El misterio comienza con una ausencia.
Alrededor del año 12 del reinado de Akenatón, Nefertiti simplemente deja de aparecer en los registros.
No hay textos funerarios, no hay estatuas posteriores, no hay mención clara de su muerte.
Para una reina que gobernó junto a un faraón revolucionario, que cambió la religión de Egipto y se mostró públicamente con un poder sin precedentes, ese silencio es ensordecedor.
En el Antiguo Egipto, solo había una razón para borrar a alguien así: el castigo político.
Durante casi dos siglos, los arqueólogos buscaron su tumba sin éxito.
Hasta que una momia olvidada volvió a despertar sospechas.
En 1817, en una tumba secundaria del Valle de los Reyes conocida como KV21, se hallaron dos momias femeninas severamente dañadas, sin nombres ni ajuares reales.
Una de ellas, KV21B, fue almacenada, catalogada y prácticamente ignorada durante décadas.
El ADN estaba demasiado degradado… hasta que la tecnología cambió.
En 2022, utilizando secuenciación genética de última generación, los investigadores lograron reconstruir un perfil mitocondrial completo.
El resultado fue devastador: KV21B compartía el mismo linaje materno que Tutankamón.
No era una mujer cualquiera.
Era realeza directa.
Madre, tía o hermana cercana.
Y entre todas las candidatas posibles, solo un nombre encajaba con el poder, la cronología y el silencio posterior: Nefertiti.
Pero el ADN fue solo el comienzo.
Cuando los forenses realizaron tomografías computarizadas de alta resolución, lo que apareció en las imágenes fue imposible de ignorar.
Los brazos estaban torcidos hacia atrás de forma antinatural, la caja torácica aplastada, y el cráneo mostraba una fractura masiva en uno de sus lados.
No eran daños del tiempo ni de saqueadores.
Eran heridas perimortem.
Violencia directa, aplicada cuando aún estaba viva.
La doctora Sahar Saleem, experta en momias reales, fue clara: esas lesiones no ocurrieron siglos después, ocurrieron en el momento de la muerte.
Esto transformó el misterio histórico en una escena del crimen.
Mientras la ciencia analizaba huesos rotos, los arqueólogos miraban hacia otro lugar: la tumba de Tutankamón.
En 2015, el egiptólogo Nicholas Reeves propuso que la tumba más famosa del mundo ocultaba algo más.
Escaneos de ultraalta resolución mostraban contornos rectos y grietas bajo la pintura de las paredes, como puertas selladas.
Reeves lanzó una hipótesis explosiva: la tumba de Tutankamón era demasiado pequeña porque no fue hecha para él.
Podría haber sido reutilizada, ocultando cámaras intactas… quizás la tumba perdida de Nefertiti.
Escaneos con radar de penetración terrestre parecieron confirmar anomalías.
El mundo contuvo la respiración.
¿Había estado Nefertiti enterrada a pocos metros de su hijastro todo este tiempo? En 2018, estudios posteriores desacreditaron oficialmente la teoría, atribuyendo las señales a irregularidades naturales de la piedra.
Pero la duda jamás desapareció.
Egipto antiguo era experto en engaños funerarios.
Ocultar una reina caída no sería impensable.
El misterio se vuelve aún más inquietante cuando aparece un nombre: Smenkara.
Un faraón enigmático que gobernó brevemente tras la muerte de Akenatón y luego desapareció sin tumba ni momia.
Algunos relieves muestran a un gobernante con rasgos ambiguos, títulos masculinos y un nombre que reemplaza al de Nefertiti en inscripciones raspadas.

Cada vez más expertos sostienen que Nefertiti gobernó como faraón bajo una nueva identidad, y que ese acto selló su destino.
Cuando el régimen de Amarna cayó, alguien se aseguró de que su memoria fuera erradicada.
Y luego está la llamada “Dama Joven” de la tumba KV35.
En 2010, estudios publicados en JAMA confirmaron que esta momia era la madre biológica de Tutankamón y hermana completa de Akenatón.
Pero su identidad nunca fue resuelta.
Presentaba una herida brutal en el rostro: mandíbula destrozada, pómulo fracturado.
Violencia directa, no accidente.
Algunos expertos sugieren que podría ser otra versión de Nefertiti, escondida bajo una identidad falsa, castigada y enterrada sin honor.
El ADN añade otra capa de horror.
Los análisis genéticos de la familia de Amarna revelan una acumulación de trastornos hereditarios: fragilidad ósea, problemas inmunológicos y mutaciones recesivas asociadas a hemorragias internas.
Al incluir el ADN de KV21B, estos marcadores se intensifican.
Nefertiti pudo haber sido físicamente vulnerable, una víctima perfecta para una eliminación violenta.
Peor aún, estudios químicos en tejidos momificados del periodo detectaron altos niveles de mercurio, arsénico y plomo, probablemente derivados de pigmentos utilizados en los templos solares de Amarna.
La revolución religiosa no solo fue política.
Pudo haber sido lentamente letal.
Y finalmente, el busto.
En 2009, tomografías del famoso busto de Berlín revelaron algo perturbador: bajo la capa exterior idealizada existe otro rostro, más envejecido, más humano.

El escultor suavizó rasgos, corrigió asimetrías, creó una imagen perfecta.
No era un retrato.
Era propaganda.
El busto no tiene nombre, ni títulos, ni inscripciones.
Fue hallado en un taller, no en un templo.
Quizás no fue hecho para honrarla, sino para reemplazarla.
Una máscara eterna que sobreviviera mientras la mujer real era borrada.
Si Nefertiti fue asesinada, si su tumba fue ocultada, si su memoria fue reescrita y su imagen convertida en un símbolo vacío, entonces la verdad es mucho más oscura de lo que imaginamos.
El rostro más bello de la historia puede haber sido creado para ocultar uno de los crímenes políticos más antiguos del mundo.