
Jesús Cruz Lizárraga nació en un pequeño pueblo llamado La Puerta de Canoas, en Sinaloa.
Su historia no comenzó entre lujos ni estudios de grabación, sino entre calles polvorientas, serenatas de banda y una familia humilde donde el trabajo era una necesidad diaria.
Su padre conducía un autobús escolar y su madre cocinaba para sobrevivir.
Los fines de semana los pasaba con sus abuelos, mientras aprendía, casi sin darse cuenta, que la música era parte del aire que se respiraba.
Desde joven, Chuy entendió que la escuela no era su mayor motivación, pero el esfuerzo sí.
Antes de cantar, trabajó en ranchos, cortó maleza, hizo albañilería y hasta vendió periódicos por las calles de Mazatlán.
La música no fue un escape fácil, fue una obsesión silenciosa que creció la primera vez que escuchó la voz de Antonio Aguilar en una radio vieja.
Aquel momento, dice, le erizó la piel y le marcó el camino.
Julio Preciado se convirtió en su primer gran ídolo.
Sus corridos y su voz lo empujaron a intentarlo una y otra vez, incluso cuando los concursos de aficionados lo dejaban en cuarto lugar.
Mientras otros se rendían, Chuy insistía.
Ajustaba luces en discotecas, observaba desde abajo del escenario y aprendía.
Fue testigo de despedidas históricas y llegadas legendarias, momentos que sembraron en él la certeza de que algún día estaría ahí arriba.
Su ascenso no fue inmediato.
Pasó por agrupaciones como Los Pillos, Sensación de Coyotitán, la Banda Arámburo y la Banda San José de Mesillas, donde dejó huella con canciones que todavía hoy resuenan.
En 1998 llegó a la Original Banda El Limón, y con ella conoció el éxito masivo.
Pero también conoció las tensiones internas, los cambios de rumbo y una verdad incómoda que tardó años en decir: no se fue por decisión propia, fue despedido porque su voz ya no encajaba con la nueva dirección musical.
Ese golpe, lejos de destruirlo, lo empujó a reinventarse.

En 2004 formó Chuy Lizárraga y su Banda Tierra Sinaloense.
Ahí nació el cantante que el público terminaría llamando “la cara alegre de la banda”.
Canciones como El Muchacho Alegre, La Peinada y Se Me Sigue Notando lo convirtieron en un referente del género, con letras cercanas, cotidianas, alejadas de la violencia explícita.
Pero esa decisión tuvo un precio.
Durante años, Chuy recibió presiones constantes para grabar corridos pesados, canciones que glorifican el lado más oscuro del país.
“Se me hacían agua la boca”, confiesa, pero siempre dijo no.
No por falta de ambición, sino por miedo real y por convicción personal.
Sabía que aceptar podía comprometer su seguridad, su imagen y su vida.
La industria no perdona fácilmente a quien se niega a seguir la corriente.
Aun así, Chuy se mantuvo firme.
Su postura le trajo críticas, rumores y puertas cerradas, pero también le permitió dormir tranquilo.
No todos los artistas del regional mexicano pueden decir lo mismo.
Su vida personal tampoco estuvo libre de sombras.
En 2011 fue arrestado en Estados Unidos por conducir bajo la influencia del alcohol.
El escándalo fue inmediato: conciertos cancelados, titulares negativos y una disculpa pública obligada.
Para Chuy, ese episodio fue un golpe brutal, pero también una alarma.
Reconoció públicamente su problema con el alcohol y decidió buscar ayuda antes de perderlo todo.
La recuperación no fue sencilla, pero fue transformadora.
Chuy se convirtió en un defensor de la sobriedad, consciente de que el exceso no solo afecta al artista, sino al padre, al hijo y al hombre.
Esa etapa marcó un antes y un después en su carrera y en su relación con su familia.
En medio de su consolidación profesional, también vivió pérdidas dolorosas.
En enero de 2025, la muerte de su primo hermano lo sacudió profundamente.
La tragedia lo obligó a mirar hacia adentro y reafirmar su papel como ejemplo para sus hijos.
En un mundo donde la violencia y la tentación están siempre cerca, Chuy eligió la responsabilidad.
A lo largo de los años, recibió nominaciones a premios Billboard, Lo Nuestro, galardones de BMI y una estrella en el Paseo de las Estrellas de Mazatlán.
Vendió miles de discos, llenó escenarios y conectó con un público que valora algo cada vez más escaso: autenticidad.
Hoy, a sus 48 años, Chuy Lizárraga no se presenta como un héroe ni como una víctima.
Se presenta como alguien que eligió un camino más difícil.
Rechazó corridos, enfrentó adicciones, aceptó errores y siguió adelante.
Su mayor orgullo no son los premios, sino los abrazos de la gente, los fans que le dicen que su música los acompaña en la vida diaria.
El niño que vendía periódicos sigue ahí.
Solo que ahora canta frente a miles, con la misma convicción: el verdadero éxito no está en el ruido, sino en mantenerse fiel a quien uno es, incluso cuando decir no parece el acto más peligroso de todos.