
Durante décadas, el Evangelio de Juan fue tratado con sospecha.
A diferencia de los otros evangelios, su lenguaje profundo y simbólico llevó a muchos académicos a afirmar que no describía lugares reales, sino escenarios literarios cargados de significado espiritual.
El caso más citado era el del Estanque de Siloé, mencionado en el capítulo 9, donde Jesús envía a un hombre ciego de nacimiento a lavarse para recibir la vista.
Para los críticos, ese estanque no existía; era solo una metáfora cuidadosamente construida para transmitir una enseñanza teológica.
Esa certeza comenzó a resquebrajarse en 2004, y como ocurre con muchos de los grandes descubrimientos, todo empezó por accidente.
Unos trabajadores municipales reparaban una tubería rota en la zona de la Ciudad de David, al sur del Monte del Templo.
De pronto, la excavadora golpeó algo que no debía estar allí.
No era roca natural.
Eran escalones tallados con precisión.
El trabajo se detuvo de inmediato y se llamó a la Autoridad de Antigüedades de Israel.
Lo que comenzó como una zanja se convirtió en una revelación monumental.
Capa tras capa de tierra, cenizas y destrucción fueron retiradas con cuidado hasta que emergió un estanque colosal, de forma trapezoidal, con lados que alcanzan casi setenta metros de longitud.
No era un pozo pequeño ni un adorno urbano.
Era una estructura pública gigantesca, rodeada de escalones diseñados para permitir el acceso al agua sin importar el nivel.
Un mikvé a escala masiva, preparado para recibir a miles de peregrinos que llegaban a Jerusalén para purificarse antes de subir al Templo.
Pero la pregunta clave era inevitable: ¿de qué época era? Aquí es donde la evidencia se volvió demoledora.
Los arqueólogos encontraron monedas incrustadas directamente en el estuco de los escalones.
No monedas sueltas, sino atrapadas en el material original de construcción.
Algunas pertenecían al reinado de Alejandro Janeo, alrededor del año 100 antes de Cristo.
Otras correspondían al primer siglo después de Cristo, justo antes de la destrucción romana del año 70.

El estanque no solo existía, sino que estaba en pleno uso en tiempos de Jesús.
No había margen para la duda.
Este era el Estanque de Siloé.
Y la historia no terminó ahí.
Desde el estanque partía una amplia calzada pavimentada que ascendía directamente hacia el Monte del Templo.
Más de seiscientos metros de una vía cuidadosamente construida, el camino que millones de judíos recorrieron cantando los salmos de ascensión mientras subían a adorar.
Las piedras, desgastadas por incontables pasos, aún conservan las marcas del tránsito humano.
Esta no era una calle cualquiera.
Era la arteria espiritual de Jerusalén.
De repente, el relato de Juan cobró una fuerza inquietante.
El hombre ciego no se lavó en un lugar simbólico.
Descendió por estos escalones reales, se sumergió en estas aguas reales y luego subió por este mismo camino viendo por primera vez en su vida.
Juan no estaba inventando un escenario.
Estaba describiendo la Jerusalén que conocía.
El impacto para el escepticismo fue devastador.
Si el Evangelio de Juan hubiera sido escrito décadas después de la destrucción de Jerusalén, como se afirmaba, ¿cómo habría podido su autor conocer con tanta precisión la ubicación, el tamaño, la forma y la función de un estanque que quedó enterrado bajo metros de escombros tras
el año 70? La respuesta es incómoda pero clara: no podría.
La única explicación razonable es que el autor fue testigo ocular o dependió directamente de quienes lo fueron.
El evangelio se acerca peligrosamente a la vida misma de Jesús.
Para comprender la profundidad del lugar, hay que retroceder aún más.
Seis siglos antes de Cristo, el rey Ezequías enfrentaba la amenaza asiria.
Jerusalén estaba condenada si perdía su suministro de agua.
Entonces ordenó una obra de ingeniería casi imposible: un túnel de más de cuatrocientos metros excavado a través de roca sólida para llevar el agua de la fuente de Guijón al interior de la ciudad.
Ese túnel existe hasta hoy, y su agua desembocaba precisamente en Siloé.
El estanque no era solo un sitio ritual; era símbolo de salvación, provisión y vida.
Cuando Jesús envía al ciego al estanque llamado “Enviado”, el simbolismo es poderoso, pero no abstracto.
El Enviado de Dios envía a un hombre a un lugar real, cargado de historia, para manifestar la gloria de Dios.
Y cuando el hombre regresa viendo, nadie puede negar lo ocurrido.
“Yo era ciego y ahora veo”, dice.
Una frase tan simple como irrefutable.
Hoy, las piedras bajo Jerusalén repiten ese testimonio.
El descubrimiento del Estanque de Siloé no prueba por sí solo la divinidad de Jesús ni la resurrección, pero hace algo igualmente incómodo: elimina las excusas fáciles.
Demuestra que el escenario del milagro es real, que el testigo conocía el terreno y que la Biblia no habla desde el mito, sino desde la historia encarnada.
Durante siglos, muchos dijeron que la fe cristiana se apoyaba en cuentos.
Ahora, las piedras hablan.
Y cuando las piedras gritan, el silencio se vuelve inevitable.