
La Biblia no presenta sus historias como mitos abstractos, sino como relatos anclados a lugares reales, personajes identificables y rutas geográficas concretas.
Esa es precisamente la razón por la que el relato del Éxodo ha sido tan controvertido.
Según el texto sagrado, los israelitas escaparon de Egipto tras siglos de esclavitud, solo para quedar atrapados entre el ejército del faraón y un inmenso cuerpo de agua.
Entonces ocurrió lo impensable: el mar se dividió, creando un camino seco flanqueado por paredes de agua.
Durante generaciones, esta escena fue considerada científicamente absurda.
La gravedad no se detiene, los océanos no obedecen órdenes y millones de personas no cruzan mares sin dejar rastro.
Sin embargo, esa misma incredulidad empujó a investigadores a examinar el relato con una lupa moderna.
El primer obstáculo era obvio: localizar el punto exacto del cruce.
Durante años se asumió que el evento ocurrió en zonas poco profundas, como el Golfo de Suez.
Pero esa hipótesis empezó a desmoronarse al analizar las descripciones bíblicas, que hablan de un mar profundo, de paredes de agua colosales y de un trayecto estratégico sin salida.
Fue entonces cuando el foco se desplazó hacia el Golfo de Aqaba, una extensión del Mar Rojo con profundidades que superan los 1.
500 metros.

El Golfo de Aqaba no solo encaja por su profundidad extrema.
Está rodeado por Egipto, Israel, Jordania y Arabia Saudita, una intersección geográfica que coincide inquietantemente con la ruta del Éxodo.
Además, frente a sus costas se encuentra la región tradicionalmente asociada al monte Sinaí, el lugar donde los israelitas acamparon tras sobrevivir a las aguas.
Uno de los detalles más inquietantes es la presencia de desfiladeros estrechos que desembocan directamente en el golfo.
Estos pasos naturales concuerdan con la descripción bíblica de un punto sin escape, donde el pueblo miró atrás y vio al ejército egipcio acercándose, mientras el mar bloqueaba toda huida.
Según el relato, una columna de nube oscureció a los perseguidores, ganando tiempo para el cruce.
Pero la historia no se detiene en la geografía.
Bajo las aguas del Golfo de Aqaba, algunos investigadores afirman haber encontrado formaciones rocosas alineadas, como si un camino hubiera sido despejado artificialmente.
Aunque la naturaleza puede crear patrones extraños, la regularidad de estas estructuras ha levantado más de una ceja.
A esto se suma el hallazgo de un pilar antiguo atribuido al reinado de Salomón, con inscripciones en hebreo antiguo, que algunos interpretan como un marcador conmemorativo del cruce.
Aunque no constituye una prueba definitiva, refuerza la idea de que este lugar fue considerado especial desde tiempos antiguos.
Uno de los elementos más curiosos es una especie de pez local, conocido entre los habitantes como el “pez de Moisés”.
Este animal presenta una anomalía llamativa: ambos ojos están ubicados en el mismo lado de la cabeza.
Para los nativos, es un símbolo vivo del mar dividido.
Para la ciencia, una rareza biológica limitada exclusivamente a esta región.
Sin embargo, el punto más explosivo del debate se encuentra en el fondo marino.
Según el libro del Éxodo, cuando el faraón persiguió a los israelitas, las ruedas de sus carros comenzaron a desprenderse antes de que las aguas regresaran con violencia.
Y es precisamente ahí donde algunos arqueólogos aseguran haber encontrado restos antiguos: ruedas de carros, fragmentos de madera mineralizada, armas corroídas y, lo más impactante, huesos fosilizados de caballos datados en aproximadamente 3.
500 años.

Los caballos eran un elemento clave del ejército egipcio, pero no eran comunes en naufragios comerciales.
La concentración de restos equinos en un solo punto resulta, como mínimo, desconcertante.
Aunque no todos los hallazgos han sido verificados de manera independiente, algunos fragmentos han sido exhibidos en museos y colecciones privadas, alimentando aún más la controversia.
Los críticos señalan que ninguna expedición oficial ha confirmado de forma concluyente estos descubrimientos.
Los defensores responden que la profundidad extrema del Golfo de Aqaba hace que la exploración sea limitada y costosa, y que muchas evidencias podrían permanecer intactas bajo toneladas de sedimento.
Al final, el cruce del Mar Rojo sigue caminando sobre la delgada línea entre la fe y la ciencia.
Pero lo que antes parecía una fantasía infantil ahora se sostiene sobre coincidencias geográficas precisas, hallazgos arqueológicos intrigantes y relatos antiguos que se niegan a desaparecer.
Tal vez el mar no habló.
Tal vez no obedeció una voz.
Pero bajo sus aguas, silenciosas y profundas, parecen yacer huellas que aún hoy desafían nuestra comprensión del pasado.
Y mientras esas huellas sigan allí, la pregunta seguirá abierta, inquietante e imposible de ignorar: ¿y si el Mar Rojo realmente se abrió?