El 28 de agosto de 2016, en una lujosa suite del hotel Four Seasons de Santa Mónica, California, terminó la vida de uno de los artistas más grandes que ha dado México.

Juan Gabriel, el “Divo de Juárez”, fue encontrado sin vida a los 66 años.
La causa oficial fue un infarto fulminante, pero la escena resultó profundamente simbólica: rodeado de lujo, fama y éxito, murió completamente solo.
Aquel final silencioso contrastó brutalmente con una carrera marcada por aplausos, estadios llenos y millones de voces cantando sus canciones.
Detrás del mito, sin embargo, se escondía una historia mucho más oscura y dolorosa.
Juan Gabriel nació el 7 de enero de 1950 en Parácuaro, Michoacán, bajo el nombre de Alberto Aguilera Baladés.
Fue el menor de diez hermanos en una familia sumida en la pobreza extrema.
Su padre, Gabriel Aguilera, desapareció sin dejar rastro, dejando a su madre, Victoria Baladés, sola y sin recursos.
La precariedad era absoluta: hambre constante, ropa remendada y hacinamiento.
Desde muy pequeño, Alberto aprendió lo que significaba la carencia y el abandono.
Cuando tenía apenas cuatro años, su vida dio un giro devastador.
Su madre sufrió una grave crisis nerviosa y fue internada en un hospital psiquiátrico.

Para el niño, aquello significó algo aún peor que la muerte: su madre estaba viva, pero ausente.
Sin poder cuidar a sus hijos, la familia se desintegró.
Alberto fue enviado a la Escuela Mejía de Ciudad Juárez, un internado para niños pobres que pronto se convertiría en el escenario de sus peores traumas.
Durante ocho años, Alberto vivió en un ambiente hostil, marcado por la disciplina violenta, los castigos físicos y el abuso.
Era un niño sensible en un entorno que castigaba cualquier rasgo de fragilidad.
Su forma de hablar, de moverse y de sentir lo convirtieron en blanco constante de burlas y agresiones.
En lugar de protección, encontró humillación.
Allí aprendió una lección que lo acompañaría toda su vida: para sobrevivir, debía esconder quién era realmente.
La música y la escritura fueron su refugio.
Cantar en la capilla del internado le daba momentos breves de paz y reconocimiento.
Escribir le permitía procesar el dolor, la ausencia de su madre y la soledad absoluta.
Aquellos textos infantiles, llenos de tristeza y anhelo, se transformarían años después en canciones que millones de personas harían suyas sin conocer su verdadero origen.

A los 13 años, Alberto escapó del internado.
Sin dinero ni destino, sobrevivió en las calles de Ciudad Juárez cantando en esquinas, mercados y cantinas.
Fue entonces cuando conoció a Juan Contreras, dueño del bar Noa Noa, quien le ofreció trabajo, un lugar donde dormir y, sobre todo, dignidad.
Ese encuentro cambió su vida. En ese bar nació Juan Gabriel.
Alberto decidió enterrar al niño herido y crear un personaje capaz de resistir un mundo cruel.
El nombre no fue casual. “Juan” en honor al hombre que le tendió la mano, y “Gabriel” por el padre ausente que nunca conoció.
Así nació el artista que conquistaría México y el mundo.
A partir de 1971, su carrera despegó de forma imparable.
Canciones como No tengo dinero, Hasta que te conocí y Amor eterno conectaron con el público porque eran confesiones disfrazadas de música.
Juan Gabriel no componía ficción: cantaba su propia herida.
Sin embargo, el éxito trajo nuevos conflictos.
En el México conservador de los años setenta, su imagen, su sensibilidad y su ambigüedad generaron rumores constantes sobre su orientación sexual.
Para proteger su carrera, Juan Gabriel volvió a hacer lo que había aprendido de niño: esconderse.
Presentó al mundo a cuatro hijos como prueba de una vida “normal”, aunque nunca fue un padre presente en el sentido tradicional.
Amaba a sus hijos, pero no supo cómo darles lo que él nunca recibió.

Durante décadas, Juan Gabriel fue una máquina de trabajo incansable.
Grabó más de 1,800 canciones, vendió más de 200 millones de discos y llenó los recintos más importantes del país, incluido el Palacio de Bellas Artes.
Se convirtió en parte esencial de la identidad mexicana.
Sus canciones acompañaron bodas, funerales y momentos íntimos de millones de personas.
Pero detrás del escenario, el vacío persistía.
La muerte de su madre en el año 2000 lo marcó profundamente.
Aquella pérdida definitiva cerró la posibilidad de sanar la herida original.
Desde entonces, su comportamiento se volvió más errático y su salud se deterioró, aunque nunca dejó de trabajar.
El escenario era su único refugio, el único lugar donde podía existir sin explicaciones.
En 2016, agotado física y emocionalmente, emprendió su última gira.
Dos días después de su último concierto, murió en soledad.

México entero se detuvo.
Hubo luto nacional, homenajes multitudinarios y una ola de dolor colectivo.
Sin embargo, tras su muerte surgieron disputas legales entre sus hijos y teorías conspirativas que reflejaban una verdad incómoda: nadie quería aceptar que una figura tan grande hubiera vivido y muerto tan sola.
Juan Gabriel fue un genio indiscutible, pero también un hombre profundamente herido.
Dedicó su vida a cantar sobre el amor incondicional, la aceptación y la libertad, aunque él mismo nunca pudo vivir plenamente esos valores.
Tal vez su mayor tragedia fue esa: haber dado al mundo las palabras exactas para amar, mientras él nunca pudo hacerlo sin miedo.
Hoy, su música sigue viva, eterna.
Y quizá, solo en la muerte, Alberto Aguilera pudo descansar por fin, libre de máscaras, reconciliado con el niño que nunca dejó de buscar amor.