Intimidación judicial al descubierto: Influenciadora revela por qué le aterra criticar a Abelardo de la Espriella

La campaña presidencial en Colombia arde con polémica, y en el centro del fuego está Abelardo de la Espriella, el abogado de la “mano de hierro”, candidato de la extrema derecha que promete mano dura contra el crimen… pero que, según voces críticas, usa esa misma mano para silenciar a quienes lo cuestionan.

Ahora, una de las influenciadoras políticas más seguidas del país, Laura Camila Vargas, ha soltado una confesión que sacude el debate: “Siempre me da miedo hablar de Abelardo de la Espriella… lo voy a decir acá sin filtros”.

En una entrevista explosiva en el pódcast Trapitos al Sol, Vargas —periodista, activista y creadora de contenido con cientos de miles de seguidores— no pudo contener la tensión al referirse al candidato.

Sus palabras cayeron como un rayo: “Con Abelardo me ha pasado un poco que me asustó.

No por su vida, sino porque me da miedo un poco esa intimidación judicial que él hace”.

La influenciadora, conocida por sus análisis sin pelos en la lengua sobre el petrismo y la oposición, confesó que el temor no viene de la figura personal de De la Espriella, sino de su historial: demandas masivas, procesos civiles millonarios, denuncias por injuria y calumnia que, aunque rara vez gana, sí logran desgastar emocional y económicamente a periodistas, creadores y opositores.

Así lucen algunos de los

“Es intimidante”, repitió Vargas con voz firme pero cargada de inquietud.

Reveló que, como muchos en el gremio, ha visto cómo De la Espriella convierte las críticas en batallas legales interminables.

“109 denuncias por injuria y calumnia contra la prensa”, citan reportes recientes.

No busca ganarlas todas: busca agotar, callar, generar autocensura.

Vargas lo vive en carne propia: tras sus videocolumnas cuestionando el pasado del abogado —defensor de parapolíticos, lavadores de activos y figuras ligadas a redes criminales, según sus análisis—, sintió el peso de posibles demandas.

“Han intentado deslegitimar mi opinión”, dijo en otro segmento, pero el miedo judicial es el que más pesa.

El contexto quema.

Abelardo de la Espriella se presenta como el gladiador anticorrupción, el que promete “mano de hierro” contra la narcoizquierda y el crimen organizado.

Pero sus críticos —incluyendo a Vargas— lo acusan de contradicción letal: su fortuna y prestigio nacieron defendiendo precisamente a quienes hoy dice combatir.

Parapolíticos, estafadores, fichas clave de estructuras criminales.

“Su poder no nace de enfrentar ese mundo, sino de trabajar para él”, resume Vargas en uno de sus videos virales.

Y cuando alguien lo señala, la respuesta no es debate: es tribunal.

Procesos que duran años, costas judiciales, estrés constante.

“Quieren enriquecer la lucha contra el crimen… pero el crimen fue la base de su prestigio durante años”, sentencia.

La confesión de Vargas no es aislada.

Otros periodistas y creadores han hablado en voz baja de lo mismo: el temor a criticar a De la Espriella por miedo a terminar en un juzgado.

En plena campaña 2026, cuando la libertad de expresión debería ser sagrada, esta dinámica genera alarma.

¿Es estrategia legítima de defensa o arma para acallar voces disidentes? ¿Un candidato presidencial que intimida judicialmente a sus críticos es apto para gobernar un país que clama democracia?

Vargas no retrocede.

A pesar del miedo confesado, sigue hablando “sin filtros”.

Su testimonio abre una grieta en la imagen imbatible del candidato: detrás del show de firmeza, hay quienes sienten que el precio de opinar es demasiado alto.

“Lo digo acá sin filtros porque alguien tiene que decirlo”, afirmó.

Y mientras las redes hierven con apoyo, memes y contraataques, una pregunta flota en el aire político colombiano: ¿cuántas voces más callarán por temor antes de que esto se convierta en norma?

El debate está servido.

Abelardo de la Espriella responde con su estilo: demandas, retos públicos, negaciones rotundas.

Pero la semilla del miedo ya está plantada.

Y en una democracia, el miedo a hablar es el peor enemigo.