David Caruso nació el 7 de enero de 1956 en Queens, Nueva York, y creció marcado por una ausencia que lo acompañaría toda la vida.
Su padre abandonó a la familia cuando él tenía apenas dos años, dejando a su madre a cargo de su crianza.
Años después, Caruso admitiría que esa ausencia lo obligó a madurar demasiado pronto, a criarse a sí mismo.
Desde joven desarrolló una personalidad introspectiva, reservada y tensa, rasgos que más tarde se convertirían en su sello como actor.
Antes de pisar un set, trabajó como acomodador en un cine.
Allí veía decenas de películas por semana, estudiando obsesivamente a los grandes actores del cine negro.
Bogart, Cagney, Edward G.Robinson.
No aprendió actuación en una escuela, la absorbió en la oscuridad de una sala.
Esa crudeza se notaría después en cada gesto suyo frente a la cámara.
Sus primeros papeles fueron pequeños, pero constantes.
Apareció en películas como First Blood y An Officer and a Gentleman, donde por fin empezó a llamar la atención de Hollywood.
Durante los años 80 construyó una carrera sólida como actor secundario, especialmente en historias policiales.
Su rostro, duro y melancólico, parecía hecho para ese mundo.
Todo cambió en 1993 con NYPD Blue.
El detective John Kelly lo convirtió en una sensación inmediata.
El personaje era agresivo, moralmente ambiguo, real.

Caruso ganó un Globo de Oro y fue señalado como la nueva gran estrella de la televisión.
Pero apenas un año después, tomó una decisión que marcaría su destino: abandonó la serie en pleno éxito.
La razón oficial fue una disputa salarial.
Caruso creía que su estatus justificaba un aumento drástico y quería dar el salto al cine como protagonista.
La industria quedó atónita.
Lo que parecía una jugada audaz terminó siendo uno de los errores más famosos de la historia televisiva.
Sus primeras películas como estrella fracasaron estrepitosamente.
Kiss of Death y Jade fueron destrozadas por la crítica y el público.
En cuestión de meses, pasó de promesa dorada a advertencia de Hollywood.
El golpe fue devastador.
Caruso quedó marcado como un actor difícil y poco confiable.
Aunque siguió trabajando, los papeles importantes se evaporaron.
Regresó a la televisión con Michael Hayes, una serie hecha a su medida que fue cancelada rápidamente.
Parecía que su carrera no lograría recuperarse.
Pero en 2002 ocurrió lo impensable.
CSI: Miami le dio una segunda vida.
Como Horatio Caine, Caruso reinventó su imagen.
Silencioso, imperturbable, calculador.
Las gafas de sol, las pausas dramáticas, las frases cortantes.
El personaje se volvió legendario, parodiado en todo el mundo.
Durante diez temporadas, Caruso fue uno de los actores mejor pagados de la televisión, ganando cifras cercanas a los 400 mil dólares por episodio.
Y entonces, otra vez, se fue.
Cuando CSI: Miami terminó en 2012, David Caruso desapareció por completo.
No buscó nuevos papeles.
No aceptó cameos.
No apareció en convenciones.
No dio entrevistas explicativas.
Simplemente cerró la puerta.
Para muchos, fue desconcertante.
Para otros, coherente con su carácter.
Detrás del silencio había múltiples razones.
Su salario lo había convertido en una apuesta demasiado costosa.
Su imagen estaba completamente ligada a personajes policiales.
Y su reputación en los sets nunca fue sencilla.
Productores y guionistas lo describieron como emocionalmente inaccesible, tenso, impredecible.
No era un actor fácil.
Lejos de Hollywood, Caruso intentó reinventarse.
Invirtió en proyectos digitales antes de que el streaming explotara, fundó empresas de medios que nunca despegaron y se involucró en negocios de arte e inmuebles.
También protagonizó disputas legales, conflictos personales y una vida sentimental complicada.
Nada de eso fue público durante mucho tiempo, porque él eligió la invisibilidad.
Hoy vive de manera discreta, lejos de las alfombras rojas.
Se le ha visto ocasionalmente en galerías de arte, caminando sin escoltas, sin intención de ser reconocido.
No parece buscar compasión ni nostalgia.
Simplemente eligió una vida distinta.
¿Es su vida triste? Para quienes solo miden el éxito en fama, quizás sí.
Pero para Caruso, el silencio parece haber sido una elección consciente.
Se fue cuando aún podía ser recordado como un ícono, no como una sombra.
David Caruso no cayó.
Se bajó.
Y ese gesto, en una industria que devora a sus estrellas, sigue siendo tan desconcertante como su mirada detrás de las gafas oscuras.