👁️ El James Webb apunta a Próxima B y revela algo que nadie esperaba ver: un mundo cercano que brilla en la oscuridad y reabre la pregunta más peligrosa del universo

Así son las 5 imágenes del telescopio James Webb, las más nítidas del  universo jamás vistas

Próxima B orbita Próxima Centauri, una enana roja situada a tan solo 4,24 años luz de la Tierra.

En términos cósmicos, es prácticamente nuestra vecina.

Descubierto en 2016, este exoplaneta llamó la atención de inmediato por una razón clave: se encuentra en la llamada zona habitable, la región donde el agua líquida podría existir en la superficie.

Sin embargo, el entusiasmo inicial pronto se transformó en escepticismo.

Próxima Centauri es una estrella pequeña, pero extremadamente activa.

Emite violentas erupciones de radiación ultravioleta y rayos X que, según los modelos clásicos, deberían haber despojado a Próxima B de cualquier atmósfera hace miles de millones de años.

Para muchos astrónomos, el caso estaba cerrado: un mundo rocoso, estéril y castigado.

Hasta que el James Webb miró.

El telescopio espacial James Webb, lanzado en 2021, no observa el universo como lo hace el ojo humano.

Ve en infrarrojo, detectando el calor, la química y las firmas energéticas invisibles.

Su espejo dorado de 6,5 metros y sus instrumentos de precisión lo convierten en la herramienta más poderosa jamás creada para estudiar atmósferas de exoplanetas.

A comienzos de 2025, Webb dirigió sus sensores hacia Próxima B.

No se trataba solo de buscar datos indirectos, sino de algo sin precedentes: intentar obtener una imagen térmica directa del planeta.

Y lo que apareció en los datos dejó a los científicos en silencio.

Las observaciones realizadas con los instrumentos NIRCam y MIRI revelaron una señal infrarroja coherente con un planeta rocoso, sí, pero también indicios claros de una atmósfera.

Las firmas espectrales mostraron dióxido de carbono y vapor de agua.

Por separado, estos elementos no prueban vida.

Así son las 5 imágenes del telescopio James Webb, las más nítidas del  universo jamás vistas

Pero juntos, en un planeta que se creía completamente desnudo, son profundamente inquietantes.

Aún más sorprendente fue la detección de una posible anomalía de metano.

En la Tierra, el metano está estrechamente asociado a procesos biológicos, aunque también puede producirse por mecanismos geológicos.

En Próxima B, su presencia plantea preguntas incómodas: ¿cómo se mantiene? ¿Qué lo repone?

Pero el verdadero sobresalto llegó al analizar el lado nocturno del planeta.

Próxima B está gravitacionalmente bloqueado, lo que significa que siempre muestra la misma cara a su estrella.

Un hemisferio vive bajo un día eterno; el otro, bajo una noche perpetua.

En ese lado oscuro, donde solo se esperaba frío uniforme, Webb detectó un patrón tenue de emisión infrarroja.

No caótico.

No aleatorio.

Un patrón organizado, con cierta simetría.

Al principio se pensó que era ruido instrumental.

Luego, circulación atmosférica.

Después, actividad volcánica.

Pero ninguna explicación encajaba del todo.

Los volcanes producen señales irregulares.

La redistribución de calor atmosférico genera gradientes difusos.

Esto era distinto.

Más estable.

Más estructurado.

Y entonces surgió la palabra que nadie quería pronunciar en voz alta: artificial.

Los científicos plantearon tres hipótesis principales.

La primera, que fuertes vientos transporten calor desde el lado diurno al nocturno.

Es posible, pero los modelos actuales no reproducen esos patrones.

La segunda, volcanismo masivo.

Sin embargo, la señal carece de los picos y fluctuaciones típicas del magma activo.

La tercera es la más inquietante: fuentes de calor no naturales, concentradas y organizadas.

Nadie afirma que sean ciudades alienígenas.

Pero nadie puede descartarlo por completo.

Si Próxima B conserva una atmósfera, podría deberse a un potente campo magnético que lo protege de la radiación estelar.

Si además existe una franja de crepúsculo permanente entre el día y la noche, allí las temperaturas podrían ser sorprendentemente estables.

Un refugio.

Un equilibrio improbable, pero no imposible.

En la Tierra, la vida prospera en condiciones extremas.

En las profundidades oceánicas, organismos viven sin luz solar, alimentándose solo de calor geotérmico.

En reactores nucleares, bacterias resisten dosis letales de radiación.

La vida no necesita comodidad.

Necesita persistencia.

El telescopio James Webb captura asombrosas imágenes nunca antes vistas de  la Nebulosa del Anillo

¿Y si Próxima B encontró su propio camino?

Al hacerse públicos los primeros análisis, la reacción fue inmediata.

Programas como SETI redirigieron radiotelescopios hacia Próxima Centauri.

La iniciativa Breakthrough Starshot volvió a poner sobre la mesa su plan de enviar microsondas impulsadas por láser hacia ese sistema estelar.

Por primera vez, no parecía una locura.

La comunidad científica, sin embargo, pide cautela.

Los datos son preliminares.

Las interpretaciones, abiertas.

El propio equipo del James Webb insiste en que se necesitan más observaciones para confirmar cualquier conclusión.

Pero el daño —o el milagro— ya está hecho.

Próxima B dejó de ser un punto abstracto y se convirtió en un lugar.

Un lugar que emite luz en la oscuridad.

En los próximos años, nuevos instrumentos como el Telescopio Extremadamente Grande (ELT) en Chile y el telescopio espacial Nancy Grace Roman buscarán confirmar estas señales.

Si se repiten, si se refuerzan, la historia humana cambiará para siempre.

Porque si ese resplandor no es natural, entonces no estamos mirando solo un planeta.

Estamos mirando a otro alguien.

Y aunque nunca llegue un mensaje, aunque jamás exista contacto, el simple hecho de saber que no somos únicos transformaría nuestra comprensión del universo… y de nosotros mismos.

Próxima B ya no es solo un exoplaneta cercano.

Es una pregunta encendida en la oscuridad.

Y el James Webb acaba de enseñarnos dónde mirar.

Related Posts

Our Privacy policy

https://colombia24h.com - © 2026 News