
Jorge Vargas nació rodeado de escenarios, cámaras y figuras legendarias.
Proveniente de una familia profundamente ligada al arte y la cultura mexicana, parecía destinado al éxito desde la infancia.
Debutó como actor a los seis años y, con el paso del tiempo, se convirtió en un rostro imprescindible de la televisión y el cine nacional.
Telenovelas icónicas, películas de fuerte carga dramática y una incursión respetable en la música construyeron una carrera sólida, admirada y aparentemente intachable.
Sin embargo, en 1987, todo ese prestigio quedó peligrosamente cerca de derrumbarse.
La muerte de El Pirulí no fue un crimen cualquiera.
Ocurrió en una zona residencial exclusiva de Atizapán de Zaragoza.
El cantante estaba en pijama, viendo televisión, cuando alguien tocó la puerta.
Minutos después, y sin mediar palabra conocida, los disparos acabaron con su vida.
No hubo robo.
No hubo forcejeo.
Solo una ejecución fría y precisa, propia de sicarios profesionales.
Desde el inicio, la investigación estuvo plagada de irregularidades.
La escena del crimen fue alterada.
Alfombras lavadas, objetos limpiados, pruebas desaparecidas.
Ni la esposa ni el hijo del cantante fueron sometidos a pruebas de residuos de disparo.
Una pistola mencionada nunca apareció.
Y el testamento, pieza clave para entender posibles móviles financieros, fue celosamente ocultado por la familia.

Mientras las autoridades intentaban reconstruir lo ocurrido, comenzaron a emerger las grietas en la vida privada de El Pirulí.
Deudas millonarias, proyectos inmobiliarios fallidos, conflictos con trabajadores, socios inconformes y un rancho en Puerto Vallarta envuelto en disputas económicas.
Su carácter explosivo tampoco ayudaba: vecinos lo describían como agresivo, armado y arrogante.
El ídolo romántico tenía demasiados frentes abiertos.
Fue en ese contexto donde el nombre de Jorge Vargas apareció en los pasillos de la investigación y en los titulares sensacionalistas.
Existía una rivalidad pasada entre ambos, discusiones públicas, roces personales que nunca se disiparon del todo.
No había pruebas, pero sí un historial incómodo.
Para la prensa, eso fue suficiente.
Dos días después del asesinato, ocurrió un hecho escalofriante.
Fernando Aranda, secretario personal de El Pirulí, recibió una llamada telefónica de madrugada.
Una voz madura y serena pronunció una sola palabra antes de colgar: “Muerto”.
Para los investigadores, fue una señal clara de venganza premeditada.
Pero, otra vez, no hubo responsables.
Las teorías se multiplicaron como pólvora.
Se habló de un crimen pasional, de una relación secreta con una mujer vinculada a figuras peligrosas.
Se señaló a un manager que habría lanzado amenazas previas.
Más tarde, incluso, surgió la versión de un exdiputado federal poderoso, supuestamente relacionado con el narcotráfico y con intereses personales en la vida del cantante.
Cada hipótesis abría una puerta… y cerraba otra.
En medio de ese caos, Jorge Vargas decidió hablar.
El 12 de diciembre de 1987 negó categóricamente cualquier implicación.
Aseguró que nunca fue sospechoso formal, que la idea de vincularlo al asesinato era absurda y que la investigación había sido manejada con una negligencia alarmante.

Admitió haber ayudado a la familia de El Pirulí, pero —según él— por humanidad y por su papel dentro de la Asociación Nacional de Actores.
Aun así, el daño ya estaba hecho.
Su nombre quedó pegado al caso como una etiqueta imposible de despegar.
Para algunos, Vargas era solo una víctima más del circo mediático.
Para otros, un hombre que sabía más de lo que decía.
La falta de resultados oficiales solo alimentó la sospecha colectiva.
Con el paso de los meses, el grupo especial de investigación fue disuelto.
El caso se cerró sin culpables.
La prensa fue silenciada.
Agentes despedidos.
Testigos desaparecidos.
Y la historia de El Pirulí se convirtió en una herida abierta en la memoria del espectáculo mexicano.
Décadas después, la pregunta sigue flotando en el aire.
No como una acusación definitiva, sino como un eco incómodo: ¿por qué Jorge Vargas estuvo tan cerca del centro de la tormenta? ¿Fue solo una coincidencia alimentada por rivalidades del pasado? ¿O fue un testigo silencioso de fuerzas más grandes, más oscuras, más poderosas?
Lo único cierto es que el asesinato de El Pirulí no fue un crimen común.
Fue una telaraña de intereses, secretos y silencios comprados.
Y en el corazón de esa telaraña, el nombre de Jorge Vargas sigue apareciendo, no como una respuesta clara, sino como una pregunta que México nunca logró cerrar.