiga cognitiva, un desgaste mental progresivo que afecta a muchos intérpretes en edades avanzadas.

 

Para un actor, olvidar los textos no es un simple descuido; es una amenaza directa a su credibilidad profesional.

Lalo lo sabía mejor que nadie.

Durante años disimuló los lapsos con humor, improvisaciones y comentarios sarcásticos.

Prefería hacer un chiste antes que admitir que estaba perdiendo seguridad.

En una industria como la televisión mexicana, donde la rapidez y la precisión son fundamentales, cualquier duda sobre la confiabilidad de un actor puede significar el final silencioso de una carrera.

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Ese miedo lo llevó a rechazar papeles, a alejarse de producciones largas y a aceptar únicamente trabajos que sentía que aún podía controlar.

“Me quedé callado porque no quería que la gente dijera que ya estaba acabado”, confesó.

No se retiró por comodidad ni por falta de amor al oficio, sino porque no quería que nadie lo viera luchar.

 

Paradójicamente, incluso después de más de seis décadas de trayectoria, Lalo volvió a hacer casting.

Regresó al CEA de Televisa para audicionar por papeles de abuelo, una experiencia que describió con una mezcla de ironía y tristeza.

Antes era el galán; ahora, sentía que se había vuelto invisible.

Detrás de la broma había una súplica clara: no lo borraran todavía.

 

En el plano personal, la vida de Lalo fue mucho más solitaria de lo que el público imaginaba.

Su matrimonio con la actriz Mary Carmen Resendis, con quien tuvo a su hija, se fue desgastando con los años por las ausencias, el trabajo constante y el cansancio emocional.

Tras 24 años juntos, se separaron sin escándalos ni pleitos, simplemente dejando que el vínculo se apagara.

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Lalo nunca volvió a casarse.

Vivió solo durante décadas, acompañado únicamente por su trabajo y, más tarde, por la presencia constante de su hija.

 

Marie Carmen se convirtió en su pilar.

Es quien hoy organiza su vida, supervisa su recuperación y reconoce una verdad que a él le cuesta aceptar: está cansado, no solo físicamente, sino emocionalmente.

Cansado de ser fuerte todo el tiempo, cansado de fingir que nada cambia.

 

A pesar de todo, Lalo nunca renegó del género que definió su carrera.

El cine de ficheras, tan criticado por su tono provocador, fue para él un espejo de la realidad social mexicana.

Defendió siempre su valor cultural, asegurando que esas películas no buscaban premios ni prestigio, sino hacer reír a quienes necesitaban escapar de una vida dura.

Para él, la comedia también era una forma de resistencia.

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Hoy, a los 90 años, Lalo el Mimo ya no se esconde detrás de los chistes.

Su confesión no es un escándalo ni una tragedia, sino un acto de honestidad tardía.

Reconocer el miedo a envejecer, a olvidar y a dejar de ser útil lo ha vuelto más humano que nunca.

Después de una vida persiguiendo la risa para no sentirse solo, Lalo no pide aplausos.

Solo quiere ser visto, incluso ahora que el telón comienza a cerrarse.

 

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