🥊🕯️ Del ídolo invencible al héroe mutilado por el destino: la vida brutal, gloriosa y desgarradora de David Silva, el galán que conquistó el cine mexicano y terminó luchando sin piernas pero con el alma intacta

La trágica historia de David Silva, el galán que dio vida a Huracán Ramírez  y sufrió la amputación de sus piernas - Infobae

David Silva nació en 1917 en San Francisco, California, en el seno de una familia marcada por el arte.

Su padre, David Silva Senior, fue un reconocido cantante de ópera que llegó a compartir escenarios con la compañía de Enrico Caruso.

Su madre, Aía Guglielmeti, aportó una herencia europea que se reflejaba en los rasgos finos y la presencia elegante del joven David.

Poco después, la familia se estableció en la colonia Tabacalera de la Ciudad de México, donde su padre enseñaba música y formaba a nuevas generaciones de artistas.

A pesar de crecer rodeado de arte, David no soñaba con los escenarios.

Estudió Derecho y aspiraba a una vida estable, lejos del bullicio del espectáculo.

Sin embargo, el destino se cruzó en su camino de forma inesperada.

Acompañando a unos compañeros que buscaban trabajo como extras, pisó un set de filmación por simple curiosidad.

Fue suficiente.

Las luces, las cámaras y el ambiente creativo despertaron algo que llevaba dormido en la sangre.

El director Fernando de Fuentes fue el primero en notar aquel porte sereno y aquella mirada intensa entre una fila de extras.

Le dio una pequeña oportunidad en Bajo el cielo mexicano en 1937.

Ese instante marcó el inicio de una de las carreras más sólidas del cine nacional.

Paralelamente, David ya destacaba en la radio como locutor y actor de radionovelas, donde su voz profunda y dicción impecable conquistaron al público.

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A finales de los años treinta, comenzó a aparecer en papeles secundarios mientras aprendía observando a gigantes como Arturo de Córdoba y Gloria Marín.

Gilberto Martínez Solares le otorgó un rol más significativo en Hombres, en 1939, y la crítica no tardó en señalar su presencia magnética.

David tomó entonces una decisión definitiva: abandonó la carrera de Derecho.

El cine lo había reclamado por completo.

Durante los primeros años fue elegido como galán juvenil, gracias a su atractivo natural.

Pero Silva tenía algo más.

Su disciplina, su memoria prodigiosa y su capacidad de observación lo convirtieron en un actor confiable y profundo.

En Volveré a vivir y Balajú demostró que podía sostener historias cargadas de emoción, pasión y tragedia.

El punto de quiebre llegó en 1945 con Campeón sin corona.

David Silva se transformó en Roberto “Kid” Terranova, un boxeador callejero inspirado en Rodolfo “Chango” Casanova.

Para el papel entrenó duramente, aprendiendo el dolor físico y emocional del ring.

La película fue un fenómeno nacional.

El público vio reflejada la vida del México obrero, los barrios humildes y los sueños rotos.

Su actuación le valió el premio Ariel y lo consagró como uno de los grandes.

A partir de ahí, su colaboración con el director Alejandro Galindo dio origen a obras fundamentales como Esquina, bajan y Hay lugar para dos.

Silva encarnó al hombre común con una humanidad conmovedora.

Con la ayuda de Fernando Soto “Mantequilla”, perfeccionó el habla, los gestos y la esencia del barrio popular, logrando interpretaciones profundamente auténticas.

En los años cincuenta, David Silva evolucionó hacia personajes más oscuros.

Bajo la dirección de Chano Urueta se convirtió en el rostro del cine negro mexicano.

Gangsters, antihéroes y villanos complejos encontraron en él un intérprete ideal.

Películas como Manos de seda y El desalmado lo consolidaron como un actor capaz de explorar la ambigüedad moral y la tragedia interior.

Fuera de la pantalla, era un hombre reservado, alejado de escándalos.

Vivió un breve matrimonio fallido en Hollywood, donde trabajó para la Metro-Goldwyn-Mayer, pero fue en México donde encontró estabilidad junto a Paquita Estrada, su compañera de vida durante más de dos décadas.

Nunca tuvieron hijos, pero compartieron una relación profunda, discreta y sólida.

En 1971, su vida dio un giro devastador.

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Un accidente automovilístico reveló una diabetes avanzada que obligó a la amputación de una pierna.

Más tarde perdería la otra.

Confinado a una silla de ruedas, muchos pensaron que su carrera había terminado.

Se equivocaron.

David Silva continuó actuando, dotando a sus personajes de una intensidad emocional aún mayor.

Su participación en El castillo de la pureza y, finalmente, Los albañiles en 1976, fue una despedida perfecta.

Un canto a la dignidad del trabajador, al esfuerzo silencioso y a la resistencia humana.

Poco después, en septiembre de 1976, David Silva falleció a los 59 años.

Dejó más de cien películas, una huella imborrable y una lección profunda: el verdadero poder no está en el cuerpo, sino en el espíritu.

David Silva fue galán, villano y leyenda.

Pero, sobre todo, fue un hombre que enfrentó la adversidad con una dignidad que aún conmueve.

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